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Oscars 2017, la ceremonia de la vergüenza.

Por Emilio Calle , 28 febrero, 2017


Durante la ceremonia de los Oscars de 1993, le correspondía a Jack Palance (como ganador el año anterior) entregar la estatuilla a la mejor actriz secundaria, y nadie pudo imaginar lo realmente ocurrió en ese momento (y que a día de hoy sigue sin estar nada claro porque provocó un daño irreparable pues no se podía rectificar sin que estallara un escándalo sin precedentes en la historia de la Academia). Y es que sin titubear lo más mínimo, abrió el sobre y anunció que la triunfadora era Marisa Tomey. Más allá de la sorpresa de que ganara la única candidata a la que no se le otorgaba ni una sola posibilidad, poco cabría añadir, pues ya se sabe que los premios no llueven a gusto de todos. Pero no tardó mucho en conocerse una segunda versión. El señor Palance, que al parecer pretendía reivindicar su propia figura (se le olvidó que tan solo un año antes le habían dado un Oscar que tenía más de homenaje que de reconocimiento a un papel que ya nadie recuerda) había tomado la decisión de leer el nombre que a él le dio la gana, cualquiera menos el de la actriz que se hubiera llevado el premio de no mediar él y su inexplicable decisión en contra de sus compañeros de profesión. Y claro, en ese momento, no se podía interrumpir el discurso de la ganadora, y ya hubo que mantener la farsa. Una mancha terrible que no habría forma de borrar, incluso si no es cierto, aunque nadie duda de que lo es. Ya fuese la ebriedad, un ego desatado o el arrebato de alguien con la cabeza desfasada, el comportamiento de Jack Palance resulta tan penoso de comentar que no merece más que un gélido silencio.
Parecía que a ese nivel, no volvería a suceder nada tan estúpidamente terrible.
Y hoy, aquello, sin restarle gravedad, parece un chascarrillo.
Porque lo ocurrido en la pasada ceremonia de los Oscars supera lo inimaginable. Y no hay forma humana de enmendar la desproporción del ridículo al que todos pudimos asistir.
Ya de nada vale hablar de un espectáculo que estuvo un poco más entretenido que en pasadas ediciones, bastante comprometido y combativo, enormemente generoso a la hora de buscar conciliación en un país dividido y en todo momento recordando que el cine es una hermandad mundial donde no existe la palabra extranjero (tratando de enmendar la perjudicial irrupción de Donald Trump en la historia de Estados Unidos). No se puede destacar ninguna de las muchas cosas que hicieron bien, o rescatar alguno de los mejores momentos, que también los tuvo.
Porque llegó el momento decisivo, la hora de anunciar a la ganadora como mejor película del año, premio que entregarían Faye Dunaway y Warren Beatty. Y entonces, ocurrió, a la vista de millones y millones de espectadores. Aquí ni rumores ni especulaciones. Basta con observar las imágenes para saber lo que sucedió realmente. Warren Beatty se dio cuenta inmediatamente de que le había entregado un sobre equivocado (el cómo llegó hasta sus manos se sabrá más pronto que tarde), de ahí su silencio. No hubiera tenido más que decirlo, y el público se hubiera reído, y Jimmy Kimmel (presentador de la gala, cuyas últimas palabras antes de dar por finalizado el show han quedado también para los anales de la desolación) hubiese salido, y en cuestión de un minuto o dos el asunto ya sería una simple anécdota. Y quizás esté en su derecho de hacer lo que más le apetezca, siempre y cuando entienda que su actitud hipócrita y consciente debería tener consecuencias (va a tener que soltar bastante dinero si no quiere que lo cosan a demandas, estaban en juego muchos millones de dólares que en segundos pasaron de una productora a otra). Aunque en modo alguno se puede tolerar que para llevar su gracieta hasta extremos aun complicados de digerir, en vez de lanzarse él al vacío por su cuenta y riesgo y anunciar con su voz y su impostura el nombre de quien no había ganado, logró que fuese ella (quien parecía no estar enterándose de nada, sabedora de su papel de comparsa) quien dijese el nombre del ganador equivocado. Y logró con su cobardía y su infame ingenio que los siguientes minutos derivasen en un ridículo desmesurado, que daba al traste con todo el esfuerzo que se había apostado para señalar que los artistas deben mostrarse más comprometidos que nunca dado los malos tiempos que corren. No están para dar un espectáculo tan bochornoso como en el que se vieron encajonados. Cuesta imaginar el aterrador abismo que se abrió en los pies de más de uno cuando escuchó el nombre que no debía oírse, y decidir en segundos qué hacer al respecto. Y lo cierto (y eso hay que reconocerlo) bastante prisa se dieron en enmendar el error, aunque para entonces todo el equipo de «La-la Land» ya estuviese en el escenario dándole las gracias a media humanidad. Fueron los que estaban situados más al fondo los que supieron primero la noticia. Y todos aquellos que vimos a gala seguramente nos preguntábamos qué estaba ocurriendo, a qué se debía tanta inquietud. Pero hasta la más osada de las imaginaciones se quedaría como mucho en achacarla a algún accidente de uno de los técnicos, o a que quizás alguien se sentía mal. Para lograr que el desatino fuera completo de repente Warren Beatty estaba de nuevo en el escenario, abriéndose paso entre el elenco de los que ya sabían que lo único que habían ganado era la derrota, y también el presentador (que no lo pudo evitar y le espetó a Beatty: «¿pero qué has hecho?»), con la sonrisa aún puesta, pero ya del revés. Entonces se anunció, aunque nadie se lo creía. La mejor película era «Moonlight», y se acumularon las torpes explicaciones de Warren Beatty para aclara que con su silencio no había pretendido mostrarse divertido (¿y acaso alguien se rió?). Faye Dunaway (que debía estar de un humor sobre el que es mejor no especular) ni se asomó. El surrealismo tomaba las riendas. Todos hablando al mismo tiempo, el desconcierto haciendo presa en los espectadores que no sabían si el asunto era o no era una broma, un elenco cruzándose con el otro, la incapacidad de los productores de «Moonlight» para asimilar que aquello realmente estaba ocurriendo con discursos que se detenían de repente para compartir su desconcierto.
Con su deleznable decisión el señor Beatty demostró su catadura ética y moral, y el respeto que siente por la gente de su profesión, porque todos los que subieron al escenario no pudieron celebrar ni lamentar nada. Lo que estaba pasando era demasiado vergonzoso, y se estaba emitiendo en directo para el mundo entero.
Una hazaña despreciable con la que parece que quiere coronar su leyenda.
En los últimos momentos, poco antes de que Jimmy Kimmel cerrará la gala sabiendo la noche que le esperaba (se acabó el ir de fiesta en fiesta, y empezaba el ir de despacho en despacho y responder a muchas preguntas), Barry Jenkins, el director de la más que justa ganadora de la noche, intentó hacerse oír en el desorden reinante y aseguró que ellos estaban ahí para acordarse de los que nadie se acuerda, para contar las historias de los que están tan lejos de la vida a veces que ni siquiera los vemos, y que para eso están ahí los que se dedican al cine, para defenderlos.
Pero al parecer no todos.
Hay un tal Warren Beaty que largándole de manera miserable el fardo de su insolencia a la que sólo debía acompañarle en la lectura del ganador, ya estaba allí para demostrar que el único protagonista era él.


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