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No las mataron por ser mujeres

Por Ema Zelikovitch , 8 enero, 2018

Tras los casos de “El chicle” y “La Manada” no he dejado de leer titulares, noticias y crónicas de opinión en las que se denuncian las violencias que sufrimos las mujeres alegando que dichas violencias las sufrimos porque somos mujeres: la mataron por ser mujer.

Decir “la mataron por ser mujer” es un enorme error político y comunicacional, y niega categóricamente la posibilidad de que las violencias machistas y sus efectos se puedan revertir, porque las mujeres seguiremos siendo mujeres y no lo dejaremos de ser por mucho que eso vaya a salvar nuestras vidas. Me atrevo incluso a decir que hacer un juicio tal es volver a culpabilizarnos y responsabilizarnos y, esta vez, no por nuestros actos, sino por algo mucho peor: por nuestra condición.

Lo que nos hace víctimas de la desigualdad y, por tanto, de las violencias machistas, no es que seamos mujeres, es decir, no es que nuestro sexo determinado al nacer haya sido el femenino y que además, en la mayoría de los casos, nos violen y nos maten porque nuestro género, nuestro aspecto y nuestro comportamiento social, concuerden con nuestro sexo. Lo que nos hace víctimas de las violencias machistas son las relaciones que se construyen bajo el paraguas del amor romántico en particular, y las relaciones de poder que se entablan bajo el ala del patriarcado en general. Las relaciones de amor romántico no se basan en el amor entendido como sentimiento, sino que, más bien, se sustentan bajo el poder que dicho tipo de relaciones perpetúa.

En este juego maquiavélico del papá y la mamá las mujeres salimos perdiendo, pero no por nuestra condición de mujeres, sino porque el amor romántico le sirve a los hombres para asegurar su posición y, como en la guerra, una parte gana porque la otra pierde. El objetivo, por tanto, no es matarnos por matarnos, no es someternos por el mero hecho de disfrutar de poseer el poder de hacerlo, sino que todo eso es el medio para mantener intactos sus privilegios, que es el verdadero objetivo.

El amor romántico es una construcción social y es el germen de las violencias que sufrimos las mujeres. El amor romántico designó hace mucho tiempo una ley que debemos cumplir, y esa ley, dentro de las relaciones de amor romántico y dentro de la sociedad patriarcal es, como acertadamente definió Amelia Varcárcel, la ley del agrado. La sociedad en la que vivimos es patriarcal y, como tal, nos educa para, efectivamente, no hacer nada que a ellos pueda arrebatarles poder y, es más, hacer todo lo posible (y lo imposible también) para agradarles en todos los aspectos. La ley del agrado, o el sometimiento emocional, bloquea la única alternativa que hay para solucionar este problema: la independencia emocional. Mientras no se trabaje en esa dirección, mientras no se entienda que el amor romántico es el verdadero cimiento de las violencias machistas, y no nuestra condición de mujeres, mientras no se enseñe el amor como espacio de igualdad y de libertad, mientras no se entienda que nos matan y que nos violan porque creen que sin ellos no somos nadie, hasta que no se entienda todo eso, será imposible construir una vida más segura para todas las mujeres, libre de violencias machistas.

El feminismo se tiene que centrar en construir otras relaciones, en entender que son diversas las formas de amar como diversas las mujeres, y que diversas son también las relaciones que se pueden entablar lejos de los mandatos del heteropatriarcado sobre cómo debemos agradar, cuándo y a quién. Si queremos una vida libre de violencias machistas necesitamos unas relaciones libres de la dependencia, de la posesión, del control y del sometimiento.

“El Chicle” y “La Manada” ni mataron ni violaron a sus víctimas porque fueran mujeres, sino que las mataron y violaron porque viven en una sociedad que les hace creer durante toda su vida, desde que nacen hasta que mueren, que las mujeres somos de ellos en tanto que hacemos, siempre que ellos lo precisen, cumplir la ley: agradar.

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