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Michael Cimino y Las Puertas del Cielo

Por Emilio Calle , 3 julio, 2016

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La muerte de Michael Cimino (con 77 años, aunque, como en otras tantos aspectos de su vida, su fecha de nacimiento no está del todo clara) supone la desaparición de un genio del cine que, paradójicamente, el cine ya había hecho desaparecer. Porque el periplo de este director y escritor neoyorquino es uno de los capítulos más oscuros e injustos de la reciente historia del séptimo arte.

Guionista excepcional, fueron precisamente sus trabajos en ese campo (con “Naves silenciosas” y “Harry el fuerte”) los que lograron que Clint Eastwood no sólo le encargara un trabajo original, ni adaptaciones ni continuaciones. Y hasta le permitió dirigirlo, una prueba más de su mucha confianza en aquel extraño joven. Estrenada en 1974, “Un botín de 500.000 dólares” supuso su espléndido debut tras las cámaras, logrando una película de atracos de ritmo tan atolondrado como tristes sus desembocaduras, con sus protagonistas (en especial un Jeff Bridges portentoso) abocados a no escapar de su condición de perdedores, y que conjugaba tonos, desde lo cruel a lo divertido, con una soltura impropia de un director novel, algo que podría achacarse precisamente a su falta de experiencia (lo que suele ocurrirle a muchos autores nuevos), y no, tal y como demostró muy pronto, a su extraordinaria pericia como narrador. Porque su éxito en nada hacía augurar lo que se avecinaba. Cuatro años después, estrenaría “El cazador”, que por su entusiasta respuesta tanto crítica como de público le colocó en la cumbre sin que casi nadie rechistase. El relato de tres amigos que van a ser enviados a la guerra de Vietnam, el tiempo que pasan prisioneros de los soldados enemigos, y su posterior vuelta a lo que quedaba de su lugar de origen, se atrevía (antes incluso de que Coppola hiciese estallar su propio apocalipsis) a criticar de un modo realmente agresivo tanto la participación como las consecuencias de haber vivido dentro y fuera del horror de la contienda. Amarga, de una violencia desmedida, descorazonadora, acabó siendo un disparo muy certero al siempre confortable limbo de nuestra inconsciencia. Cimino demostraba un dominio excepcional como narrador, y la obra se abría a múltiples lecturas desde la herida expuesta (de un modo u otro, todos jugaban a la ruleta rusa en la que, como Christopher Walken, habían quedado atrapados con la irrupción de la guerra en sus vidas), siendo tanto una película sobre la amistad como un melodrama coral sin la menor fisura en sus muchos personajes. Un clásico desde su primer visionado. Y con ese crédito, y una ristra de Oscars a su espalda, se había ganado un cheque en blanco para rodar su siguiente proyecto: “La puerta del cielo”, una película mítica por muchos motivos, aunque casi todos muy penosos. En primer lugar por el presupuesto, que inicialmente era de unos once millones y acabó costando cuarenta. En muy pocas ocasiones se le ha ofrecido a un director tanta cancha y tanto dinero para que filme su obra con la libertad creativa que considere necesaria, por desproporcionada que sea. El resultado fue un “western” que duraba cinco horas y que después de decenas de montajes (durante años, resultaba imposible ver una versión igual a otra, por lo que había que ir arañando secuencias de cada copia) quedaron reducidas a poco más de dos (la escabechina no es menos mítica), que fue lo que se estrenó en las salas. Y tan meteórico como se reveló el éxito de “El cazador”, fue el fracaso de “La puerta del cielo”, recibida con indignación por la mayor parte de la crítica (la misma que ahora, tras la muerte del director, asegura que siempre pensó que era una obra maestra incomprendida) y con un vacío en las salas que apenas pudo recuperar tres millones de dólares de lo invertido. Unos estudios arruinados, una película hermosa y terrible que hemos tenido que ir reconstruyendo e imaginando cómo pudo haber sido en sucesivas revisiones y “ediciones definitivas”, y un director que apenas pudo saborear su más que ganado paso por el Olimpo de los cineastas. Antes de relegarle a un olvido casi completo, Cimino aun pudo rodar “Manhattan Sur” (con guión suyo, pero también firmado por Oliver Stone), un “thriller” de tintes nihilistas y enfurecidos (no le debió ayudar nada el calvario al que se le seguía sometiendo por el fracaso de “La puerta del cielo”), que, de manera bastante arbitraría, fue tildado de racista por la comunidad china (como se calificó de fascista a “El cazador”, para de inmediato tachar de comunista su brutal batacazo en taquilla), lo que acabó por alejar al director de cualquier estudio importante. Cierto es que rodó tres películas más, apoyado en los recursos que ofrece el cine independiente, pero ninguna de ellas poseía la determinación y el genio de sus proyectos anteriores.

Entonces, desapareció.

En 2007 fue recuperado por el Festival de Cannes (el mismo que se encargó de difundir la noticia de su muerte) para rodar un segmento en una película de cortometrajes que celebraba el 60 aniversario del certamen. Aunque no abandonó el misterio con el que siempre gustó de rodear su figura, que en los últimos tiempos provocaron que se llegara a afirmar que se había sometido a un cambio de sexo.

Ojalá sea el momento de recuperar su fabuloso legado como cineasta, y que muchos puedan descubrir la obra maldita que hizo también maldito a su autor.

Porque una cosa es cierta: seguro que las puertas del cielo que se le cerraron en su momento ahora estarán abiertas de par en par esperando la llegada del hombre que mejor las describió, pagando tan alto coste por ello.

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