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Real Observatorio de Madrid, más de dos siglos escrutando el cielo

Por Ana Martínez , 26 octubre, 2015

Observatorio Astronomico Madrid CC

 

¿Cómo es el trabajo de un astrónomo? “Largas sesiones de redacción, observar los astros, informes, viajes al extranjero…,” enumera Rafael Bachiller, director del Observatorio Astronómico Nacional de Madrid (OAN).

Adentrarse en el OAN, también conocido como Real Observatorio, es introducirse en una institución astronómica emblemática con un gran bagaje histórico. Por el Observatorio de la capital, fundado en 1790, han pasado cientos de astrónomos y, actualmente, el centro acoge a una treintena de científicos, junto con una sede en Guadalajara.  “A pesar de ser una pequeña institución, tenemos relevancia por el alto grado de especialización de los astrónomos y nuestra larga trayectoria”, explica Bachiller.

“Funcionamos de esta manera: proyectar, pedir, observar, analizar, publicar y, con suerte, ser invitados a congresos y conferencias”, explica el astrónomo Mario Tafalla, compañero de Bachiller en el OAN. “Quizás la parte más romántica de nuestro trabajo es el momento de la observación”, cuenta Tafalla. Sin embargo, para poder obtener tiempo en uno de los grandes telescopios la propuesta debe pasar una difícil criba ya que, como explica el astrónomo, “las observaciones son muy caras y se reciben centenares de solicitudes de científicos de todo el mundo”.

Los propios Bachiller y Tafalla han sido miembros del tribunal del Observatorio de Sierra Nevada, en Granada, y han tenido que elegir los proyectos más valiosos y otorgar a cada uno de ellos un tiempo de observación limitado. “Hay que justificar cada minuto”, avisa Tafalla.

El radiotelescopio de Granada, gestionado por el Instituto de Astrofísica de Andalucía, es uno de los más visitados por los profesionales del OAN. Esta gigantesca antena, de 30 metros de diámetro y 700 metros cuadrados de superficie, está situada dentro de la estación de esquí de Sierra Nevada. Cuenta con dormitorios, cocina, comedor, biblioteca y hasta un gimnasio, instalaciones donde los investigadores esperan a que caiga la noche para escrutar el cielo.

En cambio, Javier Alcolea, astrónomo también en el Observatorio de Madrid, opta por la observación en remoto. “Internet permite la retransmisión a tiempo real y el manejo de la antena desde el ordenador sin moverte del lugar de trabajo”, explica.

Exploradores del universo

Tafalla despeja dudas y declara: “observar el firmamento no es siempre tan romántico como parece, puede llegar a ser muy frustrante”, y sitúa al mal tiempo como “el principal enemigo”. Sin embargo, cuando la observación sale bien, la satisfacción es enorme. El astrónomo recuerda una observación en Estados Unidos, con el gran telescopio de Massachusetts.

“Llevaba una semana observando de noche y durmiendo de día, solo, sin haber visto persona”, rememora. En la última noche de observación, Tafalla consiguió descifrar los resultados y experimentó “esa sensación tan insólita en la vida en la que de pronto todo tiene sentido”, relata en referencia a un descubrimiento sobre las moléculas de las estrellas nacientes que revolucionó su pequeño campo hace diez años. “El trabajo de investigación es muy oscuro y duro en ocasiones, pero este tipo de satisfacción te anima a seguir”, añade.

A la observación, que es la etapa más breve en el trabajo de un astrónomo, le sigue el análisis, “la prueba a uno mismo para ver qué eres capaz de deducir de cómo son las estrellas”, cuenta Javier Alcolea. Cálculos, teorías, escritura… esta fase se puede alargar varios meses e incluso alcanzar el año. Sin embargo, existe un tiempo limite hasta que los responsables del telescopio hacen públicos los datos observados. “Los astrónomos trabajamos mejor bajo presión”, confiesa Alcolea.

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