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No somos nada

Por Francisco Collado , 27 enero, 2019

La mujer había  fallecido mientras contemplaba la programación televisiva. Esto es algo absolutamente comprensible. Muchos de nosotros nos hemos sentido a punto de agonizar al zapear y toparnos sin previo aviso con algún programa televisivo. Productos nada cardiosaludables, que deberían figurar,  junto al colesterol,  como  nocivos para el body. La buena señora permaneció atenta a la programación (durante tres años). Compañera fiel durante este periodo, único testigo de su ausencia, la caja tonta perseveró a su lado, sin tregua ni descanso. Cuando descubrieron el  cuerpo, todavía estaba funcionando el aparatito de marras. Ignoramos si aún mantenía entre sus manos el mando a distancia fatídico, pero hubiera sido una hermosa metáfora de la vida. El destino apagando nuestro hálito vital y nosotros sin poder apagar; después de muertos; toda la avalancha de basura mediática que nos invade. La televisión como un monstruo voraz al grito de “esta es la mía”. La indefensión del hombre ante la técnica que nos abruma y anula nuestros criterios. La mujer no fue encontrada hasta que dejaron de pagarse los recibos del banco. Hasta ese momento su existencia no parecía interesar a nadie. Cada vecino habría elaborado sus conjeturas acerca del paradero de la desaparecida. Pero no paso a ser un ente legal hasta que dejó de pagar en el banco. Vivimos en un mudo depredador donde nadie se preocupa del otro hasta que dejamos de pagar una letra, entonces pasamos a ser objeto de búsqueda inminente. Busca y captura. Somos lo que pagamos. Mientras tanto; en este mundo de soledades; nadie se preocupa de nadie hasta que las finanzas mandan. Si la mujer hubiera tenido dinero en su cuenta para continuar pagando durante muchos años, se vería condenada por la eternidad, a sufrir indefensa, las chorradas que vomita la televisión. Impensable tortura.

 

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