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Réquiem por un sueño

Por José Luis Muñoz , 1 octubre, 2019

El mundo, tal como lo conocíamos, está dejando de existir. Los cambios se producen, dicen, porque son irremediables. Todo lo malo lo es, según esa ley fatalista. El progreso que nos lleva a tener el mundo en nuestra palma de la mano (el móvil) pero también a que se nos derrita el Ártico ante nuestros ojos o no haya abejas para polinizar las flores, como advertía Donald Sutherland mientras recibía su premio a toda una carrera en el festival de San Sebastián. Como los glaciares (en Islandia ha desaparecido uno de los más importantes, ante mis ojos veo como el Aneto mengua), desaparecen las pequeñas librerías, y lo hacen, no nos engañemos, por nuestra culpa y desidia.

Hace ya años cerró la mítica librería Negra y Criminal de Barcelona, y más tarde se nos murió ese librero entrañable que invitaba a vino y mejillones en su singular local, con mazmorra incluida, del popular barrio de la Barceloneta tras cada presentación. Se iba al garete un sueño y una forma de entender la venta de libros que nada tenía que ver con las grandes a impersonales librerías.

El librero prescriptor, ese que sabe los gustos del lector en cuanto traspasa el umbral de la librería, qué libro recetarle, cuál puede regalar a su compañero sentimental o a su hijo, le habla de las novedades, porque es un apasionado de la literatura y se lee los libros que caen por su establecimiento, es un personaje que está desapareciendo a marchas forzadas y no solo por las grandes superficies sino también por las plataformas que te sirven libros a domicilio en 24 horas. Y eso pasa, no lo duden, por nuestra culpa. Preferimos dar un clic a una tecla de nuestro ordenador, hacer una compra con el móvil, a trasladarnos a la librería de antaño y charlar un rato con el librero de lo que se debe hablar con ellos, de buena literatura.

Hoy me ha llegado una nueva esquela de defunción, la de SomNegra que había tomado el relevo a la mítica Negra y Criminal y se había convertido en la única librería especializada en género negro de la ciudad de Barcelona. Su esforzado librero, un tipo magnífico que a mí me había sacado las castañas del fuego en más de una ocasión, Miguel Ángel Díaz, anuncia que echa el cierre ante la imposibilidad de seguir adelante con su negocio. Es un librero que se ha dejado la piel, por vocación, en su oficio y se ha encontrado por el camino los molinos de la incomprensión y la nula ayuda de las administraciones que deberían proteger estos templos de la cultura aunque fuera con exenciones fiscales o créditos blandos.

Cada librería que cierra es un drama en un país como el nuestro en el que se lee poco y mal y se edita mucho y muchas veces sin criterio. El librero estaba precisamente para revertir esa tendencia, que se leyera más y mejor, y hacer aflorar el trigo ante tanta tonelada de paja. Me siento culpable, como me sentí cuando Paco Camarasa echó el cierre a su local de la calle de la Sal del barrio de pescadores de la Barceloneta. Miguel Ángel Díaz se despide, en su emotivo mensaje, con un “Nos veremos en el próximo sueño”. Me temo que ya no quedan sueños.

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