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Nocturno Madrid .-

Por Javier Divisa , 12 Junio, 2014

Camino por esta ciudad que se llama Madrid. Dos o tres de la madrugada, qué sé yo, a partir de las doce y media nunca sé que hora es. Como Antonio Vega , como los tristes éstos de los ochenta, el Urquijo , como los tristes de ahora, el Álex Ubago. Es caer la medianoche, estar solo, y se me pone cara trucha melancólica (y yo odio eso). A mí me gusta la gente, como a Torrebruno, como a Joe Rígoli, las grandes controversias de la gente graciosa que era triste. Voy tarareando a Sabina, aunque le detesto bastante. Lo dicho, yo a partir de las doce odio mucho.  Las niñas ya no quieren ser princesas, y a los niños les da por perseguir el mar dentro de un vaso de ginebra, pongamos que hablo de Madrid. Bah, cómo ha cambiado el cuento, Sabina, los niños rastrean el éxtasis, colega, mola la psicoactividad (mazo, dicen) , y las niñas de vez en cuando son las princesas de las tinieblas, pero las niñas molan mucho, adultas, caray. Y follan más , digan lo que digan , porque ahora follar psicológicamente es la normalidad. Ya no hay ciegos ni sordos.

Camino, y me miro los pies y de vez en cuando miro al frente y veo las terrazas de La Sureña a tutiplén de diversidad, por la heterogeneidad de las tabernas, y tal. La Sureña es la globalización de la raza humana. Qué hay ahí, lo que tú digas hay ahí, un pensionista comiendo gambas, un carterista sin dientes,  unos indies bebiendo cerveza y hablando de Breaking Bad, un par de egobloggers de moda mirándose los pies como yo, y las uñas, y un diputado de ERC, que no lo conoce ni Perry, hartándose de jamón ibérico y diciendo: molt ric, molt ric el pernil, Jaume.

Me cruzo con extraños, y de igual manera yo soy forastero para ellos. Y no me gusta que la gente se adueñe de la acera, ni golpearme con espaldas y hombros. O bien te pido perdón, o bien te llamo gilipollas dos metros más adelante porque ni te has coscado, colega. Tampoco he tocado en mi vida tetas con el codo. Yo siempre me lo he trabajado y de gratis no me molan ni los abrazos, ni las manos flácidas y sudadas sobre mi propia zarpa de roca. En Fuencarral siempre está oliendo a porros y siempre hay un momento en el que escuchas locuciones sueltas, tan periódicas y gastadas, que llegan a parecer una clase de eslogan: “necesito farlopa, pero ya” , “una raya tío, por fa”, “Desigual está quemado”, “me apunto al gym, o a Pilates ?”, “qué puesto estoy, de todo”. Vale, pero casi me potas en los zapatos.

Sigo mi camino. Me encuentro a unos amigos, y los llevo a casa. Beber, hablar, reír, rock, ser un poco trascendentales, y terminar siendo frívolos, eso vamos a hacer. A veces me gusta demasiado dejar de ser un autómata de la calle. Esta noche he escrito en un post-it: REVISIÓN VALIENTES IDIOTAS. Como si no lo supiera, ya, pero es que en la nevera queda muy bonito, y definitivamente una caverna te salvaguardia la vida.

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