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Niño-polla o la decadencia de Occidente

Por Francisco Collado , 27 noviembre, 2019

Entronizar la banalidad o ejercer de lacayos del postureo más servil, parece ser una de las aficiones favoritas de algún sector ideológico, aderezado con la adoración hacia un becerro de oro que simboliza  la caspa y la cutredad más extremas. Lo casposo como estética; bien mirado; podría interpretarse como una alternativa lícita o enriquecedora. Para ello los contenidos deberían estar al servicio de algún interés divulgativo o de puro entretenimiento de calidad. Pero la tendencia marcada desemboca en productos infumables, en abismos de adoctrinamiento tan elementales que producen rubor, o dislates de tal enormidad que semejan germinar en una realidad paralela y desconocida. Este desquiciado concepto del entertaiment, conlleva situaciones de un surrealismo atroz. Que a una cadena televisiva le parezca rentable llevar a personajes extremos como invitados, o  que; después de una entrevista enriquecedora; introduzca elementos fuera de toda lógica, presupone un escaso aprecio por la inteligencia del espectador y una búsqueda de share a toda costa. Sin respetar la ética ni la estética.  Navegando entre la escasa calidad de las ofertas de nuestras cadenas, tropecé con una entrevista a un personaje denominado Niño-polla (así, en román paladino). Niño-polla, como su propio nombre indica, hibrida características adolescentes con (al parecer) una desmesura fálica más propia de otras especies animales. Niño-polla no quería estudiar y tampoco trabajar. Pensó que practicar la eyaculación delante de una cámara podía ser una actividad productiva. (algo bastante cotidiano y que se le ocurre a todo el mundo). Niño-polla contesta en monosílabos a las preguntas del entrevistador. La sangre; al agolparse en los bajos; no puede ascender a  la periferia cerebral. Estar en la piel del entrevistador no es tarea fácil. Estudiar varios años, para terminar entrevistando a alguien que se dedica a una actividad estéticamente grotesca, con una simiesca danza reiterativa (y regurgitante), no deber ser demasiado enriquecedor. Aunque para gustos, colores. Niño-polla posee la expresión satisfecha de quien ha sido requerido para ser felicitado por una tesis doctoral cum laude o ha rescatado una familia de gatitos de un árbol. La enajenación mediática sitúa en el mismo plató a estos personajes; cuya existencia prefieren ignorar la mayoría de los espectadores; junto a un escritor que ha ganado un premio tras años de esfuerzo  o alguien que ha realizado una gesta de provecho para la humanidad. El circo no termina ahí. Falta el famoso graciosillo al que ponen en una pantalla las evoluciones genitales del imberbe para que ejerza de comentarista deportivo. Niño-polla y el graciosillo observan la pantalla, bromean buscando el ángulo adecuado, tuercen la cabeza para encontrar la perspectiva  más adecuada. El comunicador aporta los habituales chascarrillos erótico-horteras sobre la elefantiasis gonadil del interfecto. Yo no sé ustedes, pero a mí me invitan a un programa para mostrarme primeros planos de libro médico de ginecología, las verijas y las bizarradas  animalescas del Niño-polla; rodeadas de chistes de un machismo atroz; y tendría unas palabras con el personal. No se trata de planteamientos éticos, sino de perspectivas estéticas.  Lo grotesco, lo casposos, lo grimoso, debería quedar lejos  de las programaciones televisivas. Cada uno tiene la libertad de utilizar su mano para el fin que estime adecuado o de manchar la moqueta como le venga en gana. No es de recibo promocionar una industria machista y subterránea en prime time. No lo es invertir tiempo y dinero en exponer lo bizarro a espectadores que no están interesados en vomitar a la hora de la cena, en introducir como normalidad lo que es anomalía, en tratar de conseguir el pensamiento único a golpe de talonario mediático. Al final va ser verdad que este país es la polla…

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