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‘Mr.Robot’ (T1): Paranoia y hacktivismo

Por Ivan F. Mula , 6 septiembre, 2015

De entre los estrenos televisivos de este verano, cabe destacar, más allá de las refrescantes Sense8 de los Wachowski y Wayward Pines de M. Night Shyamalan, una propuesta algo más seria y adulta que, sin ser del todo brillante, ha conseguido ganarse el interés de la audiencia. Se trata de la serie Mr.Robot de la cadena USA Network que finalizó su primera temporada el pasado 3 de septiembre cosechando un dato de 1,4 millones de espectadores de media por episodio.

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La propuesta juega todas sus cartas a dos elementos diferenciantes. El primero: un protagonista complejo y carismático que, pese a su incapacidad para relacionarse con otras personas de su entorno, resulta un perfecto punto de vista desde el que exponer los hechos. Elliot, el joven programador interpretado por el actor Rami Malek, sufre un trastorno psicológico que condiciona toda la narración, ya que nunca sabremos si lo que vemos es real o forma parte de su imaginación. Adicto a la morfina y a espiar cibernéticamente a todas las personas que conoce, el chico trabaja como ingeniero de seguridad informática para una empresa multimillonaria, lo que le sitúa en el lugar perfecto para los objetivos de un grupo de cyberactivistas llamado fsociety, liderados por Mr. Robot (Christian Slater) que tratará de reclutarlo.

El segundo elemento en juego es la ambientación, supeditada, como ya hemos dicho, por la perspectiva del personaje principal. Este condicionante es una inteligente decisión dado que la historia trata de la paranoia del mundo contemporáneo, la exposición social de Internet y la sensación de estar siempre controlados. La voz en off, por último, es la encargada de confiarnos todo lo que Elliot ve y todo lo que sabe y que a nosotros (como al resto de personajes) se nos escapa. Eso nos coloca en un plano angustioso en el que todo es confuso y potencialmente peligroso.

Así las cosas, resulta obvia la influencia del estilo cinematográfico de David Fincher en esta serie creada por Sam Esmail que incluso imita su estética oscura y su diseño de fotografía. Concretamente, la película El club de la lucha (1999) es la que muestra más similitudes con este producto tanto por su temática como por su estructura. La voz en off obsesiva, el hastío con la sociedad, el odio al sistema y el boicot total como única vía de escape a través de una organización secreta son solo algunos de los componentes dramáticos repetidos. Pero el caso es que, conforme avanzan los acontecimientos, aparecen todavía más semejanzas en lo que respecta a los giros y la relación entre los personajes principales.

El inicio de la serie fue impactante y bastante sugerente. Su buena documentación sobre las posibilidades reales de la informática le daba un plus de interés sobre el que construir un thriller psicológico muy innovador. Desgraciadamente, la serie, conforme fue avanzando, se ha vuelto cada vez más convencional a la par que confusa. Los giros resultan muy reconocibles y, no obstante, no han ayudado a hacerla crecer sino a simplificarla en un entramado irresoluble de preguntas abiertas en el que casi todo vale. Puede que las trampas y las sorpresas formen parte del encanto de una historia en la que su protagonista se siente en todo momento tan desorientado como nosotros. Sin embargo, esperemos que en la próxima temporada (ya confirmada) se centren de forma más ordenada en su crítica al capitalismo y la hipocresía de las grandes empresas, ya que los conflictos internos del personaje y su incapacidad de distinguir la realidad de lo imaginario parece haber gastado ya todos sus cartuchos.

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