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PUES SÍ. LOS ESCRITORES SON GILIPOLLAS. PERO LOS MÚSICOS TAMBIÉN…

Por Alfonso Vila , 29 mayo, 2017

Puedo prever la angustia y el estrés que me esperan ahora que mi matrimonio se desintegra y que la estabilidad familiar que he creado para mi hija se hace añicos. Me doy por vencida. Dadme las pastillas.

(Viv Albertine: ropa música chicos)

 

 

 

 

¿De dónde saca la fuerza esta mujer? Me pregunto. Cómo es capaz de salir a flote en situaciones en las que cualquiera se habría hundido. Y ella casi se hunde, varias veces está muy cerca de hundirse, está al límite de la supervivencia, pero sale a flote, aguanta, se recupera, se salva… ¿Cómo lo hace? ¿De dónde le viene la fuerza? Parece frágil. Parece débil. No parece nada del otro mundo. Es como cualquiera de nosotros, pero si nosotros paramos, dudamos, nos decepcionamos y nos damos por vencidos, ella lo hace sólo durante un segundo. Y luego se dice: “Pues no, de eso nada, no voy a rendirme. No voy a rendirme nunca”. Y se levanta. Se levanta y continua. Y tú te pasas todo el libro sintiendo una admiración intensa por esa persona que siendo como tú, dudando, deseando, sufriendo, angustiándose como tú, logra salir adelante, logra continuar, logra conseguir lo que se ha propuesto. ¿De dónde le viene la fuerza?

¿Y cuál es el precio? Porque esa es la otra pregunta. ¿Qué tiene que perder para poder seguir siendo ella misma? ¿A qué tiene que renunciar? Porque toda victoria tiene su precio, y ese precio hay que saber pagarlo, aunque duela, porque, como ella bien dice: “es cuestión de vida o muerte, no tengo opción”.

 

Prometo no llenar este artículo de citas. Lo intentaré. Aunque será difícil. Y pido perdón ya mismo por usar un título de un viejo artículo mío. Pero es que ella misma lo dice. Y a ella misma se lo dicen…

 

“Tú no eres una artista, eres una gilipollas”, le dice su marido. ¡Y ojo! El marido no es ningún imbécil. Ha estado con ella en momentos terribles, en momentos que hubieran hundido a cualquier matrimonio. Han vivido casi todo lo peor que pueden vivir dos personas en la vida y han seguido juntos más de quince años. Pero llega el momento de la verdad y él no la entiende. No consigue entender nada. No consigue ver qué es lo que ocurre y qué es lo que se le pide que haga. Está fuera de juego. Y reacciona con la brusquedad del hombre que se ve superado por los acontecimientos. Él, que ha aguantado como una roca firme los momentos más malos, no puede entender que ahora ella ya puede volver a ser la mujer que era antes, y que necesita desesperadamente ser la mujer que era antes, o eso o la caída al abismo…

 

Marido me suelta un ultimátum: O dejas la música o esto se acabó. Le digo que no me está pidiendo que elija entra la música y el matrimonio, sino entre la vida y la muerte. Así que no tengo elección. Él cree que por culpa de la música estoy descuidando a mi familia, que no cumplo con el trato, un trato que existe en su cabeza (yo me ocupo de las tareas del hogar y él trae el dinero a casa). No soy más que una narcisista, una caprichosa y una gilipollas. Una mala madre y una esposa lamentable. Me recuerda a mi padre: «No hagas eso. No hables de eso. No vuelvas a mencionarlo». Sólo que mi marido va más allá y añade: «Eres una inútil, eres demasiado vieja y lo que haces es una perdida de tiempo». (…)

Los dos hombres más importantes de mi vida quieren que me anule a mí misma. Como si mi vocación fuese algo vergonzoso. Un siglo atrás me hubieran dicho: Si no paras de una vez, te recluiré en un manicomio.

 

Estamos en la segunda parte del libro, en la cara B, llevamos más de cuatrocientas páginas y ha llegado el momento de la verdad, porque todo lo anterior, toda su vida, no habrá servido de nada si ahora, si en este momento, ella se rinde. Y ella se rinde, claro, ¡Quién no se rinde! Se va de gira. Le han ofrecido irse de ira (otra gira, después de tantos años…). Y una noche justo antes de un concierto, en una ciudad lluviosa del otro lado del mundo, se dice…

 

¿Qué estoy haciendo aquí, por dios santo? Si le pasa algo a mí hija, ¿cuánto tardaría en llegar hasta ella? ¿A cuántas horas estoy de ella? A catorce.

Y así continua unos minutos más, torturándose con pensamientos horribles, cayendo en la culpabilidad más vil. ¿Y todo para qué?: “Para cantar un puñado de canciones”. Sí. Sólo para eso. Todo por un puñado de canciones.

 

Cuando hace tiempo publiqué mi artículo sobre los escritores gilipollas en Jot Down se improvisó un debate en los comentarios sobre un tema que a mí siempre me ha parecido fundamental: ¿Es justificado el egoísmo de los artistas? Recordé a Picasso, con sus consabidas historias de amantes y sus “problemas” (vamos a dejarlo así) como marido. Y también recordé que antes que a Picasso, el Gobierno Vasco le había ofrecido pintar el cuadro que luego fue el Guernica a Aurelio Arteta, que rehusó el encargo y se marchó a México con su familia. Y cité entonces el libro de Kirmen Uribe (“Bilbao-Nueva York-Bilbao”), en cuyas páginas se leía: Al final el encargo recayó en Picasso. Pintar el cuadro sobre Gernika hubiera sido un salto definitivo en la carrera de Arteta, pero no lo aceptó. Por delante del Arte, eligió su vida. Prefirió reunirse con su familia a ser recordado en la posteridad. A muchos les parecerá que la decisión de Arteta fue un error. Cómo pudo anteponer el amor por su familia a la creación artística. Es más, habrá quienes no le perdonen eso jamás y piensen que el creador se debe a su obra antes que a nada.

 

Pues bien, muchos años después Viv Albertine se enfrentaba al mismo dilema y se reprochaba: Te has sacrificado por lograr este sueño de perfección doméstica. Tú elegiste hacerlo así. Fue tu decisión. Ahora no lo estropees. Has llegado muy lejos. Pero ella además era mujer, una mujer “que no trabaja y que no trae dinero a casa”, una mujer que había pasado por pruebas muy duras y que llegaba a cierta edad en la que: hemos de sentir que tenemos una vida estable o, al menos, resignarnos a ella. ¿Qué hacer entonces? ¿marchitarse lentamente en el hogar, caer en picado en la depresión y la anorexia, buscar amantes, meterse en una secta? ¿O aceptar que una es un artista gilipollas y que no puede dejar de serlo? ¿A riesgo de perder a su marido, y de perder, peor aún, a esa hija tan deseada y que tanto y tanto tardó en llegar?

¿Qué hacer entonces? ¿Qué hacer?

 

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