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No hay nada que contar

Por Marta Ailouti , 31 octubre, 2014

La que lo dijo fue Monica Geller en 1994, y supuso la primera frase del guión del piloto de Friends. Sus palabras hacían alusión a su cita con Paul, el representante de vinos, y por supuesto que su nada era en realidad un algo para ella que deseaba compartir. Una emoción o una esperanza, o qué se yo, una manera de pasar el tiempo. Ocurría en ese preciso momento en que las historias, o las temporadas, comienzan a gestarse.

Así que parafraseando a Monica, no hay nada que contar. Pero es un sí. Como el principio de esta columna que pasa por recordar cómo empezó mi afición por las series. Y lo siguiente que me viene a la cabeza es la forma en que, por ejemplo, la sintonía de Aquellos maravillosos años hace que salte un clip en mi cabeza. Algo que va asociado con mi infancia y con el salón de mi antigua casa, con aquellos sofás rojos y negros, mi hermano con el mando a distancia, el suelo que no era de parqué y la manera que tenía de ser yo entonces. Pequeña, muy pequeña.

Hay algo de magia en estas cosas. De Casa, ya saben. En el modo en que los años pasan por los personajes de ficción y por nosotros al otro de la pantalla. Y Los problemas crecen. Hasta formar parte de nuestras vidas. Aunque no necesariamente una grande. Basta con que se asemejen a un viejo conocido, o a unos Primos lejanos, tal vez a alguien que pasaba por allí, o un Matrimonio con hijos con el que a menudo coincidíamos al bajar a comprar el pan sin nuestros padres, que por suerte no eran forzosos. Y la cosa es que uno los ve y siente esa especie de ilusión, como si algunas imágenes, algunas voces, pudieran en realidad devolverte un pedazo de ti.

Así que hoy, decía, os he venido a hablar de nada y de la forma en que esas pequeñas cosas formaron, aún forman, parte de mi vida. Algunas más que otras. Y, años y años después, algo como ver bailar a Will Smith y Alfonso Ribeiro en un programa de televisión, lejos de los estudios de El príncipe de Bel Air, es capaz de alegrarme el día. Llámenlo Expediente X, con V, o Cosas de Marcianos. Y ocurre de una manera caótica y desordenada, como el modo que tenemos de recordar según qué historias. Como el reparto de Salvados por la campana, Los Vigilantes de la playa o Sensación de vivir. Como la vida de las hermanas Olsen. Poco importa si es Elizabeth. Porque ni si quiera entonces lo sabía. Que lo importante vendría mucho tiempo después. Y de golpe Buffy, cazavampiros. O Dawson Crece. Hubo muchas más. Pedazos de la historia de mi televisión. Éramos Yo y el mundo. Y da igual si eran buenas o malas. Además de injusto. Porque aquellas, eran otras series. Y yo misma era otro yo.

Y de vuelta a Friends, de la que hoy no logro recordar con qué capítulo comenzó todo. De seguro que no era el primero. Porque entonces las cosas solo empezaban por casualidad, de la manera más tonta y menos premeditada. Y surgía el flechazo, como en el amor. Como ese momento en que aparece Rachel en el Central Perk con su vestido de novia y Ross, que sí tiene algo que contar porque le acaba de ocurrir en ese instante, se relame los rasguños de su aún reciente divorcio. A veces la vida funciona un poco así. Como si las cosas que a priori nos parecen importantes carecieran de importancia diez minutos después y a la inversa. Porque lo cierto es que a estas alturas ya nadie, ni qué decir Monica, se acuerda de Paul, el representante de vinos. Pero sí de los diez años de cosas por contar que vinieron después. Fueron diez años de nuestras vidas también.

Y además nos supo a poco.

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