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«Lucy»: 100% Besson

Por Emilio Calle , 25 agosto, 2014

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Esta no ha debido ser una de las mejores semanas para Sylvester Stallone. Primero, y en su desesperado intento de seguir sacando rentabilidad a una saga ya tan agotada como “Los Mercenarios” (buscando incluir en el reparto a mujeres que también vivieron su gloria como heroínas de acción allá por los años ochenta y noventa), ha recibido la negativa tajante de Sigourney Weaver a participar en la cuarta entrega de su lucrosa farsa. Y ahora, cuando todo en la taquilla parecía a su favor después del sonado fracaso del estreno de la esperada secuela de “Sin City” (ni sus más fervorosos seguidores han ido a verla en su primer fin de semana, por lo que en la práctica ya está muerta), aparece otra mujer que se está llevando todos los laureles de recaudación, y jugando en ese territorio donde se da por sentado que sólo pueden participar los hombres duros. Su nombre, Lucy. Y ya pueden reunir a cuánto mito del cine de acción que se quiera, que ella está acabando con todos y con sus mismas armas.
Con este peculiarísimo film, regresa a las pantallas un director a la que la mayoría de críticos les molesta, porque no acaban de entender el entusiasmo que despiertan muchas de sus películas. Luc Besson ha vuelto, y sigue haciendo las cosas a su manera (por no hacer caso, ni a sí mismo se escucha cada vez que dice que abandona el cine, al menos en el papel de director). Y lo hace retomando su pasión por componer relatos violentos dentro de sabios cócteles donde remezcla y reinventa el cine de género, en los que la protagonista es una mujer. A Nikita, a Mathilda (la inesperada revelación argumental sobre la que articuló su bellísima “León, el profesional”) o la delirante Milla Jovovich en la no menos estrafalaria “El Quinto Elemento” (con la que también rodó su personal visión sobre la vida de una Juana de Arco que repartía mandoblazos que no dejaban títere con cabeza), Besson une a su particular «grupo salvaje» de mujeres a Lucy, nacida como las otras en el desarraigo, seres perdidos que una vez se reconviertan tras algún episodio que debería ser traumático, se transforman en personajes absolutamente fascinantes. Aunque, y es mejor añadirlo cuanto antes, sin restar mérito alguno al autor, lo que le da verdadera talla narrativa a la película es Scarlett Johansson, deslumbrante y despiadada desde el principio al final, mostrando una entrega y una lucidez que no logra ni asomarse en esos personajes de pega con los que le toca bregar últimamente ya sea como vengadora, como abofeteadora consorte del Capitán América o como alienígena en “Under the Sky”, donde llega a la tierra para descubrir que no hay un director ni un guionista que la arropen.
Besson no engaña a nadie. Nunca lo ha hecho, y es casi contrario a su estilo. Y en “Lucy” deja muy claro desde el principio lo artificioso de su propuesta. Aquí no hay preámbulos ni medias tintas. En apenas unos minutos, su protagonista pasa de no ser nadie a albergar en su interior de su cuerpo una bolsa que una peligrosa droga experimental (de quién o para qué, que se le pregunten al doctor McGuffin) y que deberá transportar como “mula” hacia un destino concreto al mismo tiempo que otros sujetos, igualmente cosidos y descosidos, deben llevan su propia bolsa a otros lugares. Nada reveló si digo que otro encontronazo con el destino (en este caso, una paliza propinada por un captor) hará que parte del contenido de esa droga se mezclé con su sangre lo que traerá una consecuencia que dejará el espectador sin las esperadas expectativas con las que se cuecen estos ejercicios de acción: mientras el resto de nosotros, aburridos mortales, nos limitamos a usar alrededor de un 10 % de nuestra capacidad cerebral (por ser optimistas, porque si uno mira lo que le rodea… ni eso), ella empezara a usar (en una progresión que es el diapasón de la película), el 20%, el 40%, el 60%… Y cada aumento conlleva transformaciones que logran que Lucy y Besson se salten todos los límites de la credibilidad. Como se suele decir: esperen lo inesperado. Y ese es el gran mérito de su director: la honestidad. No es una película profunda, no ahonda en complejidades, no oculta su condición de gran divertimento. Va saltando de género en género con absoluta despreocupación, e incluso me atrevería a decir que en no pocas ocasiones provocadora, sabedor Besson de que los puristas y los aliados de la verosimilitud, terminarán tirándose de los pelos. Muchas de sus secuencias están concebidas como pequeños segmentos con identidad propia, sin importar que las aguas se vuelvan más revueltas, pues con ello logra rodar lo que le apetece tal y como le apetece. Es tan gamberro como pretencioso. Tan absurdo como brillante en ocasiones. Tan pronto parece ponerse sentimental como aprovecha precisamente ese momento para que la gente empiece a quedarse pegada en el techo. “Lucy” está más cerca de “Kamikaze 1999” (su segunda película, la que le convirtió en una revelación en los festivales de cine fantástico, que ya reconocieron en él a un autor que se negaba a ser clasificado) que de sus dos anteriores obras (“The lady” y “Malavita”). Por supuesto que hay un científico (Morgan Freeman, ni más ni menos), a veces se pisa el terreno de la ficción especulativa, hay que manejar datos. Pero en este desvarío se limita únicamente a dar una pequeña charla en la que se encarga de aclarar que no sabe nada de nada, y a permanecer estupefacto, como los demás, ante el aluvión de ideas con las que Besson nos enseña qué pasa cuando aumenta la capacidad cerebral de una chica que no parecía tener mucho cerebro. Así, hasta que alcance el 100%.
Ni que decir tiene que su final será muy criticado. Le acusarán de que quiere llegar muy lejos en sus ambiciones, partiendo de un ejercicio vocacionalmente lúdico. Pero el desenlace no es ni más ni menos chocante, ni más o menos coherente o carente de fundamento que el resto del metraje. No desentona, porque no hay tono preciso, la narración únicamente gira en su capacidad para seducir al espectador. Y allí donde Besson desbarra, está la increíble Scarlett Johansson para que Lucy vuelva a robarnos la atención.
Luc Besson vuelve a demostrar que es un maravilloso director, junto a Jean-Jacques Annaud (autor especializado en llevar a la pantalla proyectos imposibles sobre el papel, como “El oso”, “El nombre de la rosa” o “La guerra del fuego), es capaz de enfrentarse a los modelos narrativos que marcan los grandes estudios de Hollywood, y demostrar que otra manera de hacer cine comercial es posible.
En cierta secuencia, Lucy llama a su madre, y le confiesa que puede sentirlo todo, desde la rotación de la tierra hasta el calor que escapa de su cuerpo en el helado quirófano donde se encuentra, y compartir con ella, rota por el amor que siente en ese mismísimo instante, sus memorias de cuando era una recién nacida porque puede recordar el sabor de la leche con la que la alimentaba, y ahora es capaz de volver a sentir en su piel los besos que le daba con apenas minutos de vida.
Ese momento, encerrado en un sobrecogedor plano sobre el rostro de Scarlett Johansson, es el sello Besson. Puede que no esté contando más que tonterías. Pero sabe muy bien cómo contarlas. Y a la larga, emociona. Y convence.


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