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Políticos en las nubes

Por Emilio Calle , 12 agosto, 2014

Recortes al PPYa es algo más que un hecho incontestable que la clase política de nuestro país (de un espectro a otro del arco parlamentario, por muchos matices que se quieran anteponer) no tiene ni la menor idea de lo que ocurre en las calles, ni en los hogares, y ya mucho menos aún en el resto del mundo. Cuando comenzó la crisis del ébola, se nos notificaba como acontecimiento destacado que la Ministra de Sanidad había tenido que abandonar sus vacaciones para informarse de todo lo relativo al traslado del misionero afectado por el virus (ya fallecido), y la información estaba tan mal condimentada que no se sabía si lo importante era la gravedad del asunto o que la buena mujer se viese obligada a no darse sus merecidos y bien ganados baños en confeti. Desde entonces, desaparecida. No debe querer más interrupciones.
¿Pero ocurre lo mismo en las redes sociales? ¿Están nuestros políticos atentos a lo que ocurre en ellas? Dejando a un lado las páginas oficiales de los dos principales partidos de la oposición (ambas tan soporíferas que más parecen calculadas para despertar indiferencias), visitar sus propuestas en las redes resulta de lo más desolador. En Facebook, tanto el muro del Partido Popular como el del Partido Socialista Obrero Español no muestran ni un solo indicio de conexión con el entorno social, y ya han sido reconvertidas en sendos escaparates donde pueden mostrar lo bien o lo mal que va todo, siempre utilizando la demagogia más ramplona, apostándose tras cifras que ni siquiera ellos entienden, con el slogan como denominación de origen, adjudicándose verdades que intentan desmentir lo que nos salta a la cara cada vez que miramos a nuestro alrededor. Y mejor no cebarse demasiado con la cuenta de nuestro presidente (de la que según aseguran malas, pero bien informadas lenguas, ni siquiera se ocupa él), un muestrario de rosarios de ocasión, ciento cuarenta caracteres de optimismo ficticio e institucional, un torrente tan gris, insípido y desangelado como la capacidad de empatía del señor Rajoy Brey. Por suerte, no se oye el himno del partido. Pero todo se andará, seguro que sí.
Una vez más, los políticos desoyen lo que ocurre en las redes (más allá de legislar, usando las excusas más vulgares, nuevas restricciones que ahoguen el derecho a expresarse). Ellos se van quedando atrás, anclados en sus puestos y sus regalías. Y es un grave error. Dos hechos puntuales, entro otros muchos, vienen a demostrarlo.
En primer lugar, el ataque del ejército israelí sobre Gaza. Han sido semanas de aterradora indiferencia por parte de las autoridades, mientras en las redes se han podido seguir paso a paso, minuto a minuto, víctima a víctima, las atrocidades que se estaban y se están cometiendo. Nadie duda de que se habrán colado intereses en favor de unos o de otros, pero incluso esos aprovechados se han mostrado más activos que aquellos que podrían detener la masacre. De no ser por la apabullante información desplegada por las internautas, cuesta creer que el Secretario General de la ONU no se hubiera visto forzado a condenar finalmente lo que está sucediendo porque cada vez que encendía su ordenador no se libraba de los escombros ni de la sangre. Tres colegios donde la ONU daba asilo a los que buscaban refugio a los que huyen de la metralla y del fuego han tenido que ser destruidos por bombardeos para que Ban Ki-moon se tomase la molestia de entonar públicamente algunas declaraciones levemente condenatorias, hecho lo cual ya pudo volver a su segura sede y a su siesta. Pero la Red sigue poniendo rostros y nombres al horror. Hasta nuestro gobierno se ha visto forzado a suspender la venta de armas a Israel, dato este que no es del gusto de los charlatanes que nos timan con sus discursos sobre transparencia, justicia e igualdad.
Y en segundo lugar, y aquí la partida se juega en casa, no deja de ser revelador lo que ha ocurrido en nuestro país con la cuestión independentista de Cataluña. Bien pronto que las fuerzas vivas se apresuraron en acusar a las redes de ser las instigadores de todo el movimiento pro independiente que de la noche a la mañana tomó las calles catalanas. No se equivocaban. Ahora es posible que cientos, miles de personas puedan compartir y coordinar sus idearios sin tener que venir respaldados por una legalidad que no nos ampara a todos de la misma manera. Paradójicamente, ha sido Internet la que ha propiciado que aquellos que no están a favor de esa independencia hayan podido reunirse últimamente y levantar su voz, hartos de comprobar que el gobierno, afín a las ideas que han expresado en varias manifestaciones públicas, ni siquiera es capaz de conectar con su propio electorado. Mientras la política bulle en la Red, en Moncloa y alrededores siguen pensado que los ciudadanos son tan sólo un puñado de irresponsables. La sociedad, y en buena parte gracias a las redes sociales, crece paralela a estos tiempos de cambio que sin duda se avecinan. Nuestros políticos no se dan cuenta que ahora están construyendo sus castillos en el aire, mientras la gente se parte el alma aquí, en la tierra, por muy virtual que sea. Una muestra más de su alejamiento de la realidad.
Antes de especulaba con esa bellísima utopía que se preguntaba qué pasaría si un día estallase una guerra y no acudiese ni un solo individuo.
Ahora, que los señores de traje y coches oficiales, no se despisten, no vaya a ser que convoquen unas elecciones, y al final de la jornada se encuentren con las urnas completamente vacías porque ya no representan a nadie.

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