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Por la senda del transhumanismo

Por Rafael García del Valle , 30 abril, 2014

En los últimos tiempos, los ingenieros y neurocientíficos sienten que, por primera vez en la historia conocida, el ser humano está a un paso de crear un auténtico cerebro artificial.

Una de las grandes noticias de esta semana ha sido que un equipo de científicos de la Universidad de Stanford ha dado a conocer unos microchips de bajo consumo que son nueve mil veces más rápidos que los típicos PC. Se basan en los circuitos neuronales del cerebro, y son capaces de simular el funcionamiento de un millón de neuronas y mil millones de conexiones sinápticas.

Para ser exactos, el nuevo sistema, llamado Neurogrid, consta de dieciséis procesadores capaces de emular el trabajo de 65.536 neuronas cada uno, y requiere 100.000 veces menos energía que los procesadores convencionales haciendo el mismo trabajo.

Aun así, está muy lejos del bajo consumo del cerebro orgánico; éste, con 80.000 veces más neuronas que las que maneja el sistema artificial, consume apenas tres veces más energía. Pero tal es el auténtico reto: llegar a emularlo.

Neurogrid es el resultado de investigaciones relacionadas con el llamado Proyecto BRAIN, financiado por el gobierno de Estados Unidos, que tiene como objetivo la creación de tecnología capaz de reproducir el funcionamiento de nuestro cerebro. En Europa, existe un proyecto gemelo denominado “Cerebro Humano”.

Además de prometer dispositivos electrónicos más potentes y pequeños con los que atontar aún más al personal y de, por otro lado, acercarnos a ese inevitable momento en que una Inteligencia Artificial se nos suba a la chepa, Neurogrid promete generar otros efectos sobre la vida del homo sapiens.

En el campo de la salud, Neurogrid permitirá desarrollar prótesis que, con la mediación de este cerebro de silicio, responderán a los impulsos nerviosos de una persona paralítica como si de su órgano natural se tratara, igualándolo en velocidad y complejidad de movimientos.

A día de hoy, el desarrollo de prótesis “inteligentes” exige un conocimiento directo de cómo funciona el cerebro para incorporarlas a nuestro cuerpo orgánico; con Neurogrid, no será necesario: ingenieros, médicos y científicos en general podrán incorporarlo mediante el manejo de software a medida; en el futuro, nuevas versiones podrán ser implantadas en el cerebro humano y leer directamente las señales nerviosas, interpretarlas y emitir las órdenes de ejecución a la prótesis en un perfectoestado de fusión hombre-máquina.

La simbiosis tiene mil caras pero un solo nombre: transhumanismo, un movimiento en auge que aspira a la mejora del rendimiento humano por simple convergencia tecnológica. Nuestro componente biológico restaurado, complementado, reemplazado e incluso totalmente sustituido por elementos de silicio, titanio, metal líquido o, más allá de la materia, por una realidad de ondas electromagnéticas entrelazadas a voluntad para sumergirnos en una realidad virtual indistinguible de una realidad explícita.

Si nos atenemos a los datos ofrecidos por uno de los padres fundadores del movimiento transhumanista, el filósofo de Oxford Nick Böstrom, la palabra “transhumanismo”, según explica en su ensayo Una historia del pensamiento transhumanista, parece haber sido usada por primera vez por Julian Huxley, en su obra Religion without revelation (1927):

La especie humana puede, si lo desea, trascenderse a sí misma –no sólo esporádicamente, un individuo aquí de cierta manera, un individuo ahí de otra—sino en su totalidad, como humanidad. Necesitamos un nombre para esta nueva creencia. Tal vez transhumanismo servirá: el hombre permaneciendo hombre, pero transcendiéndose mediante la realización de nuevas posibilidades de y para su naturaleza humana.

El objetivo final del transhumanismo, y hacia donde nos debería conducir el plan BRAIN si tiene éxito, es una tecnología que todavía es hipotética: la “subida” (uploading). Se trata de la transferencia de una mente humana a un ordenador, que pasa por reconstruir la red neuronal del cerebro, combinarla con modelos computacionales y emular la estructura computacional completa en un poderoso superordenador.

El resultado habría de ser la mente original que sirvió de modelo, con la memoria y la personalidad intactas existiendo como software; luego, podría habitar un cuerpo robótico o vivir en una realidad virtual.

Se cumpliría así, literalmente, el proceso evolutivo descrito por Baudrillard al distinguir tres etapas en las relaciones entre simulacro y realidad: en una primera fase, la de las utopías, ambos aspectos se oponen; en un segundo momento, la simulación complementa la realidad y sirve a sus propósitos; en la tercera etapa, la simulación se impone y juega con la realidad, confundiéndose con ella. Aquí, en la “hiperrealidad”, original y copia son indistintos.

Llegados a este punto, es imposible afirmar que no vivimos ya en una ficción, tal y como reflexiona Böstrom. Si en un futuro es posible que una civilización pueda recrear una realidad virtual, ¿no estaremos siendo ya parte de esa recreación? Inventamos la ficción, creamos la realidad; ambas acciones son la misma cosa.

De momento, el presente ya es cíborg. En una fase en que las prótesis ya pueden ser movidas con el pensamiento y se identifican con los órganos reemplazados al permitir tener sensaciones, los problemas legales y éticos prometen salir como las setas en otoño.

Así, como aperitivo de lo que nos depara el futuro, en 2004 Neil Harbisson fue el primer hombre-máquina reconocido por un gobierno, el británico, tras una polémica por la que no se le permitía renovar su pasaporte.

Harbisson lleva acoplado a su cabeza un dispositivo para corregir su acromatopsia, una enfermedad que le hace ver el mundo en blanco y negro. El dispositivo, llamado “eyeborg”, traduce los colores a sonidos, de forma que Harbisson puede distinguir los colores “escuchándolos”.

El problema legal al que se enfrentaba era que no podía aparecer en la foto de identificación con un aparato electrónico en la cabeza. Finalmente, las autoridades tuvieron que reconocer que el dispositivo era una parte más del cuerpo de Harbisson.

Como él mismo suele decir, no es la unión entre el aparato y el cuerpo lo que le convierte en cíborg, sino la unión entre su cerebro y el software implantado.

Pero la cosa no se queda ahí. ¿Acaso habrá necesidad de limitar entre lo indispensable y el capricho? Y si la hay, ¿acaso habrá posibilidad?

Jason Barnes se quedó sin brazo. Haciendo de la desgracia virtud, se implantó un brazo robótico especial para tocar la batería. ¿Será esto el principio de la discriminación entre cíborgs, post-humanos y simples humanos sin acceso a la tecnología?

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De momento, una panda de futuristas distópicos inconscientes, que no saben que lo son vaya, ya le han dado para el pelo al padre de los dispositivos acoplados al cuerpo, Steve Mann, inventor del “EyeTap”, unas gafas que graban lo que el ojo ve y procesan las imágenes a tiempo real para que el sujeto interactúe con una realidad aumentada a medida; como las gafas de Google, pero muchos pasos por delante.

El caso es que, el verano pasado, Mann entró en un MacDonald´s de París con el artilugio puesto en los ojos. Tras ser interrogado por los empleados de la franquicia de las calorías rápidas, se ve que no entendieron muy bien de qué iba nuestro aspirante a transhumano y le sacaron del local a la manera típica de los prehumanos.

La tecnología ya está preparada. Pero, ¿lo estamos nosotros?

Ser o no ser ya no es la cuestión. Estar o no estar. He ahí Neurogrid…

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