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Pronombres que matan

Por Fernando J. López , 3 enero, 2015

No somos un pronombre. Ni siquiera un nombre. Somos los nombres que elegimos. Los nombres que vamos forjando a cada paso y en cada entorno. Por eso decidimos ser Gabriela o Gaby, Manuel o Manu, Fernando o Nando. En mi caso el tiempo me llevó a optar por el segundo, quizá porque ese Nando está lleno de los ecos de mi infancia y funciona a modo de insólito escudo cuando me siento demasiado expuesto por lo que escribeo publica mi quasihomónimo Fernando J.

Ella se llamaba Leelah. Tenía claro su nombre, pero los demás se empeñaban en encerrarla en un miserable pronombre. Un él que no sentía, que nunca fue y que, lo tenía claro, tampoco quería ser. El capricho ajeno la había llamado Joshua, un minúsculo accidente onomástico que se habría solucionado con facilidad si hubiera elegido en su lugar opciones como Peter, o Richard, o Stephan. Pero eligió Leelah -recibiendo la oposición de dos padres practicantes de algo que llamaban religión y que no era más que intransigencia- porque en ese nombre sí encontraba su identidad. Porque ella no tenía la culpa de que la naturaleza se hubiera equivocado al ofrecerle un cuerpo que no era suyo y que, como su nombre, iba a cambiar. Era su vida. Era su derecho. Y, sobre todo, era su realidad.

El 28 de diciembre -hace apenas unos días- Leelah decidía romper con todo. Y dejaba una nota en la que se funden la amargura y la lucidez, el dolor y la reflexión sobre una decisión que nos duele a quienes creemos que todos tenemos derecho a llamarnos Leelah. A ser quienes queramos ser. No sé qué habría hecho en su lugar. Ni cómo me habría comportado si hubiera vivido ese mismo rechazo en mi familia, entre mis amigos, en mi barrio. No sucedió, porque mis padres, a diferencia de los de Leelah, no entendían su fe como una forma de amputar mi libertad, sino como una forma de aprender a entenderme en todo lo que nos diferencia y, a la vez, nos acerca. Pero lo he imaginado, sí. Y más de una vez, en mis novelas y en mi teatro, he escrito sobre ese dolor. Sobre esa rabia. Y lo triste es que no he tenido que recurrir a la ficción, sino que mis letras han nacido del dolor que han compartido conmigo adolescentes como ella, alumnos o lectores que me cuentan lo duro que resulta un camino en el que no encuentran los apoyos que buscan. Porque los demás -los otros de Sartre- les pierden con un régimen pronominal en el que no se reconocen. Y que los/las…nos ahoga.

No se habla casi nada de ellos ni de ellas en la literatura juvenil. Ni en el cine juvenil. Ni siquiera en las aulas. No hay suficiente reflexión social, ni suficientes leyes, ni suficiente educación sobre la realidad LGTB y, menos aún, sobre la realidad transexual, sobre un proceso lleno de dolor y de búsqueda en el que no podemos dejar solos a los y las adolescentes que persiguen algo tan sencillo -y tan esencial- como su propio nombre. Está claro que se trata -y yo mismo me he propuesto tomar nota como autor- de una asignatura pendiente. Pero mientras sigamos hablando de príncipes y de princesas, de pronombres convencionales y manidos cuentos de hadas, mientras continuemos encerrados en un mundo que no haga una crítica real sobre cómo nos marcan y condicionen roles, etiquetas y géneros, seguiremos situando a muchos jóvenes al margen de esa pronominal normalidad.

Leelah ha gritado, con su trágica decisión, contra esa invisibilidad. Ahora somos nosotros quienes debemos asumir la responsabilidad y evitar que ese dolor -y que esa muerte- se siga repitiendo. Somos nosotros quienes tendremos que darle significado a su historia y, desde nuestra palabras y acciones, acabar con la oscuridad. Con la omisión. Con los pronombres que matan.

 

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