René Avilés Fabila, simple proletario |
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René Avilés Fabila, simple proletario

Por Eduardo Zeind Palafox , 29 octubre, 2014

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Desconfiemos de todo periodista que no sepa filosofía o filosofar. Un observador que no sabe distinguir epistemologías (posturas, actitudes para acercarnos a las cosas, a los objetos, “entia rationis”), que son “espacios políticos”, no merece un puesto entre las columnas de ningún periódico. Los periódicos son ventanas a la realidad. La realidad, definamos levemente, es una combinación de fenómenos (substancias en cópula, constructos) y de lenguajes (relaciones teóricas).

Toda filosofía, a guisa de teoría provisional o de juez de cualquier hecho, vigila los usos del lenguaje que el ser humano hace para explicar las situaciones que enfrenta. Lenguaje sin filosofía no es lenguaje, sino mero hecho conceptivo, ideológico. Solemos pensar que el lenguaje sólo sirve para conceptuar y que únicamente en él tiene lugar la intelección. No es así.

El pueblo lee los periódicos buscando la estructura de la realidad (se pregunta quién habla, dónde se habla y por qué se habla), los lee y en ellos encuentra descripciones de situaciones mundanas tenidas por definiciones. Hay definición donde una proposición acierta a señalar géneros y diferencias; y las definiciones, contrapuestas a la realidad, verificándola, se hacen conceptos. Donde no hay conceptos, donde sólo hay definiciones, descripciones, no hay realidad, sino ideología, es decir, política.

Decíamos que el periodista que ignora qué es la filosofía no sabe qué es lo que ve. Explicadas con brevedad cuestiones tan intrincadas, pasemos a comentar un artículo de René Avilés Fabila publicado en el periódico “Excélsior” el 26 de octubre del año que corre, llamado “La política: búsqueda de lo imposible”.  El artículo trata de la falta de grandeza de los políticos mexicanos. Para abordar dicha carencia se esgrime una tesis de Lenin, a saber: la política es la “expresión concentrada de la economía”.

La división de trabajo, afirma Weber, al que también se cita en el artículo, constituye una división política. ¿Qué intenta hacer el señor Avilés apuntando desde los inicios del artículo la teoría de Lenin? Intenta, creo, parecer “neutral”, hombre capaz de hablar, como lo hace, tanto de Lenin, Gramsci y Marx como de Napoleón, Bolívar, Fidel Castro o Bismarck. La idea de “neutralidad” es una de las armas más eficaces del capitalismo, explica Althusser.

Una ciencia neutral, si existiera, sería una ciencia hecha de puros conceptos perfectos, de saberes acabados. Esperanza loca. Los conceptos pueden estar acabados, mas la realidad nunca lo está. La realidad, como la materia, como la poesía, nunca se agota. La “forma mentis” que el lenguaje dispensa a todo pensador jamás exprime las relaciones que hay, para usar las proposiciones de Zubiri, entre la “esencia” y el “logos”, entre la “esencia” y la “talidad” y entre la “esencia” y la “trascendentalidad”. Toda esencia, pensó Zubiri, es el momento físico de una sustantividad.

La política capitalista, creemos, oculta con fraseología científica, física, química, los momentos de explotación que sufre el ser humano. El periodista sin filosofía es como el explotado: hombre incapaz de desasirse del “grave yugo” capitalista, yugo hecho con lenguaje anafórico y materia artificial. Pensemos. Toda teoría, o política, es mero “logos”, mero lenguaje provisional, mera descripción; todo sistema económico connota una “necesidad”, una “esencia”, una situación, y todos los valores éticos, tales como la “pasión” y la “audacia”, forjan la “talidad” de las teorías y de las esencias. El señor Avilés, como cualquier proletario, fue obnubilado por la “talidad” burguesa, heroica, que esconde a la realidad.

Él supone que una perspectiva o enfoque moralista basta para dar un orden y que cualquier orden discursivo tiene una lógica. Escribo este artículo para avisar a los lectores crédulos, desconocedores de la filosofía, lo siguiente: el texto del señor Avilés, aunque echa mano de las ideas de Lenin, no es leninista, sino burgués, y concretamente “nacionalista”.

La idea de nación siempre estará montada sobre la idea de heroicidad, idea de tono épico y nacida en la literatura burguesa, homérica. Homero, lo sabemos, no fue burgués, pero sí creador de gran parte de la mitología que usa el capitalista para explicar sus tradiciones y sus derechos. El señor Avilés pide casi a gritos la aparición de héroes que no usen la retórica ni la hipocresía para llevar al país por derroteros buenos; el señor Avilés, aseguro que lo sabía, implorando héroes desea que la división del trabajo, que es política con cariz cientificista, se quede tal como está.

El marxismo no desea héroes, sino pueblos “conscientes” y “organizados”. Lenin nos enseña a distinguir a los camaradas, como se decía antes, entre traidores. Lenin, en el “Informe sobre la paz” que pronunció el 26 de octubre de 1917 y que se publicó en el núm. 171 del periódico “Pravda”, dijo: “Nuestra concepción de la fuerza es muy distinta. Nosotros creemos que la conciencia de las masas es la que determina la fortaleza del Estado. Éste es fuerte cuando las masas lo saben todo, pueden juzgarlo todo y lo hacen todo conscientemente”. ¡Bien cavado, viejo epistemólogo!

El señor Avilés jamás habla de educación, ni de teorías políticas, pero sí de la “pasión” y de la “audacia” que todo político necesita para arrastrar a su pueblo adonde quiere. ¿No ha dicho Lenin, gran filósofo, que el burgués es sentimentalista y que confunde la verdad con la bondad? Todo burgués, esto es, todo amigo del capitalismo, poniendo ejemplo zubiriano, piensa primero en el reloj (en un ideal… homérico, digamos), luego en las piezas idóneas para hacerlo (sistema económico) y por último en la necesidad del reloj (teoría política); todo marxista real, como Lenin, piensa al revés, va del presente al pasado.

El tiempo, pensó Marx, para el burgués es algo trascendental que existe con o sin el hombre, creencia funesta que justifica todas las religiones, que son los lugares donde se han llevado a cabo todas las luchas mentales, de clases.

¿Los héroes nacen o se hacen? Nacen, enseña Homero. ¿La libertad de los pueblos depende del azaroso nacimiento de los héroes? Parece que el señor Avilés así lo cree. Un Estado fuerte, señor Avilés, se forja con masas que lo saben todo, que saben desentrañar la “forma mentis” de política cualquiera, que será siempre economía concentrada, siendo ésta injusta división de trabajo donde sólo los napoleónicos, los castristas, los bolivarianos, los incapaces de filosofar, de salir de la ideología imperante (Fernando Mires sostiene que casi todos los revolucionarios latinoamericanos provienen de la clase media), esto es, las clases medias y educadas, tienen derecho a escribir la historia.

Profesor Edvard Zeind Palafox

http://donpalafox.blogspot.mx/

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