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Pesadumbre navideña

Por Silvia Pato , 24 Diciembre, 2014

Caminamos dando tumbos por sendas ensordecedoras que apenas nos permiten escuchar nuestras propias voces. Seguramente, la Navidad es esa época en la que el volumen aumenta todavía más y el ritmo frenético de un torbellino de luces, villancicos, paquetes de regalos y serpentinas nos envuelven, querámoslo o no, pudiendo optar por vivir sin ser conscientes de toda la nostalgia, las ausencias y las paradojas que la rodean o reflexionar en unos días en los que el mundo parece perder por completo la cabeza.

El paso del tiempo, el dinero, las celebraciones, las reuniones sociales de todo tipo, cualquier cosa vale con tal de ponerse la venda en los ojos, tapar los oídos e intentar perder en aras de lo efímero esa sensación de vacío que poseen algunos, o el temor a sentirse adulto, o el pavor a ser conscientes de que la edad conlleva, irremediablemente, la responsabilidad de tu propia vida.

Quien desconoce el problema e ignora el huracán que le arrastra cada día, todavía tiene excusa; quien siendo consciente de ello no hace nada por intentar dominar o conducir su trayectoria en medio de ese fuerte viento, está tomando una elección. Y esa elección marcará su vida. Porque por más que esas personas se digan que poseen tiempo, es el tiempo el que nos posee a nosotros.

santa-31665_640Cuando uno se da cuenta, pasan los meses y ya está sumido en otra Navidad, entre gorros de Papá Noel, el concierto de Año Nuevo y coronas de Reyes Magos. De repente, los que eran niños a su alrededor, ya son también adultos; y los que eran adultos van camino de convertirse en ancianos que necesitan nuestro cuidado y nuestro cariño.

¿Hemos estado dónde queríamos en el medio de ese trayecto? ¿Hemos pasado el año como deseábamos pasarlo? ¿O es la senda atronadora del resto del mundo la que decide nuestra vida?

Por esta vez, olvídense del carpe diem, esa locución tan manida para hacer sucumbir a las jóvenes a rápidos romances, para justificar comportamientos egocéntricos y para excusar todo tipo de excesos, y piensen en el memento mori. Recuerden que van a morir, ustedes y los suyos.

Sé que no es demasiado correcto evocar en estas fechas, con esta pesadumbre navideña, a la de la guadaña, pero tal vez por eso, la cruda realidad sea el mejor modo de bajar el volumen del estruendo de estas fechas, de aprender a relativizar la locura de unos días que, tal y como se viven, la mayoría desean que pasen rápido.

Recuerden que van a morir. La pregunta que sigue es tan sencilla como compleja porque solo es honesta la respuesta que nos damos a nosotros mismos, pues normalmente, no nos atreveríamos a contestarla en voz alta.

¿Qué haría si supiera que va a morir, con toda seguridad, mañana?

¿Realmente perdería el tiempo bebiendo hasta la extenuación? ¿O criticando a los que le rodean en la misma mesa? ¿O renunciando a su vida personal por un coche o una casa mejor? ¿O viviendo con lujo los últimos momentos? ¿En serio? Si es así, adelante, sean fieles a ustedes mismos; en caso contrario, recuerden que van a morir usted y los suyos y actúe en la medida que le sea posible, porque realmente esa es la única certeza con la que nacemos.

Vivimos en el presente. Quizá por eso algunos nunca hemos tenido la costumbre de perder las energías en futuribles, en suposiciones, en condicionales que lo único que condicionan es lo que a día de hoy tenemos: el momento actual.

¿Qué tiempo tiene cada uno de nosotros? Nadie lo sabe. Supongo que solo cuando la muerte repentina, esa que acecha en cualquier esquina, viene a cobrarse la vida de un ser querido, uno comprende que el futuro no existe; que lo que importa no se cuantifica; que lo que es verdaderamente valioso no tiene nada que ver con regalos, billetes, joyas o cheques; que las personas, a nivel personal y emocional, son insustituibles.

Lo que importa es que los que están a su alrededor todavía están. Las vivencias juntos, en la medida que sean, tal y como cada cual desee, son esas cosas para atesorar, ya que no pueden comprarse.

Regalen su tiempo. Piensen que no hay nada como, después de los años, estar con un amigo del alma recordando momentos antológicos, sucesos que se convirtieron en auténticas leyendas urbanas, instantes de risas, de alegría, de confidencias, en los que por no haber, no tenía ni por qué haber una peseta o un euro. Esos instantes no tienen precio y, una vez que pasa la ocasión de vivirlos, no pueden recuperarse, pero sí crearse muchos nuevos.

Así que regalen sus momentos a aquellos a quienes quieren, porque cuando ustedes falten les aseguro que ellos no van a recordar si les regalaron el perfume más caro o el vestido del diseñador más famoso; cuando falten lo que recordarán serán esas ocasiones en las que lloraron juntos de la risa, en las que compartieron momentos de despiste absurdos, en las que estuvieron allí sembrando abrazos por días de dicha o noches de duelo.

Les aseguro que, cuando falten, poco importará de qué marca eran las bolsas que portaban los Reyes Magos, si es que portaban alguna.

Recuerden que van a morir y que el sonido de su voz es el mejor de los regalos.

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