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Pautas de Crianza, una cuestión sociocultural.

Por Albanie Casswell , 23 noviembre, 2015

Es bien sabido que en todas las sociedades y poblacninos-diversidad-cultural-2iones humanas, los padres educan a sus hijos a través de unos patrones de cuidado determinados. También podría parecer obvio el hecho de que estos patrones o guías están sujetas (y surgen de) unas pautas culturales establecidas, dependiendo de esta forma del contexto en el que crezcamos.

Robert A. LeVine (1932 – ?) , una de las figuras más destacadas de la antropología psicológica, centrado, más concretamente, en el campo de la interculturalidad y las relaciones parentales, nos regala una serie de estudios en los que compara los patrones de crianza de poblaciones agrícolas de la África Tropical, con las que podemos observar en la población de clase media de los Estados Unidos. En dicha comparación hay un aspecto que se muestra clara y repetidamente, y que es de vital importancia tener en cuenta: las pautas de cuidado son dictaminadas por la orientación hacia unas metas u otras que influirán directamente en el modo en que los padres eduquen y críen a sus hijos, y estas metas u objetivos vienen dados, a su vez, por las características del entorno.

De esta forma encontramos que en poblaciones de la África Tropical, en las que las tasas de mortalidad infantil son muy elevadas, la meta principal se centra en la supervivencia y la salud. Las familias suelen ser más numerosas para poder garantizar que algunos de esos hijos van a sobrevivir, y a la vez, servirán para contribuir tanto en el trabajo para la subsistencia, como en el cuidado de los demás miembros del núcleo familiar (la descendencia se transforma en una garantía de apoyo intergeneracional y una inversión). Las madres de estas poblaciones suelen prestar una atención absoluta al bebé, el cual está literalmente pegado a ella y recibe la alimentación a demanda, esto se produce porque es necesario que los bebés estén sosegados en todo momento y puedan permitir que la madre siga trabajando la tierra con ellos a cuestas, siempre velando por la supervivencia del pequeño. En tales circunstancias nunca se deja llorar a un niño, puesto que se interpreta que si lo hace, es porque siente algún tipo de malestar, en el e intervienen de inmediato con la clara preocupación de que cualquier diarrea o resfriado puede ocasionarle la muerte. No es hasta que esta primera etapa se finiquita cuando la madre suele quedarse de nuevo embarazada.

En estos contextos no existe la propiedad, los niños no disponen de objetos o espacios propios, lo poco que se tiene se comparte y es necesario que así sea. La visión de comunidad se extiende a la crianza: vecinas, hermanos mayores, amigos, conocidos… serán sus segundas madres y padres, la comunidad cría y la madre supervisa, puesto que las vidas adultas  no giran entorno a los infantes: los adultos viven una vida adulta en la que hay niños, pero no lo organizan todo alrededor de sus retoños, ni lo hacen de forma individual.

 

Dichas pautas cambian mucho en las sociedades occidentales de clase media, en las que se observa una tasa muy reducida de mortalidad infantil. Se pasa de criar para la supervivencia a criar por otra meta muy distinta: el éxito.

En estos contextos la familia se convierte en una unidad de consumo y no de producción como en el caso anterior, tener descendencia es un gasto muy elevado, y no solemos nutrir expectativas de obtención de beneficios por parte del hijo salvo, quizás, en un terreno emocional y moral. Las verdaderas expectativas recaen en la mejora del estatus de nuestros descendentes respecto al propio y este hecho condiciona enormemente las pautas de crianza, las cuales van a proporcionar las claves para el éxito socioeconómico.

En nuestras sociedades existe un lugar para los niños y otro para los padres. Los hijos no suelen dormir en la misma cama que sus progenitores (de hecho el colecho está mal visto), y muy pronto disponen de una habitación individual. Tienen, además, posesiones claramente marcadas como propias desde el nacimiento y que les pertenecen exclusivamente. Esta separación e individualización del infante, pero, convive con la gran inversión y esfuerzo que llevan a cabo los progenitores para asegurar el éxito de su retoño, contrapeso que nos lleva a situaciones extremas: por un lado el aislamiento del menor (existe el mundo de los niños y el mundo de los adultos – no era así en las poblaciones africanas en el que existía un mismo mundo de adultos pero repleto de niños – ) y por el otro la excitación interpersonal cuando el adulto controla y organiza su vida y la del pequeño alrededor de un objetivo casi inconsciente como es la mejora social.

Damos también exagerada importancia a la autosuficiencia, la cual es esencial para el éxito (la autogestión y autoregulación son habilidades indispensables en nuestra competitiva sociedad), también con ello guarda relación la teoría de dejar a los niños llorar hasta que queden exhaustos para que aprendan a autoconfortarse. Además, tendimos a alabar y elogiar las buenas conductas para reforzar su autoconfianza y a hacer de la atención una recompensa que tienen que ganarse.

La visión occidental podría resumirse en el supósito de que sí, el amor es importante, pero no garantiza el éxito, por eso necesitamos provisión de espacios, posesiones personales, cuidados individualizados y educar para la autonomía e independencia (cuanto antes, mejor).

 

¿Por qué es tan importante tomar consciencia de que las prácticas y patrones de crianza son un término puramente cultural y dependiente del contexto? Porque tendemos a juzgar. Como maestros/as (o como individuos en general) tendemos a criticar y menospreciar todas esas conductas o relaciones parentales que se escapan de nuestras propias teorías. Los abismos entre pautas de cuidado no sólo se dan entre culturas tan distintas como las citadas anteriormente, sino que también se observan en las diferentes clases sociales de una misma sociedad, en familias inmigrantes, etnias o demás colectivos, todas con sus propias perspectivas respecto la crianza.

Es muy común alarmarse al ver que una madre de cultura, condición o etnia distinta a la nuestra, deja a su hijo jugar ‘solo’ en la plaza (al que nosotros – occidentales – consideramos aún demasiado pequeño para estar solo en la calle), y es posible que incluso lo consideremos una especie de abandono, sin preguntarnos si quiera si es cierto que está ‘solo’ o si por el contrario está acompañado de toda una comunidad de vecinos, amigos, hermanos… que cuidan de él aunque no esté presente la madre o el padre de forma directa.

Es por eso que debemos aprender a CONTEXTUALIZAR antes de juzgar cualquier actuación o suceso (y hablo ahora de preocupaciones como el control de esfinteres, la alimentación, los hábitos o el destete, por poner algunos ejemplos), aprender a ENTENDER la realidad y la visión de los demás, sus ideas y sus pautas, sus objetivos, los ritmos individuales de cada niño o familias. Porque… ¿quién dice que sea mejor dejar llorar a un niño? ¿quién nos inculcó que los pequeños deben aprender a dormir en sus propias habitaciones cuando aún no dan los primeros pasos? ¿quiénes somos nosotros para decidir cuál es el mejor momento para dejar de proporcionar leche materna a un infante? ¿estamos seguros de saber qué es lo verdaderamente importante en un niño?.

Todas las pautas, prácticas o patrones que no dañen al pequeño y que miren por su bienestar son correctas, y como profesionales debemos velar por la diversidad, por el respeto, la tolerancia y el entendimiento, porque sólo ello nos llevará a una sociedad más justa y, sobre todo, más feliz.

Una respuesta para Pautas de Crianza, una cuestión sociocultural.

  1. anna vi Responder

    24 noviembre, 2015 a las 3:10 pm

    Me ha parecido muy interesante lo que comenta, estamos tan seguros de que lo que hacemos nosotros es lo mejor, que no paramos a pensar que hay otras formas de actuar igual o mejor que las nuestras. Creo que en estos temas no tenemos la mente suficientemente abierta.

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