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Procrastinación y política

Por Alicia Ibarra Gámez , 16 Junio, 2014

“No hagas hoy lo que puedas hacer mañana”. Esa es una de las bases del comportamiento humano, aunque el refranero español diga lo contrario. Aplicamos esta premisa en todos los aspectos de nuestra vida, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello. Y la política no iba a ser una excepción.

Vivimos un proceso de cambio en nuestro país, al que hemos llegado casi empujados a la fuerza, tras intentar evitarlo por todos los medios posibles. Mientras la economía estaba en pleno apogeo y la política aportaba soluciones temporales a nuestros problemas, todo iba bien. Sin embargo, muchos preveían -ya por entonces- las carencias de nuestro sistema. Una sanidad pública cada vez más saturada -y en vías de privatización-, un programa de pensiones y jubilación insostenible, una burbuja inmobiliaria que estaba creciendo a un ritmo desmesurado, una política medioambiental que danzaba sobre una cuerda floja y, sobre todo, unos políticos acomodados, corruptos e incapaces de valorar las bases e ideologías que sustentaban sus propios partidos.

Y si estaba tan claro, ¿por qué no hicimos nada antes? Pues por culpa de la procrastinación, esa cualidad humana con la que evitamos hacer cosas que nos resultan difíciles o incómodas, y que sustituimos por otras irrelevantes. Preferimos pasar horas en Twitter hablando sobre política antes que hacer política. ¿Comodidad? Puede ser. Pero en la mayoría de los casos podría tratarse de miedo a lo desconocido o al fracaso. Actualmente no tenemos la opción de mirar para otro lado; todos esos problemas están encima de la mesa. El bipartidismo desaparece como un castillo de arena, arrasado por las olas de partidos minoritarios, mientras el resto de patas de la mesa se tambalean.

Tras las elecciones al Parlamento “parece que la sociedad no sólo es consciente de la situación, no sólo demanda un cambio, sino que está dispuesta a formar parte de ese cambio”, declaraba Podemos. Pero, ¿hasta que punto es cierta esta premisa? Que la gente vote a un partido con esta cabecera, no implica esté dispuesta a implicarse; y si lo está, es porque no tiene más remedio. Recordemos que hasta que la crisis no ha azotado con fuerza a la clase media y baja, no se han producido movilizaciones sociales relevantes como son las organizaciones de vecinos, las redes solidarias o las diferentes ‘mareas’. Ante todo, no me gustaría que se entendiera como una crítica al españolito medio; se trata de definir un comportamiento psicosocial.

Este problema también afecta a los políticos. Aunque a veces se nos olvide, también son humanos y ‘escurren el bulto’ cuando hay algo que no quieren hacer. Pero en este caso el problema es mayor, pues nosotros les pagamos para que tomen determinadas decisiones que nosotros – por procrastinación- no queremos tomar. Entonces nos encontramos ante un dilema: si los políticos no hacen lo que tienen que hacer, ¿nosotros tenemos que hacer política? Si aplazamos nuestras responsabilidades cotidianas, como estudiar o ir al médico, cómo vamos a ser capaces y hacernos responsables de nuestra propia política. Tendemos a la procrastinación y, cuando antes lo asumamos, antes seremos capaces de encontrar soluciones.

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