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‘Ocho apellidos catalanes’: Tópicos descafeinados

Por Ivan F. Mula , 6 diciembre, 2015

ocho

Del fenómeno de Ocho apellidos vascos (2014), pese a haber sido analizado hasta la saciedad, sigue siendo difícil extraer conclusiones concretas. Esto es así, probablemente, porque no existe una única razón que explique la causa de un éxito de estas dimensiones; más bien se trata de un complejo y azaroso cúmulo de circunstancias con muchos factores a tener en cuenta. Podemos hablar, por ejemplo, de la elección del tema en un momento oportuno, de la coincidencia de su estreno con la Fiesta del Cine o de la masiva promoción de Mediaset. Sin duda, todo ha influido, pero no hay que olvidar que, para que todos estos elementos confluyentes tuvieran efecto, fue imprescindible un guión ingenioso escrito por Borja Cobeaga y Diego San José con una gran capacidad (buscada o no) de transversalidad.

Lo que ocurre es que una cosa es que una película tenga la virtud de resultar igual de simpática a un adolescente que a un jubilado como a un catalán, un vasco, un madrileño o un murciano, y otra muy distinta es que, por eso, se la considere una comedia ejemplar.

Los problemas de la secuela

Como secuela, Ocho apellidos catalanes acusa todos los defectos del original mientras que diluye la mayoría de sus virtudes. El guión, al que se le notan las prisas, no ha tenido tiempo de hilvanar todas sus ideas para que la historia fluya y no hay nada peor que una comedia de enredos en la que las situaciones se ven forzadas y nada es creíble. Los actores siguen teniendo mucho carisma, afortunadamente, y las nuevas incorporaciones son de agradecer, especialmente la de Rosa María Sardá que está muy por encima del filme y de los propios chistes. Pero la perezosa dirección de Emilio Martínez-Lázaro ha pasado de mala a lamentable. Pocas veces hemos visto en un producto comercial una realización tan desganada, cutre y poco imaginativa. La chispa que deberían tener ciertas secuencias es apagada totalmente por su falta de ritmo y su pésimo montaje.

Todo esto hace que la cinta parezca más antigua y televisiva incluso que su predecesora. Hasta puede recordar un estilo de cine español que creíamos ya superado de la época del destape, el landismo y los Ozores. Los tópicos catalanes funcionan, como funcionarían los de cualquier otra región, no obstante, se echa de menos más mala leche, cierta profundidad y un uso más inteligente de los clichés. Si obviamos las referencias a los tanques, los mossos d’esquadra y la trama copiada de Good Bye, Lenin! (2003), no hay mucho donde rascar.

Sigue haciendo reír en momentos más o menos puntuales (dependiendo de la predisposición del espectador), sin embargo, comete el error de potenciar el romanticismo por encima del sentido del humor y ahí es cuando, definitivamente, se vuelve aburrida y ridícula. Parece que los productores no se han enterado de que al público de esta franquicia no le importa lo más mínimo la historia de amor de sus personajes más que como un mero vehículo para los gags. De todas formas, estas consideraciones parecen tener muy poca relavancia, en realidad, cuando se trata de una marca que se vende por sí sola.

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