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Riga, la París del norte

Por José Luis Muñoz , 17 octubre, 2014

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Quizá le venga un poco grande el apelativo de la capital de Letonia, lo de París del norte, pero, al contrario de la bella y delicada Tallin, un bombón cuidado con esmero y explotado a conciencia, Riga, con sus casi setecientos mil habitantes sí parece una gran capital. Bordeaba por el ancho Daugava, que lo cruzan una serie de puentes, y circundada por el otro extremo por un parque frondoso que sigue el zigzagueo de un canal navegable por pequeñas embarcaciones, la ciudad antigua, que ha perdido casi todos sus vestigios defensivos, salvo alguna que otra torre cónica solitaria que mantiene su tejado a dos aguas de teja, no es, ni por asomo, tan bella como Tallin pero también es Patrimonio de la Humanidad.

Se puede recorrer ese casco antigua siguiendo las torres bulbosas de sus iglesias góticas de ladrillo que sobresalen y te orientan. La más espigada es la de San Peter, de culto luterano y estilos románico, gótico y barroca, de austera fachada de ladrillo, que la remata un gallo dorado, en la plaza del mismo nombre, cercada por feos edificios. Unos pocos metros a la derecha, en la plaza del consistorio de la ciudad y junto a la oficina de turismo, el visitante encuentra La Casa de la Cabeza Negra, curioso nombre que no lo es tanto en cuanto uno comprueba que en una de las columnas de esa noble edificación, hoy museo, de fachada escalonada de ladrillo y adornada por esculturas de bronce, una de ellas sin duda Neptuno con su tridente, hay dos falsas columnas que abrazan su puerta principal con dos figuras policromadas, una virgen con su hijo en brazos y un abanderado negro, la cabeza negra a la que hace referencia el nombre de la casa. Qué hace ese soldado negro con un historiado uniforme del ejército del siglo XVIII, casaca, medias y tricornio, en las filas de un ejército eslavo es un misterio.

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La impronta rusa de Riga es evidente. La antigua etnia vikinga de la ciudad ha quedado absorbida por las migraciones eslavas que representan algo más del 40% de la población frente al 46 de letones. Se habla ruso por la calle, los tipos humanos ya no son los rubios vikingos de Tallin sino morenos de piel clara ellas, y algo enrojecidos ellos por su afición al alcohol, y la catedral ortodoxa, fuera del casco antiguo de la ciudad, es uno de sus edificios más bellos que hay que visitar por dentro, mejor en hora de culto, por sus retablos pintados con pan de oro y sus bellos iconos.

La catedral católica, El Dom, preside una plaza enorme y vacía algo más arriba de la del ayuntamiento y en el extremo de su torre, más baja que la iglesia de San Peter, campea otro gallo dorado. El catolicismo fue introducido en la ciudad a sangre y fuego por cruzados enviados por el Papa Inocencio III. La historia de la ciudad está asociada a revueltas continuas en la Edad Media. Los alemanes intentaron controlar el comercio de Riga, pero el rey Valdemar de Dinamarca la conquistó estableciendo un pulso con el líder local Albert. Pasó luego a formar parte de la corona sueca con el rey Gustavo Adolfo en el siglo XVII, y luego cayó bajo la zarpa del oso ruso bajo el reinado del zar Pedro el Grande convirtiéndose en la tercera ciudad en importancia de Rusia después de Moscú y San Petersburgo.

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Kajku Iela cruza por el medio el casco antiguo de la ciudad y la divide la ciudad en dos. Restaurantes, casi todos con terrazas, bares, pubs y tiendas abren sus puertas en esa avenida concurrida que acaba desembocando en la ciudad nueva, justo en donde se alza el monumento a la Libertad, un espigado obelisco bien visible, y ofrece en su paseo una sucesión de hermosas casas modernistas en cuyas fachadas aparecen rostros enormes aguantando arcos, cuerpos escultóricos metamorfoseados en columnas, ventanas en forma de navío, todo lo que la imaginación de los arquitectos del art nouveau podían permitirse.

La cultura ha estado muy ligada a la ciudad de Riga, en la actualidad, con un festival de cine internacional, y en el pasado. En Riga nació Sergei M. Eisenstein, el extraordinario director ruso autor de El acorazado Potemkin, Iván el terrible o Aleksander Nevsky, y también el bailarín Mikail Baryshnikov; fue cónsul de Riga el escritor Ángel Ganivet.

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El peso del antiguo régimen soviético y su austeridad asociada se hacen muy patentes en un monumento al ejército rojo, cuatro enormes soldados de dimensiones ciclópeas esculpidos en piedra tosca que, espalda contra espalda, miran desafiantes a la ciudad de Riga y a su río frente al Puente de Piedra, el más antiguo porque los otros dos son metálicos y uno de ellos, el más moderno, o es de Calatrava o de alguien que lo ha plagiado, y en lo sucios y desconchados que están muchos de los edificios. En cuanto uno callejea libremente por la ciudad, por calles adoquinadas mejor adaptadas al pie humano que las impracticables vías de Tallin, siempre ojo avizor de no ser arrollado por los muchos tranvías que recorren sus avenidas o por sus silenciosos autobuses, respira la tristeza de una población que apenas sonríe, no saluda ni cuando comparte el ascensor o el compartimento de un tren y fuma sigilosamente en el exterior de los edificios envuelto en bufandas y gorros, sobre todo ellas.

Las rubias bálticas de Tallin, esas alegres vikingas que lucían faldas a pesar del frío, son aquí muchachas morenas, algunas menudas, de cabello muy negro, pantalones ajustados y botas que les abrigan la pierna hasta la rodilla. Los conductores se muestran impacientes con el tráfico y hacen sonar la bocina. Los peatones son disciplinados y ninguno cruza con el semáforo en rojo. Hay muchos pasos subterráneos que cruzan las arterias más concurridas de tráfico, pero no hay una sola escalera mecánica. Los restaurantes exhiben platos de sopa gulasch que son exactamente la mitad de lo que valían en la capital de Estonia. El nivel adquisitivo de los letonios es muy inferior al de los estonios.

Si se quiere pulsar la vida de la ciudad, en la que no hay comercios de comestibles más que algún pequeño quiosco en el parque, que se confunde con los váteres públicos, o en las avenidas más concurridas, hay que ir al mercado. El mercado central, junto a la vía del tren y la estación de autobuses, es una de las mayores atracciones de la ciudad. Cinco enormes hangares, cuatro de ellos comunicados, albergan todos los alimentos que uno pueda necesitar. El primero de ellos está dedicado única y exclusivamente a los lácteos (quesos de muchas variedades, uno con aspecto del delicioso mató de Montserrat algo más tosco, yogures a granel, enormes recipientes de nata montada, litros de leche fresca recién ordeñada, toda clase de dulces); el segundo a los vegetales (calabazas, tomates, pepinos diminutos, melones, manzanas de todas las clases, plátanos de Ecuador, zanahorias sucias de tierra junto a otras lavadas, coles inmensas, coliflores reducidas, patatas de todos los tamaños, remolachas para sus sopas, cebollas, pocos ajos, algunos chiles); el tercero a la carne (cerdo, vaca, pollo, mucha carne y mucho embutido ahumado); el cuarto al pescado (salmón, caviar de salmón, platijas, esturiones, ni un solo pulpo, gamba, cangrejo ni nada que se le parezca, pero eso sí, una enorme variedad de ahumados) y el quinto a más verduras (éste es un país con una enorme riqueza agrícola, muy apto por el cultivo por la cantidad de ríos que surcan tierras completamente llanas sin elevación alguna) y a semillas. Y entre esos hangares concurridos, al aire libre, más puestos de verduras y frutas con naranjas, endrinos, frambuesas, fresas y flores.

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Pasear por el mercado, ver los tipos humanos y oír las conversaciones le convencen a uno de que Riga es 60% rusa (los prorrusos acaban de ganar las elecciones generales) y de que, a pesar de que hace muy poco tiempo han adoptado el euro Putin puede reclamarla en su política de recuperación de los territorios perdidos con la desmembración del imperio soviético.

Del mercado llama la atención encontrar un puesto bastante notable en el que ondea la bandera española porque allí todo lo que se vende, desde aceitunas rellenas de anchoa, aceita de oliva, jamón serrano, chorizo, mazapanes y vinos vienen de España, señal inequívoca de que lo español se abre paso en el mundo, al menos gastronómicamente hablando, que es la única forma.

Un tren de cercanías, que anuncia las paradas con antelación, recorre los veinticinco kilómetros que hay de Riga a Jurmala, población de veraneo si es que en Letonia existe verano. Jurmala es una villa de recreo alargada y exclusiva en la que abundan los hoteles, los restaurantes orientales, uno de ellos de cocina uzbeka, y, sobre todo, las mansiones para los ricachones rusos que no saben cómo gastar el dinero, aunque también pueden hacerlo en un par de casinos. Las mansiones residenciales, casi todas de madera y con espléndidos jardines, tienen interiores de lujo según compruebo en las fotos que cuelgan en las inmobiliarias y también sus precios: un millón, dos, tres, cinco millones de euros. La decoración de esas dachas responde a los gustos de los nuevos y horteras ricos, enriquecidos del saqueo de las empresas públicas del antiguo régimen vendidas por los corruptos a precio de saldo y a cambio de jugosas comisiones: escaleras de mármol, enormes ventanales con juegos de pesadas cortinas, salas de estar con butacones que parecen camas, camas con doseles, historiadas chimeneas, baños con jacuzzi, maderas nobles en el suelo, bibliotecas de adorno a llenar con libros clasificados por colores de sus lomos y tamaños, etc.

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La playa, a dos pasos, no invita al baño, ni ahora ni nunca, creo. De arena fina, agua tranquila que besa indolente la orilla y asciende por ella con una suave marea, no parece cubrir hasta unos cuantos kilómetros adentro y pasean por ella abrigados letones, pequeñas gaviotas encogidas por los seis grados positivos que soportan y los enormes cuervos bálticos negros y grises que tienen que pegar varios sueltos antes de alzar sus pesados cuerpos y emprender vuelo.

Mientras me tomo una sopa de remolacha y cebolla en un restaurante ruso del paseo peatonal de Jurmala, la Jomas Iela, me pregunto cuántos delincuentes por metro cuadrado debe de haber en esa pequeña villa de aspecto pacífico en los meses de verano, cuando los mafiosos rusos, esos tipos enormes, ceñudos y con menos sensibilidad que un bovino, vienen a veranear, si existe aquí la palabra, a Jurmala aprovechando una tregua entre bandas.

Una respuesta para Riga, la París del norte

  1. Leo Responder

    15 julio, 2016 a las 8:37 am

    Si dejamos aparte la marcada rusofobia, el aspecto es bastante verídico.

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