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Lupa y catalejo

Por José Luis Muñoz , 10 marzo, 2019

Arabia Saudí y Venezuela comparten en sus entrañas un bien muy preciado y codiciado: petróleo. De hecho el país caribeño y el árabe detentan dos de las mayores reservas de combustibles fósiles del mundo. Si para uno es una bendición, para el otro es una maldición. Curiosamente los dos importan casi todos los bienes de consumo y productos de primera necesidad que no producen. Arabia Saudita por razones obvias: no hay más que desierto. Venezuela por una desastrosa planificación económica completamente supeditada al petróleo. La bajada del precio del crudo y las sanciones económicas en forma de congelación de bienes que Venezuela tiene en el exterior, parecen apuntillar el régimen chavista, aunque Nicolás Maduro se resista a tirar la toalla.

Venezuela es un régimen autoritario, implantado por Hugo Chávez y heredado por Nicolás Maduro, al que muchos tildan de dictadura, y Arabia Saudita, una monarquía feudal y medieval en las antípodas de lo que se considera un estado democrático y avanzado que no reconoce derechos a sus súbditos. Con Venezuela hay una lupa permanente; a Arabia Saudita se la mira con catalejo.

Quisiera llamar la atención de cómo son tratados los opositores en un país y otro. En la “dictadura” de Maduro, Juan  Guaidó, el líder opositor, entra y sale del país, circula libremente por él, hace llamamientos a la sublevación militar, encabeza manifestaciones y se autoproclama presidente en la calle sin haber sido elegido. En Arabia Saudita, en donde no saben lo que es una urna, los opositores no tienen la misma suerte.

Siguen saliendo detalles escalofriantes del secuestro y brutal asesinato del periodista del New York Times Jamal Khashoggi en la embajada de Arabia Saudita en Ankara; asesinado y descuartizado por una banda de sicarios a las órdenes del príncipe heredero Mohamed bin Salmán, sus restos fueron incinerados en una casa próxima con excepción de la cabeza del infortunado periodista disidente. Traedme la cabeza de ese perro, dijo el que se considera a sí mismo modernizador (gracias a él las mujeres ya pueden conducir) de esa satrapía inmunda. Cabe imaginar que la cabeza embarcó en algún avión bajo valija diplomática y Mohamed bin Salmán estará en su jaima escupiendo a los ojos de su decapitado enemigo.

Tras las tibias protestas internacionales, y eso porque Turquía aireó el espantoso asesinato, no recuerdo que ningún país haya retirado sus embajadores, roto relaciones de cualquier tipo con el reino medieval (del que salieron, por cierto, casi todos los terroristas que atentaron contra las Torres Gemelas), se hayan congelado sus numerosísimos bienes en el extranjero, se hayan implementado sanciones económicas o se haya sometido al país a un férreo bloqueo exigiéndole el esclarecimiento, hasta las últimas consecuencias, de ese asesinato y el respeto de los derechos humanos que son conculcados a diario en la repulsiva satrapía.

Alguien me podrá decir: En Arabia Saudita no hay protestas. Claro, por supuesto, en las dictaduras nadie protesta. La suerte de Jamal Khashoggi puede hacerse extensiva a cualquier ciudadano del reino del desierto que encabeza un siniestro récord de amputaciones de miembros, decapitaciones y lapidaciones. Juan Guaidó conserva la cabeza sobre sus hombros y ese es un detalle importante que se olvida. Ah, y otro olvido, que es que los occidentales somos muy desmemoriados: Arabia Saudita bombardea a diario Yemen. Lo dicho: lupa y catalejo.

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