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Políticos canallas

Por José Luis Muñoz , 18 agosto, 2019

La crisis del Opem Armas visibiliza, una vez más, la falta de reacción de la Unión Europea cuando se trata de asuntos humanitarios, y su parálisis nos hace sentirnos culpables. El navío, con sus migrantes recogidos de las aguas tal cómo ordenan las leyes del mar, permanece a 800 metros de la costa italiana a merced de un tipo llamado Matteo Salvini, un ministro del interior que manda más que el anodino presidente del país del que nadie se acuerda. Matteo Salvini, líder de la fascista Liga Norte (el que escribe esto nunca entendió esa extraña coalición de la ultraderecha con el movimiento Cinco Estrellas al que ha terminado devorando) propaga un mensaje de odio xenófobo negándose a que los migrantes del Open Arms, en situación desesperada, pisen tierra italiana para ser inmediatamente acogidos en otros países, entre ellos el nuestro.

Matteo Salvini, líder carismático para los suyos, no esconde, sino todo lo contrario, saca pecho de su mensaje de odio hacia el diferente, en este caso los que huyen de países devastados por la miseria y las guerras provocadas por el Primer Mundo, en su mayoría. El lenguaje populista y simplista que utiliza Matteo Salvini, y que tan buenos réditos le está suponiendo, no es nuevo. Si sustituimos migrantes por judíos podemos observar una peligrosa analogía con el lenguaje del Führer Adolf Hitler.

Lo malo no es que tipos como Matteo Salvini hayan nacido, que también, sino que son el producto de una cierta corriente muy en boga en una Europa envejecida que ve la crisis migratoria como una amenaza a su forma de vida y busca un chivo expiatorio, precisamente entre los más débiles, al que achacar los problemas de las sucesivas crisis financieras (saqueos masivos) que han provocado las élites que dominan el mundo (nuestro dinero en sus bolsillos en ese toco mocho global que aceptamos con resignación). Matteo Salvini podrá ser un  canalla, un psicópata que no tiene la más mínima empatía por los que perecen en el Mediterráneo, huyendo de las guerras y la miseria, y criminaliza a los que los salvan de perecer ahogados, pero lo peor, como en la Alemania hitleriana, son los que compran su discurso porque sin ellos no existirían ni Salvini, ni Hitler, ni Mussolini. La psicopatía de masas que propició el Tercer Reich (primero los judíos, luego los gitanos, homosexuales, comunistas y eslavos) renace en otros lugares de Europa como una ponzoña muchos años después con una pátina de islamofobia y xenofobia.

Ese tipo simpático, populachero, que baja a la calle, estrecha manos y esgrime sonrisa de mafioso criminalizando a los que se juegan la vida y aspiran a una mejor, seguramente será el vencedor en las próximas elecciones de Italia. Lo preocupante no es Matteo Salvini sino los que lo empujan a conquistar el poder con sus votos. Ellos, esos miserables, son los culpables.

El nazismo, el fascismo y el franquismo son hijos de ese Caín que llevamos dentro.

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