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Marcelino Sanz de Sautuola, descubridor de Altamira

Por Rafael García del Valle , 1 Junio, 2014

Marcelino Sanz de Sautuola era un erudito montañés aficionado a las Ciencias Naturales. Había nacido en el seno de una familia cántabra de hidalga tradición, el 2 de junio de 1831, día en que se honra la memoria de los santos Nicéforo, Erasmo de Formia, Eugenio, Nicolás el Peregrino, Pedro mártir y, claro está, su compañero de suplicio, Marcelino.

El distinguido abolengo de Marcelino –el erudito montañés, que no el mártir— le permitía disfrutar de una magnífica biblioteca que se iba forjando día a día con las novedades científicas que acontecían a lo largo y ancho de Europa; novedades de las que procuraba participar en lo que podía: su colección de fósiles era digna de mención entre quienes tenían el placer de conocerla, y sus contribuciones al desarrollo de la región incluían la introducción con fines comerciales del eucaliptus globulus y un estudio sobre la aclimatación del mismo que presentó en la Exposición Provincial de 1866.

El tipo era de esos raros que disfrutaban yendo a exposiciones universales en el extranjero y tal. En 1878, se plantó en París y conoció los fósiles y objetos de sílex que los prestigiosos Lartet y Mortillet habían descubierto en las cuevas de la Dordoña francesa. Entonces, se le ocurrió que, a lo mejor, si buscaba en una gruta que había conocido años atrás cerca de donde la familia tenía su casa de verano, y en la cual había encontrado fósiles de animales prehistóricos, si buscaba con más detalle, pensaba, también él encontraría utensilios troglodíticos a semejanza de los franceses.

Dicho y hecho, para su tierra que se fue y a la montaña que subió, y con su hija María de ocho años, en el verano de 1879, al prado de Altamira que se fueron de excursión. En la gruta, la niña decidió pasar el rato jugando por los recovecos de la cueva, candil en mano, mientras su padre se arrastraba por el suelo en busca de objetos dignos de una exposición.

Y, entonces, sucedió el acontecimiento que, de tanta emoción y alegre sorpresa, anunciaba inevitablemente la tragedia.

–¡Papá, mira, bueyes pintados!

Don Marcelino se acercó, primero incrédulo, y contempló el hallazgo de María. Luego, atónito… bisontes, caballos, jabalíes… ocres y rojos, tierra y sangre que habían transformado el techo de piedra de la cueva en un fresco incomparable a todo lo conocido. Pasmado… figuras de un realismo y una fuerza plástica tal que, según le pareció evidente a nuestro erudito, quien pintara aquello había contemplado con sus propios ojos aquellos animales extintos. Don Marcelino y su hija María eran los primeros seres humanos en la Historia que contemplaban el arte de la Prehistoria.

Sólo un pequeño gran problema: por aquellos tiempos, se consideraba que el hombre de la Edad de Piedra era un ser incapaz de algo que no fuera reventar a garrotazos a vecinos y fauna cercana; de modo que el descubrimiento iba a ser, efectivamente, el calvario de Sautuola, pues, en el momento en que acontecen los descubrimientos que han de cambiar un paradigma establecido, sucede, como se ha dicho, la tragedia.

Los humanos somos así, sobre todo cuando el homo sapiens tiene títulos académicos y ha hecho carrera en instituciones del copón y tal [N. del A.: la referencia a instituciones del copón y tal se reduce exclusivamente a la totalidad de las tierras hispano-ibéricas, para así evitar generalizaciones impropias y carentes de rigor].

Cuando encarta, suelta cosas bonitas, como que la ciencia es apertura de miras y conocimiento en evolución. Pero, cuando el conocimiento amenaza con evolucionar, pero evolucionar en plan serio, no con detalles ornamentales, evolucionar en plan “todo lo que pensabais está equivocado”, el humano con títulos académicos y carrera en instituciones del copón y tal se vuelve un pelín troglodita, según se concibe a los trogloditas en la cultura popular y, por ende, en ciertas instituciones del copón. Sus palabras en defensa de la cueva en que habita se reparten cual garrotazos ante la mirada divertida del clan de aspirantes a troglodita con título académico y carrera en instituciones del copón. Y tal.

Endogamia, nepotismo, soberbia y mediocridad lo llaman. O algo así… Quién sabe, igual eso ya no pasa… En su día, pasaba… Pero, en fin, sigamos con la historia…

Don Marcelino presentó su descubrimiento al mundo y, lejos de ser reconocido, se le puso a caer de un burro y, entre otras cosas, se le llamó mentiroso y falsificador. Un timo, vaya…

Murió en 1888, desacreditado por todos, salvo por algún amigo como fue el catedrático Juan Vilanova y Piera, y reconfortado por su hija María, la única persona en el mundo con quien pudo compartir la secreta alegría de haber conocido lo que todos habían elegido ignorar. La única que sabía de su dolor, pues ella misma había sido acusada de pintar los “bueyes” de Altamira.

Dos años antes, en 1886, se celebró una reunión en la Sociedad Española de Historia Natural para dejar las cosas claras en torno al asunto de Altamira. He, a continuación, algunos fragmentos de lo transcrito en su día. Para vergüenza –si es que acaso la tuvieran—de quienes, en su pretendida defensa del conocimiento, se valen del escarnio como instrumento con que hacer carrera en instituciones del copón.

Y tal.

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ACTAS DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA DE HISTORIA NATURAL

El Sr. D. Eugenio Lemus y Olmo dijo lo siguiente:

[…] Quisiera, señores, creer en la antigüedad prehistórica de las pinturas existentes en la cueva de Altamira de Santillana del Mar, porque soy del país donde se encuentra la pretendida maravilla.

Que el hombre de las cavernas eligiera la de Altamira para su residencia, nada tendría de particular, si la ciencia dice que existió el troglodita. No dudo que el Sr. Vilanova encontrara allí silex, punzones y otros objetos del hombre primitivo; pero pretender que las pinturas sean prehistóricas por que se hallen en la cueva, sería suponer obra del hombre primitivo una muestra de Iturzaeta que ocupara el lugar de las pinturas, porque no tienen ningún carácter del arte de la edad de piedra, ni de ninguna de las otras edades citadas en la sesión anterior: es la obra de un mediano discípulo del arte moderno que no sabe fingir ni conoce el prehistórico: parece que quisieron simular éste, pero con tan mal acierto y tanta torpeza, que se valieron del menos apto para ello. Si con más malicia se hubieran servido de uno de esos genios incultos que pasan su vida ilustrando las paredes de los cuerpos de guardia ó de otros edificios, sin consultar una mala estampeta ni ver otras manifestaciones del arte pictórico, se habria logrado en parte el engaño, porque si no  resultaba la obra con aquella brutal rudeza, y con el acento salvaje de la del hombre primitivo, estaría hecha de una manera tan bárbara y tan primitiva como pudiera hacerlo aquél.

Pero el inspirador de tan desdichado pensamiento no pensó en la coartada; no supo ó no entendió que el arte no es mudo, que se descubre como el anónimo por la letra cuando ésta no se sabe disfrazar. Aquello está hecho con la franqueza del amaneramiento propio, sin disimulo, de prisa, como quien cava sin mirar atrás con el deseo de concluir pronto, en muy malas condiciones: en otras mejores, el que pintó aquello sabe hacer más delante de un lienzo con la paleta, el tiento y pinceles, y quizá pase por una medianía en la especialidad á que se dedique, que no será por cierto pintar animales antediluvianos. 

[…]

Cita S. S. una gruta en que las figuras encontradas tienen las proporciones, pero serán unas proporciones que satisfagan las exigencias artísticas de algún prehistoriador; y éstas no se juzgan por un detalle. Si las figuras citadas por S. S. son verdaderamente prehistóricas, dudoso será que tengan las proporciones, porque estas condiciones aparecen en el desarrollo, en el progreso del arte, y desaparecen en su decadencia. La antigua civilización egipcia, en el apogeo del período menfita, intenta las proporciones en sus estatuas icónicas, olvidándolas completamente á la invasión de los hicsos, y aparecen en el renacimiento del nuevo imperio, imponiéndose los artistas un canon de proporciones.

[…]

Si no entré en las galerías de la cueva donde están las otras pinturas (de las que nada puedo decir porque no las he visto), fué porque me figuré que el que hizo las que yo vi no llevaría la tinta ó el humo tan escaso que no le alcanzase para pintar las restantes. Además, las que vi son las que publicó la Ilustración Española y Americana y las de la lámina más importante que acompaña á la Memoria del Sr. Sautuola, las mismas que el Sr. Vilanova nos enseñó en el Círculo de Bellas Artes, que por cierto no se asemejan á las de la cueva sino en el número, pues parece que estén dibujadas por referencia sin ver las de la cueva, y el que las litografió sabia menos que el pretendido Apeles prehistórico; así que he de hacer constar que no me refiero á esas desatinadas reproducciones, me refiero al original que está en la cueva. Si el texto es tan fiel como los dibujos es una memoria buena para olvidada.

[…]

El Sr. D. Ignacio Bolívar dijo lo siguiente:

«En mi juicio la cuestión, reviste dos aspectos; el científico y el artístico; y como en ninguno de ellos me considero competente, me limitaré á hacer algunas ligeras consideraciones sobre ambas, siquiera sea tan solo por corresponder á los deseos del Sr. Lemus. Examinada la cuestión bajo el punto de vista artístico, la considero resuelta en conformidad con lo expuesto por el distinguido artista Sr. Lemus, director de la calcografía nacional y juez competentísimo en estos asuntos, porque creo en efecto, que la perfección y proporciones de las figuras demuestran el dominio de las grandes líneas y el conocimiento de la perspectiva, cosas ambas que no pueden suponerse en un hombre salvaje; y siempre de acuerdo con el referido Sr. Lemus, me parece mejor dibujante el autor de las pinturas de la cueva de Altamira que el de la lámina litografiada que acompaña á la Memoria del Sr. Sautuola, que el Sr. Vilanova ha presentado á la Sociedad.

Por lo que respecta al segundo punto de vista, me permitiré llamar la atención de ésta acerca de un hecho muy significativo respecto al valor que naturalistas muy eminentes dan al descubrimiento del Sr. Sautuola; Cartailhac, en su reciente obra sobre las edades prehistóricas de España y Portugal, habla de los objetos encontrados en la cueva sin preocuparse de las pinturas de la bóveda ni siquiera mencionarlas […]

Cartailhac asegura que entre los restos fósiles hallados en la cueva no se encuentran huesos que correspondan á los bisontes representados, observación de grande importancia que ya habia tenido yo ocasión de hacer, cuando acompañado por el Sr. Quiroga examiné las colecciones reunidas por el señor marqués de Robledo en el mismo Santillana y que aquel señor nos mostró con exquisita amabilidad. Concluyo diciendo que en aquella ocasión visitamos otras muchas cuevas de los alrededores sobre el camino de Santiilana á Cóbreces, con la minuciosidad que requieren las investigaciones entomológicas, buscando al propio tiempo en las paredes y bóvedas señales ó indicios de pinturas análogas á las de la cueva de Altamira sin lograr descubrir nada que demostrara que el incógnito artista hubiese ejercitado fuera de aquella su actividad y destreza; bueno es que conste así como antecedente por si algún dia se descubren en ellas nuevas pinturas prehistóricas

[…]

—El Sr. D. Eduardo Reyes y Prósper dijo: 

[…]

Si la lámina que ilustra la Memoria no es representación fiel de los supuestos dibujos prehistóricos, entonces siento que se tenga aún por algunos un criterio tan erróneo de la sinceridad y exactitud de la ciencia. Cuando un dibujo responde á los conceptos de la fantasía y no al rigor que se exige en materias de tanta trascendencia para la antropología, debe desecharse, reservándole para ilustrar esos viajes estupendos ó cuentos prodigiosos que constituyen el encanto de los niños.» 

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