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Narcisista, cosmopolita, paradójico

Por Eduardo Zeind Palafox , 15 julio, 2016

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Por Eduardo Zeind Palafox

 

 

La palabra “democracia”, tan usada por políticos, señoras jactanciosas, estudiantones de filosofía y periodistas, ha multiplicado sus significados demasiado. La “democracia”, supuestamente, es posible merced al pueblo, sabio de múltiples cabezas que sabe adónde va. El voto, técnica para conocer la voluntad de las mayorías, dispensa la “legitimidad electoral”, que hoy es protegida por eso a lo que llamamos “observación internacional”, monstruo hecho de narcisistas y transculturados que por doquier crea “enemigos externos”.

Todos los términos entrecomillados los he sacado de un artículo de El País. Tales conceptos, amontonados en las cabezas de gentes sin educación política, producen paradojas casi imperceptibles.

Dice Slavoj Žižek que hoy, tiempo de globalización y tecnocracia, vivimos entre narcisistas, es decir, mezclados con masas que se sobreestiman, que fácilmente se desequilibran mentalmente. Dicha clase de población percibe aquí y allá amenazas potenciales. Quien fuma, suda, fuma, grita o hace algo que no le complace, afirma, es agresor. ¿Es demócrata, paciente observador, quien encuentra enemigos en el taxi, en la calle, en la taberna, en las nubes?

El cosmopolitismo, que debiera volvernos tolerantes, amigos de los centros de poder y de las periferias, promotores del “mestizaje simbólico”, en el narcisista multiplica, por ejemplo, el eurocentrismo o americanismo. El cosmopolitismo, así, se transforma en dogma y luego en magia capaz de hacer decir al político que todo el caos mundano se acabaría si todos fuéramos parisinos. La magia fragua ilusiones, siempre destruidas por la filosofía, por la crítica, que nos regala prudencia.

Escrutemos los significados que las palabras que al principio entrecomillamos generan al subyacer en la mente del narcisista cosmopolita.

La democracia, que afana la igualdad, al luchar contra la desigualdad, lo diverso, lo distinto, estandariza. Y a la estandarización se le dice “incremento de oportunidades”, sean laborales, políticas, culturales o científicas. Y a tal incremento se le dice “progreso”. La legitimidad electoral, que procura que sean las mayorías las que escojan gobierno y héroes, derruye a las élites, pero a la vez toda virtud distintiva. El violinista, ser sensible, para no sufrir agresiones debe esconder su genialidad. Al cúmulo de virtudes universales, como la honestidad o la perseverancia, se le pone encima la palabra “humanismo” para escamotearlo, y para aniquilarlo para siempre se le contrapone al “realismo”.

La observación internacional, deseable por ser fuente de críticas imparciales, se encarga de derrumbar ideologías, que ausentes engendran ciudadanos que mal arrostran a la anomia, la falta de leyes. Al que se queja de la anomia se le lanza la piedra de la palabra “mediocridad” para que se calle y para que celebre al mitológico “héroe empresarial”, que es realista por procurar ser acultural.

Los enemigos externos que desde los centros de poder vislumbra el narcisista, como el árabe terrorista o el saltador de muros fronterizos, justifican el incremento de armamento, de la tecnocracia, blasón de lo moderno. A lo moderno, para defenderlo de duras críticas, se le cuelga la palabra “ciencia”, que equivale a “omnipotencia”.

En síntesis, los héroes empresariales, ejemplos máximos del cosmopolita narcisista, se creen omnipotentes, hacen del “progreso” y del “realismo” armas para transformar la periferia en centro, al distinto en igual, al balbuceante en repetidor de tecnicismos y a la libertad en abandono azaroso.–

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