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Por Paloma Rodera , 8 abril, 2014

Parece que hay ocasiones en las que sólo queda el derecho al pataleo, bendito sea. Pero no dejo de sorprenderme, de quedarme ojiplática ante las cosas que ocurren aquí, en la ciudad que me ha visto nacer, crecer y que siempre que estoy lejos anda en mis pensamientos.

Hace unos días, después de la muerte de Suárez a modo de particularísimo homenaje vi documentales, entrevistas, el consabido 23-F, y un desfile de trocitos de la historia de la política y la vida española. Inevitablemente hay momentos para la reflexión, las charlas en la cocina con una mujer que ha vivido los cambios de una España que también la ha visto crecer, mi madre. Escucho con mucha antención una serie relatos, anécdotas, que me hacen comprender lo que se ha luchado por la consecución de una serie de derechos y libertades.

Mi generación, en cambio, ha nacido en la abundancia y la opulencia de una España que estaba embelesada con el plexiglass y el crecimiento infinito. La crisis parece haber hecho reflexionar, a algunos por necesidad, a otros por juicio, en los modos de vida, en las verdaderas necesidades, etc. A otros, por el contrario, les ha llevado a la descarada creencia de que pueden campar a sus anchas. Algo así ocurre en Madrid, en esta ciudad que tanto quiero. En muy poco tiempo parece que se van derrumbando los pequeños reductos de progreso, de los trabajos bien hechos por los que sentir orgullo y que parece que no valen nada si no se traducen en cifras o en enchufes mal puestos.

Y esto no es novedad, en absoluto, tan sólo es, como dice mi madre que vivimos en la era de la información y nos enteramos de más cosas. ¿Sabemos aprovecharla?

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