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Preocupaciones generales (los psicópatas): sobre la psicopatía como posible pandemia del presente

Por Nicolás Melini , 10 abril, 2014

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Cuando vienen tan mal dadas –o nos las dan tan mal— nos tiramos los trastos los unos a los otros en un guirigay interminable de damnificados, culpables, legítimos, ilegítimos, inocentes y verdugos para que, finalmente, se salve quien pueda. No parece que podamos evitarlo. Todos los sectores de la sociedad se defienden como buenamente pueden, salen a la arena a luchar por su cuota de poder, por lo ya obtenido, por lo que se pudiera perder e incluso por lo que podrían obtener en el tránsito, a río revuelto. Entre todos zarandeamos eso que se ha dado en llamar “interés general”. Unos pierden, otros ganan. Por desgracia, durante esta crisis financiera parece estarse demostrando que la ciudadanía (los que atesoramos sobre todo intereses generales, más que particulares), tenemos todas las de perder.

En otros tiempos, un desequilibrio de poderes en el que saliésemos perdiendo podría saldarse con una revolución, al menos con una contestación social contundente, pero esto ya no es así, y a las pruebas de varios países (Grecia, Italia, Portugal, Irlanda), inclusive el nuestro, podemos remitirnos. Si en otro tiempo, ante una situación de poder injusto sobre la ciudadanía, ésta encontró la forma de responder –ese poder solía estar identificado, asumía hasta las últimas consecuencias el ejercicio del poder, de hecho solía ejercerlo un grupo determinado o, incluso, una única persona omnipotente, como aún sucede en tantos países—, en esta época democrática, liberal, financiera, sin embargo, hemos engendrado un sistema en el que las responsabilidades del desaguisado quedan convenientemente diluidas, confiriendo estabilidad social al sistema incluso en el desastre, incluso a pesar de que la regeneración fuese una opción deseable por parte de una mayoría de la sociedad. Aunque el umbral de insatisfacción no está prescrito, la revolución parece harto improbable. Por ahora sólo podemos protestar vacuamente, en una queja continua, sin que se nos haga caso. Nuestra opinión, nuestros votos, ya no cuentan del mismo modo, se está haciendo evidente que se encuentran desvalorizados. No hace mucho, si un Gobierno lo hacía mal, lo echábamos y venía otro. Ahora ni siquiera esto es posible. Los gobiernos de los dos partidos que se venían alternando en el poder tanto en nuestro país como en otros países de nuestro entorno parecen no tener más remedio que gobernar en contra de la opinión general (los intereses generales) de la ciudadanía, evidenciándose que nuestros votos no son suficiente presión. El único sino de los partidos más representativos es quemarse en el poder y pasar a la oposición. Quienes gobiernan, realmente, pues, se encuentran fuera del alcance de nuestros votos. Hay demasiados responsables decidiendo nuestro futuro a los que no podemos votar. Y la solución podría ser más democracia, es decir, hacer posible que elijamos también a esos que nos gobiernan desde fuera del alcance de nuestros votos, pero eso no parece probable, más bien al contrario, en el ínterin, aún perderemos capacidad democrática. Cuanto más protestamos, menos derechos tenemos.

Esta podría ser una descripción muy general de la situación en la que vivimos, pero ahora me permitiré además alguna preocupación personal. Lo diré con total brutalidad: los psicópatas.

En estados totalitarios –un punto de referencia con el propósito de comprender qué ha cambiado— quienes gobiernan atesoran todo el poder y lo asumen haciéndose visibles y responsables ante los gobernados, las castas se reparten el poder, unos quedan desfavorecidos, otros privilegiados, y eso no se mueve, queda más o menos abrochado de tal modo que resulta tan difícil ascender socialmente a lo largo de la vida como, cuando se nace en buena cuna, perderlo todo. Un psicópata desalmado que obtiene un poder totalitario sobre los ciudadanos no tiene más remedio que asumir todas las tropelías que realiza, enfrentarlas, tratar de ocultarlas, defenderlas… asumiendo unos riesgos que son vitales, aun contando con todo un aparato al servicio de ese poder totalitario, que garantiza la estabilidad por medio de la violencia.

En nuestras democracias financieras, sin embargo, hemos hecho posible un ideal que es liberal y abrazado tanto por partidos de derechas como de izquierdas: cualquier persona puede ascender y conseguirlo todo, lo máximo, a lo largo de su vida. Se supone que prosperarán los mejores, los que se lo merecen, y que eso nos beneficiará a todos. Pero no es exactamente así. Ni todos los que ascienden son los mejores, ni todos los que no lo hacen son los peores, ni el éxito de los que ascienden proporciona un beneficio para los demás. Además, el sistema (y las características de la sociedad que hemos construido) es un caldo favorable para que multitud de psicópatas –esos seres que gustan de tener poder sobre los demás, controlarlos, salir ganando, y que no dudan en pisar a quien haga falta; si es legalmente, mejor, pues así podrán irse de rositas—, obtengan “legítimamente” todo lo que quieran, tal como observa en un reciente estudio Inmaculada Jáuregui Valenciaga*: “Gracias a estudios como los de Iñaki Piñuel (2000) o Vicente Garrido (2008) empezamos a saber que la psicopatía campa a sus anchas en dominios como la política y la economía”, dice, y además recomienda una serie de análisis de la sociedad contemporánea “como los de Zygmunt Bauman (2007), Vicente Verdú (2003), Gilles Lipovetsky (1983, 1990), Christoph Lasch (1999) o Richard Sennett (1989)”, análisis que dibujan la sociedad actual como ciertamente propicia para el desarrollo de esta clase de personas, los psicópatas.

Mientras la gran mayoría de las buenas personas se conforman con poco —con un trabajo, un sueldo, incluso menos—, y el psicópata sin ningún talento se conforma con hacer daño al prójimo más cercano, el psicópata con capacidad se las ingenia para entrar en ámbitos donde medrar y optimizar su falta de empatía y su capacidad para competir. No tienen problema en pisar alguna cabeza si lo estiman ventajoso; atesoran poder y grandes cantidades de dinero, lo que además les permite saltarse a la torera cualquier norma escrita o no escrita.

El psicópata carece de remordimientos porque cosifica al otro, esto es, le quita al otro sus atributos de persona y lo valora como cosa. En el neoliberalismo económico global, las personas somos números. Un psicópata con el poder de intervenir en esta economía siquiera necesita que seamos números para hacernos daño, pues ya se encargaría él de cosificarnos, pero es que encima el propio sistema nos cosifica en las informaciones que se nos ofrece sobre, por ejemplo, economía macro. La coyuntura financiera actual, más bien, incluso podría estar propiciando que personas más o menos cabales actúen como psicópatas. Y un tanto de lo mismo sucede con el mundo laboral (ver Mi jefe es un psicópata: por qué la gente normal se vuelve perversa al alcanzar el poder, Iñaki Piñuel, 2008).

Los psicópatas son marcadamente narcisistas, y vivimos en sociedades superficiales, hedonistas y narcisistas: el predominio general del YO casa bien con su carácter. El psicópata trabaja siempre para sí mismo y cuando da es porque manipula o espera recuperar esa inversión en el futuro. Un psicópata puede ser, al mismo tiempo, un gran benefactor, que realiza obras de caridad mientras lleva a cabo un gran daño en la obtención de su dinero y su poder. Y esto se parece mucho al proceder de las grandes fortunas benefactoras, pero también al proceder de la gran mayoría de los grandes grupos empresariales y financieros, que invierten grandes cantidades de dinero en procurarse una imagen limpia, mientras defienden ferozmente sus intereses o evaden impuestos o sitúan su capital en paraísos fiscales, al borde de la legalidad o ilegalmente.

Si el número de psicópatas a lo largo y ancho de las sociedades en que vivimos ha aumentado en las últimas décadas, también la concentración de la riqueza en manos de muy pocos, algo que podría estar relacionado. Para que nos hagamos una idea, se estima que en España hay unos 447.000 psicópatas repartidos por todos los ámbitos de la sociedad). Sin duda, el sistema en el que vivimos tendrá mucho que ver en todo aquello que nos está pasando y no nos gusta, pero cuánto tiene que ver la actuación de determinadas personas desde determinados puestos, y cuántos de estos pertenecen a ese 1% de psicópatas mundiales.

Evidentemente, no se trata de criminalizar sectores –los ricos, los directivos de grandes corporaciones, los banqueros o los especuladores financieros—, sino de señalar lo que puede ser una tendencia que viene mereciendo estudios desde hace décadas. Ni siquiera estamos hablando de burdos villanos como los de los dibujos animados o las películas de televisión que se emiten en la sobremesa. Aunque desde la ficción se nos tenga tan bien aleccionados contra el mal de esos seres egocéntricos, acaparadores, capaces de llegar muy lejos para conseguir lo que quieren, el asunto es algo más complejo y sibilino. Por mucho que la ficción nos haya aleccionado, en la vida real no resulta tan fácil reconocerlos, aunque uno observa comportamientos de algunas personalidades visibles y siente que se le hiela la sangre, más aún cuando imagina lo que podríamos encontrar entre los que se mueven fuera de los focos.

Una sociedad en la que se relajan las responsabilidades cuando de lo que se habla es de dinero (si además el psicópata puede ser un experto en eludir responsabilidades, en lavarse las manos, en echarle la culpa a los otros), parece propicia… Una sociedad en la que cabe tanto relativizar todo tipo de valores, como, cuando esos valores son sólidos, abusar de la hipocresía, parece propicia… Una sociedad en la que está permitido “atacar” la deuda de una nación soberana para obtener beneficios –decisión que toman una serie de directivos de grandes fondos de inversión, además de pequeños accionistas—, parece propicia… Una sociedad con una economía globalizada, posibilidades de enorme rentabilidad inmediata y poblaciones rehenes en los países, sin movilidad para escapar de las emboscadas financieras, parece propicia… Una sociedad en la que se entroniza a los que tienen mayor capacidad de consumo, en la que la vanidad y la seducción son valores primordiales (cuando el psicópata es un embaucador nato), parece propicia… Una sociedad de la era de la información en la que los medios de comunicación se permiten mostrarse como cuerdas de transmisión de los poderosos –partidos políticos y grandes corporaciones que contratan su publicidad—, evidenciando una función pornográficamente manipuladora (cuando el psicópata es un manipulador nato), parece propicia. Una sociedad en la que lo mismo todo vale que nada sirve, descrita por eminentes sociólogos como “sociedad del vacío” (Lipovetsky), una sociedad cínica (cuando el psicópata es un cínico redomado), parece propicia…

Y sin embargo, siendo propicia (como la libertad del individuo es uno de los valores medulares de nuestras democracias –“somos” liberales de derechas y de izquierdas—), resulta muy complejo encontrar un resquicio para imponer normas que limiten la capacidad dañina de esta clase de personas. Si bien cabe como medida inmediata la reprobación de sus actos y, a corto plazo, legislaciones específicas que limiten sus beneficios o dificulten su modus operandi.

*“Psicopatía: pandemia de la modernidad”, de Inmaculada Jáuregui Valenciaga (Universidad de Las Palmas de Gran Canaria). Nómadas. Revista crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas.

Publicado en la revista digital Olvidos, Granada

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