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Relatos de Oficina. Capítulo 2

Por Sonia Aldama , 8 abril, 2014

En la oficina II

En la oficina II

Martes en El Cotidiano es martes de relato. Hoy tenemos el esperado capítulo 2 de Las Historias del Satélite, esta vez lo firma el escritor José Carlos Castellanos. Recordad que en el capítulo 1, los publicistas no llegaron puntuales a la oficina porque pensaban que no les esperaba nadie:

EN LA OFICINA (II)

Pero se equivocaban.

A las doce y media de la mañana, Juan Carlos llamó a Irma, Belén y Sofía, y les propuso ir a la oficina para preparar su coartada. Lo habían dispuesto todo a la perfección: el cable pelado, la botella de agua, la tormenta… Y la seguridad de que Galiana Caponati estaría en sus mesas, espiando su trabajo. Sin embargo, resultaría raro que ninguno de ellos hubiera ido precisamente ese día, así que les dijo que era mejor pasarse por allí, fingir que acababan de llegar de un curso de formación, y avisar a la policía como si hubieran encontrado el cadáver y estuvieran sorprendidísimos y apenados. Sus compañeras convinieron en que era lo mejor, de modo que se dirigieron todos a la oficina. Les daba un poco de grima ver cómo debía haber quedado el cuerpo, pero conforme se fueron acercando al edificio, recordaron los años de frustración, las mentiras, los desplantes, los desprecios y los malos

ratos que la Caponati les había hecho pasar. Empezaron a sentirse alegres, y Juan Carlos, que nunca había sido capaz de disimular, entró a la oficina gritando eufórico:

– ¡Señores, les comunico que Galiana Caponati acaba de fallecer! ¡¡Champán, champán!! ¡¡Les invitamos a todos a una copa!!

Pero entonces, Juan Carlos se quedó patidifuso. En la puerta estaba la Caponati, sonriendo con cara de niña buena, como hacía siempre; pero en los ojos se adivinaba que estaba hirviendo de rabia.

– Pe… pero… ¿tú no estabas criando malv…? Digoooo… ¿no estabas… enferma? – balbuceó.

Irma, Belén y Sofía estaban heladas. La Caponati se quedó mirándoles un momento, y luego dijo, con su voz aparentemente dulce:

– ¿Os parecen horas de venir a la oficina? ¡Ay, cómo sois, malos, más que malos! ¡Voy a descontaros hasta el último minuto, que lo sepáis! ¡Más os vale daros prisa en poneros a trabajar, que las filas del paro están llenas de gente que llega tarde al trabajo, ji, ji,ji!

El sueldo era misérrimo, pero ni Juan Carlos, ni Irma, ni Belén ni Sofía podían permitirse perderlo. Así que se fueron para sus sitios con la cabeza gacha, preguntándose cómo era posible que su jefa se hubiese salvado.

En realidad, le había ido por un pelo. La descarga eléctrica había estado a punto de pillarla, pero casi por milagro, el agua no la había llegado a mojar. El reguero se había escurrido por un lado de la mesa, sin tocar su cuerpo. Pero fue suficiente para que Galiana Caponati viera pasar su vida por delante de los ojos. Su verdadero nombre no era Galiana. Ése se lo había puesto ya de adulta, copiándolo del apellido de una compañera que le parecía muy elegante. Su verdadero nombre era Angustias. Angustias Caponati. Y desde luego, el nombre parecía haber marcado su vida. De pequeña, Angustias había ido a un colegio de monjas. La habían machacado con el sentido de la responsabilidad:

-¡Debes hacer las cosas a la perfección! ¡Debes terminar lo que empieces! ¡No debes cometer errores! ¡Debes denunciar a tus compañeras si hacen algo malo! ¡Cuida siempre de llevar el camino recto!

Luego, en su casa, su padre no estaba nunca. Se dedicaba a trabajar y trabajar, para ganar dinero y sacar la familia adelante. Su madre siempre le recordaba lo afortunada que era por tener un padre tan trabajador, y la machacaba para que tuviese todo a la perfección cuando él venía:

-¡Debes tener limpia tu habitación! ¡Debes llevar la ropa a la perfección! ¡Colócate bien el cuello de la camisa! ¡Cuida la raya de los pantalones! ¡Límpiate las gafas!

Angustias no olvidó las lecciones de sus mayores, de modo que continuó llevando el traje del colegio de monjas hasta que terminó la Universidad, siempre perfectamente planchado. En toda la carrera nunca salió con sus compañeros, siempre estudió hasta tarde, y si en algún examen veía a un estudiante copiando, se chivaba al profesor. Luego entró a trabajar en la empresa de publicidad en la que ahora era jefa, y siguió aplicando los mismos principios. Se vestía siempre con pantalones y camisas formales, que le daban la imagen de una niña que va a misa los domingos. Y la empresa tenía que ir a la perfección, de modo que siempre llegaba antes de la hora, y se iba tardísimo. Controlaba a sus compañeros, y les echaba en cara una y otra vez sus errores. La empresa tenía que ir bien, así que nada de subir los sueldos, ni mejorar las instalaciones. Era una maníaca perfeccionista del trabajo.

En realidad, Angustias Caponati no era feliz. Pero no conocía otra forma de portarse, y la manera de actuar de sus empleados la irritaba. Siempre quejándose de que su trabajo no se les reconocía (¡Pues claro que no! ¡Simplemente, era lo que debían hacer!), siempre pidiendo fiestas, puentes, aumentos de sueldo… ¿Es que no sabían que tenían que sacrificarse, para que la empresa fuera bien? Y lo último, había sido lo de ayer. Ellos pensaban que había muerto. Y se habían alegrado. Angustias endureció la mirada, aunque no perdió su sonrisa de niña buena, que era la máscara que usaba siempre. Aquello era la guerra.

José Carlos Castellanos.

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