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Política, comienzo incausado del arte de historiar

Por Eduardo Zeind Palafox , 8 febrero, 2019

 

 

Eduardo Zeind Palafox

Once again, no book is genuinely free from political bias. 
The opinion that art should have nothing to do 
with politics is itself a political attitude

George Orwell (Why I Write, Gangrel, 1946)

 

El historiador, dice el erudito Ramón Iglesia (Iglesia, 51), debe ser modesto. Modesto es el científico, escritor o meditador que no ignora que es imposible captar toda la realidad ni que todos los conceptos, que son representaciones, se refieren sólo mediatamente a los objetos (“ein Begriff niemals auf einen Gegenstand unmittelbar”, dice Kant en la KrV, B93). Si no es dable conocer inmediatamente objetos naturales, ¡cuánto menos lo será el conocer los sociales, si cabe decirles “objetos”! La realidad, nos recuerda Iglesia, es sólo una idea, una idea o función (“unter funktion die Einheit der Handlung, verschiedene Vorstellung unter einer gemeinschaftlichen zu ordnen”, KrV, B93) regulativa útil para unificar diversas representaciones bajo una general, para no desorientarnos intelectualmente entre conceptos de conceptos, entre representaciones de representaciones.

También sabe que la imaginación humana fácilmente fabula, enlaza objetos, sintetiza hechos, urde sistemas que después parecen infalibles y de acero. De esos sistemas, síntesis, etc., infiere utopías, ideales, que se vuelven símbolos, por ejemplo, culturales, históricos (¿recordáis los «ídolos» mentados por Francis Bacon?). Tan gran, tan ideal realidad, nos ciñe al sólo poder captar las cosas al modo perspectivista (58), y para argumentar cita a don José Ortega y Gasset. Toda perspectiva es subjetiva, y todo subjetivismo causa objetos que sólo puede interpretar quien los imagina (“sólo los come el mismo que los ha hecho”, diría Lope). El perspectivismo, además, al ser expresado acarrea, digamos, hábitos lingüísticos, estilos, que deforman lo poco que captamos de las circunstancias que nos acotan. ¿No es, piénsese reverentemente, el meditar de Ortega y Gasset más literatura con sobresaltos filosóficos que filosofía con sobresaltos estilísticos? Todo estilo, o estilización, es deformación de los objetos, y tal deformación, al ser admitida por los grandes públicos, por las masas, por las academias, se transforma en idolatría. Además, al estudiar el pasado perspectivescamente olvidamos que la ciencia se urde contemplando, esperando, y no aportando conscientemente significados a las cosas.

Sostiene Iglesia que los historiadores del día mucho temen emitir opiniones porque tienen por mayor terror y afrenta el errar (54). Errar es, por de pronto, proferir palabras que no corresponden precisamente con el objeto al que se afana adjetivar, describir, narrar, y es guardar en la mente representaciones falsas que justifican discursos falsos y creencias falsas. Muchedumbres de libros gustan a las masas no por el quid que contienen en forma de lenguaje, sino por el ingenio lingüístico de quien los urde. De ordinario, así, se confunde la ciencia, el bregar fatigosamente contra los sentidos propios, contra las apariencias externas, con la astucia, con la sofística, con la literatura.

La historia, que parece ser el estudio de todos los hechos pretéritos, de todo acontecer humano, descorazona hasta a la mente más egregia, sistemática o mejor labrada por los metodólogos. De ese óbice nace la siguiente paradoja: la historia, siendo conglobadora, aniquila todo tesón mental, y siendo parcial apenas puede tejer monografías (28), textos especializados o tratantes de temas o problemas que sólo importan a cuatro o cinco chiflados (55), como dice Iglesias, de las universidades.

Es especialista la persona que estudia durante largo, sistemático tiempo, un aspecto de los objetos. Luego de luengos años captando sólo el aspecto que le parece de mejor cepa, el especialista todo lo refiere a tal aspecto, y se vuelve erudito, conocedor eximio de alguna parcela del mundo, pero también se vuelve bárbaro estancado en el castillo que para sí mismo construyó intelectualmente. Capta, sí, la forma de alguna estructura constitutiva de algún objeto, pero no capta cómo esa estructura se une, separa o compara con otras. Querrá, como el mal médico, solucionar todo problema con utensilios inadecuados. De aquí brotan historiantes economicistas, tergiversadores epistemológicos, o como refiere Iglesia, estultos harto versados en sarcófagos que no afanan visitar museos que carecen de sarcófagos. La historia, así, especializada entenebrece la mente, pero conglobadora, ambiciosa, enloquece.

Dice Iglesia que la historia debiera versar no sobre nimiedades o bagatelas de erudición, sino sobre la «vida» (40), término dilecto de los hijos de Hermes que es muy grande y que nada declara. La «vida», primero, es abigarramiento, desorden, y si es social, humano, es conglomerado de imágenes, de signos que se expresan o pobremente, con onomatopeyas, gestos, proposiciones tartamudas, o simbólicamente, con connotaciones estéticas o científicas. Las telarañas lingüísticas, semiológicas, fonéticas, etc., suponen problemas exegéticos, filológicos, literarios. Los espíritus enciclopédicos, dice Iglesia, padecen eso que llamamos «investigaciones exhaustivas» (53), esas pesquisas que desean citar todo el conocimiento que sobre algún asunto hay. Tal modo de escrutar la «vida» o cualquier hecho es anticientífico porque imposibilita el captar aspectos, porque es mezcolanza de aspectos. ¿Pero no es el buscar «aspectos» hábito mental que procede de las ciencias naturales, donde los objetos ostentan orígenes, formas constantes y datos positivos (41)? Remedar mal a las naturales ciencias causa, como han dicho sumos sociólogos, que se urdan analogías y metáforas que más distorsionan que precisan.

Las ciencias naturales, describe el autor que glosamos, generalizan, miden, experimentan (42), y esa «talidad», permitiéndome esgrimir el filosófico léxico que debo a Xavier Zubiri, provoca las siguientes contradicciones: que donde hay leyes, donde todo objeto es causado, dependiente, no hay libre albedrío, y que todo lo que puede mensurarse es acabado, permanente, lo que conlleva negar los conceptos de «progreso», «evolución», «fase», «etapa», «época», etc., y que aquello que puede ser experimentado puede ser controlado, repetido, lo que supone que es posible realizar sociales experimentos, es decir, supone admitir que el ser humano es sólo una de las muchas piezas de la naturaleza.

El afán de imitación que las naturales ciencias inspiran (43) ha llevado a los historiantes a idolatrar la estadística, que desdeña todo «contenido», que es amiga sólo de entretejer «series» de cosas diversas, distintas, que iguala con cifras. Otros historiantes afirman que todo pueden explicarlo situados en los campos económicos, materiales. Pero olvidan, o no desean recordar, que todo lo material es siempre singular, y que lo singular no dispensa leyes. Otros, dice Iglesia, han gastado la vida en conocimientos filológicos, pues cabalísticamente sospechan que las palabras, cual nueces, guardan polvo histórico, luz pretérita, quid divino. Todo análisis filológico, etimológico, entabla arbitrariedades históricas, pues nadie conoce el origen del lenguaje. Y el ignorar orígenes urde dogmas, y el urdir dogmas es en ciencia imponer cosmologías, es transformar la realidad en idealidad. Otros, mediante la antropología, a través del estudio de los símbolos que el ser humano forja para comunicar a otros humanos los entreverados significados sacros, profanos, sentimentales y utilitaristas que usa día a día, caen constantemente en el «relativismo», en decir que sólo los franceses comprenden lo francés o que sólo los quechuas saben interpretar enigmas quechuas. Otros, finalmente, imaginan que los métodos sociológicos alcanzan para interpretar las equívocas nubes de la historia, mas evitan admitir que toda sociedad es siempre una composición momentánea que sólo puede ser mensurada sincrónicamente, es decir, con valores éticos, pareceres estéticos y conceptos en boga que mañana, a buen seguro, serán ininteligibles para las mentes nuevas.

Iglesia, citando a un sistematizador de tinieblas, esto es, a un alemán, dícenos que el objeto de estudio de la historia es la «cultura» (45). Cultura es todo lo humano, es decir, toda la idealidad conocida bajo el cielo. La idealidad anima, insufla al yermo realismo, y se expresa no con áridos adjetivos, necias hipóstasis o fugaces verbos, sino con eso que llamamos lengua poética, o «ambición del alma», según dice León Felipe. La poesía, como la filosofía, es capaz de señalar relaciones invisibles. Pero la poesía, además de ilustrar lo invisible, urde mitos. No se confunda, por ventura, el mito con el dogma.

Todo lo declarado se conoce, nos dicen, por la «teoría de los valores» (47). Es de valía aquello que conjunta un objeto, un concepto que engloba al objeto y un sentimiento que regala sentido a ambas cosas. «Sentido», aquí, entiéndase si se quiere geométricamente, es equivalente de «dirección», «lugar», «meta», etc. Pero los valores, aunque son noticias de las culturas, no bastan para definir el objeto de estudio de la historia, porque aunque todas las sociedades ostentan valores, aún no se sabe cómo ellas, diversas, los jerarquizan. Unas los expresan religiosamente, y pintan entes metafísicos toda la vida, como el rostro cristiano, y otras los expresan científicamente, como la alemana del siglo que corre, y profieren, así, más fórmulas algebraicas, geométricas, que padrenuestros. ¿Sabremos algún día con nitidez lógica y estética qué valor rige a los demás valores que nos enseñorean? En lo que sigue examinaremos kantianamente la función de las ideas, que son “causas incausadas”.

De las idas meditaciones, y según lo que hemos venido diciendo en variados paliques, afirmamos que sólo es científico el conocimiento que procede de las estructuras constitutivas de los objetos (sustancia, p. ej.), de las situaciones (estructura, p. ej.), del lenguaje (gramática, p. ej.). Todo lo que es mezcolanza de formas, como el cinematógrafo, la psicología, la sociología, no es ciencia, sino opinión, mera percepción. Lo estructural, constitutivo, se mienta con léxico morfológico, inequívoco. El léxico morfológico, al ser usado, señala atributos, enlaces y modalidades que no se hallan en ningún otro sitio. El sociólogo, al decir “cohesión”, no debe hablar anticientíficamente de “energías” o “fuerzas sociales”, sino de “valores”, digamos, persuasivos. El matemático, al decir “axioma”, habla de “principios sintéticos a priori que son inmediatamente ciertos”, como dice Kant, y no de lo que hablan hoy los mercachifles cuando pronuncian, sin saber lo que dicen, “axiología empresarial”.

Distinguir estructuras constitutivas palia la dolencia mental causada por la antinomia de lo simple y lo compuesto. ¿Hitler, sin piernas, aún es Hitler? Sí, dirá cualquiera. ¿Hitler, sin brazos, todavía es Hitler? Sí, se dirá. ¿Y sin cabeza? Unos dirán que el corazón de Hitler guarda lo hitleriano, y otros que la cabeza. Unos, por eso, de los reyes conservaron el corazón, y otros, por eso, conservaron de Einstein el cerebro, según algunos mitos populares que corren por los masivos medios de comunicación. Ni el neurólogo ni el psicólogo, ni el oftalmólogo ni el historiador, si son de cabeza sana, afirmarán que ellos, y nadie más, conocen lo “humano”. ¿Hay sociedad donde no hay economía? Imposible, dirán apodícticamente los sensualistas. ¿Hay sociedad donde no hay religión? Imposible, se dirá problemática y espiritistamente. Toda sociedad ostenta religión y economía. Podríamos preguntar, además, si los valores económicos impulsan a los religiosos o si los religiosos impulsan a los económicos, y en qué grado.

Luego de meditar filosófica, científicamente la naturaleza de la historia, dígase que ésta es subordinada de la política, y sean criticadas algunas proposiciones dogmáticas de Enrique Krauze, que dice ser historiante y que vitupera a otro historiante de apellido López Obrador. Dice Krauze (“El presidente historiador”, Letras Libres, enero de 2019) que es López Obrador historiante falsario porque redacta politizados libros sobre el pretérito. Pero, según todo lo que dicho tenemos, toda composición, sea sociológica o filológica, es accidental, momentánea, que es decir políticamente determinada. Huelga recordar que son copiosos los estudios que exhiben cómo lo presente, lo político, lo epocal, determina toda actividad científica (Hegel lo dice y Kuhn lo dice).

Tracemos el término historia. La historia, para no ser mero divertimento vacuo, ocioso, debe servir para comprender el presente. El presente es eso que del pasado permanece, como algunas instituciones o costumbres, y además los efectos de lo acaecido, como las locuras procedentes de las guerras, como los feos y yermos lenguajes instrumentalistas venidos de las ciencias sin ética, y también es el conjunto de relaciones sociales hoy establecido, como el visto en las fábricas y en los restaurantes, sitios donde unos aceptan ser inferiores, superiores, serviles, etc. Historiar no es, como ha enseñado el criticismo, sólo ir de lo concreto a lo ideal. No es sólo ir, por ejemplo, del quehacer carcelario a las ideas teológicas que justifican los términos “maldad”, “locura”, “sexualidad”. El historiador que desea ser útil procura crear rigurosas series causales que capten “constancias” que someramente iluminen las inferencias sobre el porvenir.

Luego, como bien dice Marc Bloch, la categoría lógica principal de la historia es lo “posible”, categoría con la que sólo se emiten juicios “problemáticos”. ¿Y no es pensar lo posible, que es basamento de las utopías, pensar políticamente? Enrique Krauze dice que López Obrador es religioso, místico, lo que puede afirmarse diciendo que la palabra “pasado” signa una idea dogmática, hipostática. El tiempo, enseña Kant, es sólo la “forma del sentido interno” (“die Form des innern Sinnes”, KrV, B49) de la mente humana, y no algo que empezó, que acabará, que corre. Creer lo contrario es ser dogmático, no crítico, no ilustrado, no liberal. Krauze y López Obrador creen en la existencia del tiempo, por lo que pergeñan libros de historia. Luego, ambos padecen proposiciones metafísicas, y por ende el primer segundón no debiera desacreditar al segundo primigenio.

Krauze afirma que López Obrador escribe guiado no por la razón, sino por las humanas pasiones. ¿Pero no ha dicho George Orwell que todo escritor, al perder el “impulso”, la emoción, el sentimiento, el coraje, el enojo, redacta yermos textos? Dice Orwell (“Why I Write”, Gangrel, 1946): “And looking back through my work, I see that it is invariably where I lacked a political purpose that I wrote lifeless books and was betrayed into purple passages, sentences without meaning, decorative adjectives and humbug generally”. Los textos lumínicos, no anublados, hablan siempre de lo positivo, o de lo confuso para aclararlo. La política, de cierto, versa sobre la gestión material, positiva, de las ciudades. Luego, los textos políticos son textos positivos, útiles, y no meras páginas nostálgicas. Y el valor máximo de toda política, ha dicho Enrique Dussel, es la “vida”, valor contrario a toda ideología.

La política honesta, que llamamos “positiva”, no deforma lo nimio que de la realidad conocemos con ideologías. La política, además, aunque se basa en la opinión pública, no es doblegada por ella. Los ideólogos, en cambio, no se fundamentan en los menesteres públicos, sino en la codiciosa, estulta y nociva opinión pública que ellos forjan, por ejemplo, con las plumas de los periodistas mediocres y con las televisoras. Los textos sustentados en lo político siempre significan algo de fuste porque procuran jerarquizar valores, tales como los de “justicia”, “paz” o “libertad”. De lo anterior se desprende que Krauze sufra eso que García Morente llamó “aberración” apreciativa, pues cree que la libertad es superior a la justicia. Nadie duda que son mejores las sociedades justas, es decir, organizadas, éticas, racionales, con gentes más o menos libres, que las sociedades libres, es decir, subjetivas, sensoriales, emocionales, con gentes más o menos justas. Los propósitos, que no los argumentos de los escritores, son siempre pasionales, egoístas, políticos, históricos, estéticos, dice el texto de Orwell. ¿Es racional redactar textos por lo bello, o por vanidad, o por la idea de “humanidad”, que es de las más útiles, cursis, altas, pasionales que hay?

Nos dice Krauze, además, que la víctima de sus vituperios es zafio, incapaz de inteligir la jerga de la economía, de la escatología liberalista, etc., etc. Pero hemos dicho que la historia, que no se conoce ni con ardides económicos, ni con artificios estadísticos, ni con arqueologías léxicas, etc., es siempre accidental, ingente, es decir, inasequible para toda mente humana. Marc Bloch ha dicho que el objeto de estudio de la historia es grande en demasía, recordemos. ¿Quién pregonará que penetra todos los móviles de la “vida”, sea la propia o la ajena, sea la económica o la política? ¿Creeremos que Krauze, nacido en el polvoriento, provinciano y politeísta México, goza de conciencia más lúcida que la de San Pablo, quien quejóse profiriendo el famoso “non intellego” (Romanos 7: 15), con que criticaba las razones por las que sabiendo lo bueno ensayaba lo malo?

Krauze, que profesa ser sabedor del lenguaje de Keynes, de Smith, de Krugman, de Sen, desea políticos filosofantes, que son entes inexistentes. Krauze asevera que el político de Tabasco es autoritario, esto es, interesantísimo objeto de estudio de todo historiador. Muchos, al teorizar los tejemanejes humanos del pasado, han razonado que son las grandes personalidades, las archiautoridades, las que dispensan hechos históricos. ¿No confunde Krauze la personalización del poder con la institucionalización popular, que hoy le disgusta porque es encarnada por López Obrador, al que desprecia clasista, elitista, racistamente? ¿Para qué dice enfáticamente que López Obrador es mezcla indígena, española, tabasqueña y “tutti quanti” discrimen étnico, geográfico o patriótico le regala el esnobismo intelectual de las mexicanas academias que frecuenta, que nada pintan, por cierto, en la historia de la ciencia?

Analicemos lógicamente la procedencia del arte de historiar. La historia procede de la política. Ser procedente es descender de algo general, sea material, idea, concepto o conocimiento. Lo general no es simple resultado del enumerar casos, del transformar tal enumeración en conceptos conglobadores. Además, lo general siempre ostenta causalidad clara. El concepto de “silla”, por ejemplo, procede del concepto de “mueble” inequívoca, claramente. La historia, así, que es captar permanencias, efectos y relaciones sociales, económicas, etc., es resultado del actuar políticamente, y ese actuar acata siempre, si es honesto, ideas útiles para subsumirlo todo bajo cierto orden. Pero la política, en sentido estricto, no es un objeto que precede a otro objeto, sino un sitio donde “comienza” una “praxis”, usando el lenguaje de Platón.

No es lo mismo causar que comenzar. Kant, en nota explicativa de la KrV (B482), distingue dos acepciones del término “Anfang”, la activa y la pasiva. El concepto activo, el de “causa”, para operar exige dos sustancias y movimiento, pero el pasivo, el de “comienzo”, exige sólo lugar y mudanza. La historia no es efecto necesario de la política, y se sabe porque hay pueblos ahistóricos, pero no apolíticos. Las causas, además, o son naturales, como las físicas o las químicas, o también morales. Las causas morales, que proceden de la invención humana, son causas incausadas, causalidad por libertad (“Causalität durch Freiheit”, KrV, B473). La política, según sugerimos, mucho acata tales causas. Luego, historiar es registrar áridamente, que no imparcialmente, causas incausadas (es ridículo, así, decir que hay historia de la naturaleza).

Pero esas causas, al ser registradas, deben dispensar certeza al lector, y no ser caprichosas, nubosas concatenaciones. La certeza (“Gewissheit”, KrV, B5) nunca se allega en lo empírico (el hecho), que es siempre contingente. La certeza se allega mediante principios, reglas, leyes generales, y nadie ignora que es o por “fe” (“indubitata fide”), como la religiosa, o según la “lógica” (“dicitur ratiotinatio”). Muchos libros de historia refieren que el motor de la humanidad es antes la fe que la razón. Por ende, historiar es sobre todo registrar la materialización de causas incausadas de cepa metafísica. El concepto de causa (“Begriff der Ursache”, KrV, B122) representa, dice Kant, un modo singular de sintetizar (“eine besondere Art der Synthesis”, KrV, B122), es decir, de unir objetos que no debieran unirse siempre por necesidad. Historiar, finalmente, es registrar la reificación de causas incausadas de estofa metafísica que se enlazan al azar con otras causas iguales.

¿El concepto de “causalidad”, que proviene de las ciencias naturales, sirve en las esferas de la política y de la historia? Sí, pero sólo cual concepto regulativo, no constitutivo. Es que los términos “política”, “historia”, “economía”, son de cepa moral, esto es, no pueden ser tratados materialistamente. Las pretéritas mudanzas materiales e ideológicas no conforman series causales, y sólo pueden ser hilvanadas literariamente, pues son meros sitios mudables. La historia, siendo trabajada geométrica, aritméticamente, urde ilusiones, formaliza, adquiere cariz de ciencia, y con tal apariencia cientificista, como la idolatrada por Enrique Krauze, el pasado se transforma en grosera materia, en estadística, en economía, en filología, o dicho en políticos términos, en burguesía.-

Bibliografía: 

KANT, Immanuel, Kritik der reinen Vernunft, Felix Meiner Verlag, Stuttgart, 1995.

 

MATUTE, Álvaro (compilador), Teoría de la Historia en México. 1940-1968, FCE, México, D.F., 2015.

 

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