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Mac y su contratiempo, de Enrique Vila-Matas

Por José Luis Muñoz , 19 enero, 2018

No es descubrir nada nuevo decir que Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es una de las voces más originales de la literatura española actual, que el escritor, enfermo de literatura, escribe una y otra vez narraciones concéntricas que giran en torno a ella convirtiendo sus libros en artefactos de metaliteratura. Mac y su contratiempo podría ser hasta considerado un manual de escritura dirigido a escritores.

Hay una excusa narrativa en el libro que le sirve a EVM para montar su artefacto literario. El narrador, Mac, alter ego nada disimulado del propio EVM, juzga los relatos que un tal Sánchez le pasa, lo que le sirve para una teorización sobre la naturaleza de la literatura— …en literatura uno no empieza por tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ellos, sino que el proceso de escribir propiamente dicho es el que permite al autor descubrir lo que quiere decir. — Y el relato —A veces, un comienzo extraordinario perjudica al resto de un relato, porque siempre acaba ocurriendo que éste no puede estar todo el rato a la misma altura.

Enrique Vila-Matas, el gran maestro de la autoficción (Mac es él, y el barrio de El Coyote podría muy bien ser Gracia o el Guinardó) parece estarlo pasándolo en grande  mientras escribe su Mac y su contratiempo, y eso lo contagia al lector. Mac escribe un libro en forma de diario, en el que anota todo lo que le parece, que es una antinovela —…mi afán casi constante para que este diario no sea una novela— porque no progresa narrativamente al huir del planteamiento, nudo y desenlace por caducos. El autor de El mal de Montano habla una y otra vez del hecho literario, del vicio de escribir y su proceso reiterativo— Apoteosis, por tanto, de la repetición. Y letra escrita sobre letra escrita, a su vez escrita sobre otra letra también escrita, una enfermedad que, en su obsesión reiterativa, puede conducir el síndrome Jack Torrance, el escritor enloquecido de El resplandor. —…que me ha hecho pensar en la más conocida secuencia de El Resplandor, de Stanley Kubrick, aquella en la que confirmamos el desequilibrio mental de Jack Torrance. Es un momento de terror metafísico. Wendy se acerca para ver qué está escribiendo y descubre que su marido ha estado tecleando compulsivamente una frase hecha en la que se ha encallado y que repite de un modo insistente y perturbador.

Hay un cine literario que le marca. El de Jean Pierre Melville. Y referencias a una película mítica, Le samurái, aquí rebautizada como El silencio de un hombre, porque hay similitudes entre la soledad del escritor que lo acercan  al sicario que interpreta Alain Delon en ese estilizado film noir. —Y creo que eso se debe a que vi a finales de los años sesenta Le Samourai, un film de Jean Pierre Melville en el que un asesino a sueldo vive en la soledad más profunda. — También se asesina escribiendo, aunque no tenga consecuencias.

Hasta los pájaros parecen enfermos de literatura, buscan los libros: esa cotorra que entra en la casa de Mac y queda atrapada en un hueco inaccesible de su ingente biblioteca y puede causar un desastre si no consigue rescatarla—…ese pobre pájaro moriría, y sus restos empezarían a descomponerse extendiendo pronto su mal olor por toda la casa, generando gusanos que se desplegarían por el interior de los libros y terminarían por devorarlo todo, por engullir la historia entera de la literatura universal.

Habla también de lecturas, de las que le gustan más, Bernard Malamud, y menos, Philip Roth. —Hay ocasiones en las que no me gusta nada Roth. En cambio, Malamud despertó siempre mis simpatías de lector. —pero, sin embargo, y es extraño, nada de su colega y amigo personal Paul Auster; de los fracasos literarios, que también son vitales, que conducen a Ernest Hemingway hacia el cañón de su escopeta de caza del mismo modo que esa frase reiterativa y compulsiva conduce a Jack Torrance a la locura en El Resplandor. —Pero un día entero de trabajo no lo condujo a nada, no le salió ni una frase, sólo fue capaz de escribir: “Ya no, nunca más”. Hacía tiempo que lo sospechaba y ahora lo confirmaba. Estaba acabado. Perfumado de alcohol y de la mortal nicotina de su vida, decidió una mañana despertar a todo el mundo con sus disparos de divorciado de la vida y de la literatura.

La crisis está presente en sus frecuentes encuentros con vagabundos que Mac se encuentra en sus paseos por el barrio de El Coyote. —Decía Pessoa que unos gobiernan el mundo y otros son el mundo. El vagabundo, al que llamaré Harpo, pertenecía obviamente a esa segunda sección. —Harpo, como el hermano Marx, secundario de lujo en su falso diario que EVM va intercalando en sus páginas. —He hurgado en el bolsillo y he encontrado una moneda de dos euros, que inmediatamente le he dado. Harpo se la ha quedado en el acto. He vuelto a hurgar y he notado que me quedaban cinco monedas más pequeñas, se las he pasado todas de golpe. Pero esta segunda entrega la ha rechazado radicalmente; ha reaccionado como si yo fuera un vampiro y estuviera mostrándole una ristra de ajos.

El humor no falta en Mac y su contratiempo, siempre sutil y de aliento británico que caracteriza al autor y se ha convertido en seña de identidad de sus libros. Junto a párrafos que son un verdadero estrambote— Durante muchos años fue para mí un gran enigma que Soteras hubiera repetido Párvulos —la querencia por el humor absurdo se evidencia en varios pasajes del texto como en ese encuentro con un Boluda, que no es el Boluda, alumno de un colegio religioso que lleva buscando durante cuarenta años.

No es baladí el leit motiv del libro sobre la repetición,  ese volver una y otra vez sobre el mismo texto, trabajando las palabras, que es el oficio de escritor, su artesanía  —…porque a cada momento añoro más corregir con paciencia como hacía en casa y volver a escribir lo escrito por la mañana, pasarlo luego al ordenador y después imprimirlo y volverlo a leer en papel y volver a corregirlo en el folio y más tarde de nuevo en el ordenador, donde en esa etapa de la corrección me sentía ya como un pianista ante el piano: fiel a la partitura, pero con libertad para interpretarla.

Mac y su contratiempo es el libro más literario de ese mago de las palabras que es EVM. Trescientas páginas que deslumbran y parecen dirigidas a sus colegas, a los escritores más que a los lectores, y contienen un sinfín de confesiones personales. —…hay cuentos que se introducen en nuestras vidas y prosiguen su camino confundiéndose con ellas. — Vida y literatura se funden y confunden en Enrique Vila-Matas.

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