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Nacionalismos y guerra santa

Por Carlos Almira , 8 noviembre, 2014

Mañana se va a celebrar en Cataluña una jornada cívica (que ya no puede llamarse referéndum), en la que una parte de la sociedad civil expresará su deseo o su rechazo a constituirse, en un futuro inminente aún por determinar, como Estado-Nación. Frente a esto, una parte de la sociedad catalana, y sobre todo del resto del Estado Español, ya ha “expresado” (también sin referéndum) su desaprobación. Sin cuestionar el derecho de unos y otros, quiero llamar la atención en este artículo sobre algunas cuestiones de fondo que, pienso, podrían ayudar a reconducir el debate hacia una reflexión serena y un diálogo que, si existe algo llamado Razón, nunca debería darse por imposible.
Todas las personas tienen, al menos, dos necesidades básicas: 1) darse una explicación del mundo y de sí mismos; esto es, encontrar, construir y expresar de alguna forma, el sentido de Todo en lo que a ellos respecta, (ya sea desde la Religión, la Filosofía, la Ciencia, o la simple experiencia de la vida); y 2) sentirse miembros de, al menos, un grupo (religioso, cultural, político, nacional, etcétera) con el que compartirían los elementos básicos irrenunciables de su identidad. Estas dos necesidades son diferentes entre sí, y a la vez inalienables.
Ambos resortes de la condición humana se concretan y funcionan de modos muy distintos según sea el contexto histórico y social en el que se presenten. Parece razonable pensar que en un contexto de estabilidad, seguridad, confianza, incluso prosperidad, nuestra necesidad de sentido y de identidad/pertenencia producirán discursos y actuaciones muy distintos que en un contexto de inseguridad y crisis. En una situación de estabilidad cabe pensar que cada persona, en la medida en que no estará ni se sentirá acuciada por el contexto, tendrá más posibilidades de expresarse y actuar en lo que se refiere a sus resortes y necesidades básicas humanas (como ser racional y a la vez, social), desde su Razón y su afectividad individual; es decir, en unos términos en que podrá dialogar e incluso coincidir con el conjunto de la Humanidad. Naturalmente, también habrá fanáticos y violentos en épocas de bonanza, pero pienso que serán los menos. También creo que cuanto más personal sea nuestro comportamiento y nuestro discurso, más humano, más sujeto a la Razón y más Universal y pacífico será.
En épocas de crisis y desconfianza (material y espiritual), en cambio, pienso que el discurso y la acción de la mayoría de las personas tenderá al menos, a dos cosas: 1º a mezclar la necesidad de sentido con la necesidad de identidad/pertenencia, a enmarañarlas, enturbiando el pensamiento propio, hasta confundirlas afectivamente en una supuesta y sola necesidad “universal”; y 2º a subordinar, de facto, la primera a la segunda; la necesidad de darle un sentido personal a Todo a la urgencia de identificarse con un grupo religioso, económico, nacional, etcétera. El resultado de esto será, en mi opinión, bajo una determinada forma histórica, el fanatismo y la violencia: la Cruzada, el progrom, el Terror Revolucionario, el Imperialismo, el exterminio racial, la Guerra Santa…o, más modestamente, la reclusión, la exclusión radical del otro como enemigo.beso
Así, los “otros” serán percibidos, vividos como una amenaza permanente, irreductible y universal a lo que “yo soy” (alienado afectivamente a mi Razón individual, la única que podría vincularme aún con el resto de los seres humanos pasados, presentes y futuros). Los otros constituirán, pues, una amenaza global, cósmica. Por otra parte, lo que yo soy con los “míos”, inseparable ahora de la razón de ser del mundo, sólo tendrá sentido para mí como alemán, judío, musulmán, proletario, etcétera. Conclusión: los otros sólo podrán ser asimilados, expulsados, exterminados (física y simbólicamente), con intervalos más o menos largos, estables y regulares de supuesta “tolerancia”.
La forma histórica concreta de este movimiento será: la guerra tribal, con episodios de canibalismo y otras formas de violencia ritual, en las sociedades sin Estado (donde el nicho ecológico amenazado se identificará en términos mágico religiosos, con el grupo propio, rodeado y amenazado por fuerzas cósmicas entre las que se incluyen los extraños); la expansión imperial “civilizadora” de los Estados Antiguos (a partir de ciudades-Estado, polis, reinos, etcétera, que comparten su identificación de los extranjeros como “bárbaros”, es decir, como no completamente humanos, en relación con el propio grupo); los cíclicos estallidos de violencia contra las minorías étnico-religiosas de las ciudades y pueblos medievales en occidente, (progroms contra los judíos o los conversos en épocas de malas cosechas, hambre, asedios, epidemias, etcétera, identificados como las fuerzas del mal, como la fuente de todas las desgracias y amenazas que pesan sobre el propio grupo); la implicación de la nueva burocracia de los Estados Monárquicos modernos, bajo el Antiguo Régimen, en estos estallidos de violencia sistémica, antes dispersos en el caótico mundo urbano y feudal; y por fin, las luchas partidistas en los Estados burgueses parlamentarios, llevadas al terreno irreductible de los principios, entre liberales, conservadores, socialistas, anarquistas, fascistas, comunistas, etcétera, en la Edad Contemporánea.
En el contexto institucional actual, el Estado de Partidos, en que estos conflictos pueden desenvolverse, aparece un elemento nuevo, inquietante, sobre el que quizá, convendría reflexionar particularmente ahora: cómo la mayoría parlamentaria puede ser también una máquina de guerra. Y a la inversa, como la auto-victimización de las minorías (en la medida en que el voto no se rige por la Razón individual sino por esta subordinación irracional-afectiva de la cosmovisión de cada persona a su identificación con un grupo concreto, vivido como aparte y separado del resto de la humanidad pero en conexión directa y privilegiada con el Cosmos amenazado, razón por la cual un cristiano nunca vota a un musulmán, o un catalán a un “español”), ésta auto-victimización también degenera en discursos, actitudes y acciones justificadoras de la violencia. ¿Es suficiente el Estado de Partidos, incluso la Democracia, sin otros corta-fuegos institucionales que las urnas, el gobierno representativo, la separación de poderes, para conjurar esta amenaza en tiempos de crisis?
En este momento un adolescente francés, alemán, español, está sentado frente a su ordenador: hijo de clase media, incluso acomodada; estudiante de instituto mediano, hasta bueno. No se siente, sin embargo, miembro de la sociedad, del mundo en que vive, por razones diversas y complejas (la edad, las perspectivas personales, la falta real o percibida de futuro económico, laboral, digno, etcétera). De pronto, un día, encuentra en internet a alguien que le da “gran respuesta” que, sin saberlo acaso él mismo, buscaba desde hacía tiempo: el Islam (el mismo Islam que en épocas pasadas, cuando sus adeptos vivían su presente y su futuro con confianza y desde su Razón individual, produjo Las Mil y Una Noches, la Alhambra, las traducciones y versiones de Aristóteles y Ptolomeo, etcétera, pero que en esta época desgraciada, desquiciada, ha encontrado otros adeptos muy distintos, fanáticos intransigentes, violentos, junto a otras muchas personas modestas, brillantes, honradas). Nuestro estudiante encuentra ya resuelto para siempre ese maridaje entre cosmovisión e identidad/pertenencia del que venimos hablando. Pocos días después, tras establecer ciertos contactos, una mañana en vez de dirigirse al Instituto, se escapa rumbo a Turquía, a Iraq, para alistarse como mujaidín. Tal es el precio que él o ella, y todos nosotros, pagamos por la pérdida de la Razón individual en tiempos de crisis.
Piénsese ahora en Yugoslavia, el Líbano, o la Irlanda de principios del siglo XX. Piénsese en sus calles, sus parques, sus tiendas, sus escuelas, prósperas, tranquilas y pacíficas, convertidas de pronto en campo de batalla, en lugar de muerte. En el peligro que, especialmente en un contexto parlamentario con partidos o incluso, con rasgos de Democracia, puede introducir la crisis en la vida política si se pone en marcha el mecanismo que acabo de esbozar. Catalanes que se sienten agredidos más allá de lo político, en lo más profundo de su identidad y su sentido de pertenencia, como personas. Españoles a los que les pasa otro tanto. ¿Qué nos traerá ese porvenir?
Y ahora, reflexionemos: cada uno de nosotros es capaz de pensar, de sentir como ser humano. Entonces, es capaz de sentirse miembro de la gran comunidad humana. No sólo por el cálculo, el compromiso, la tolerancia o la convivencia ocasional, sino con auténtica empatía, en lo más profundo de su inteligencia y sus afectos. Miembro fraternal de la misma humanidad.
Desde aquí mi abrazo a todos los catalanes, a todos los españoles. Ojalá lleguemos a buen puerto todos.

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