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Los principios de un huerto

Por Oscar M. Prieto , 30 abril, 2020

Hay días en que uno también necesita descansar de las palabras y casi estoy seguro de que las palabras agradecen descansar de uno. Cuando esto sucede, cambio las palabras por imágenes, pienso con ellas. Es un juego divertido. Por ejemplo, si me viene la imagen del huerto de mi padre, sin una sola hierba y con los surcos rectos, pienso en un mundo ordenado y bien regido. Si veo la imagen de las zanahorias ya brotadas asomando, pienso en un niño bien peinado, que huele a colonia. Y viendo la cara de mi hijo el domingo cuando salió de casa, no necesito siquiera pensar sobre qué es la felicidad, pues la tengo delante Gracias por salir, gracias por salir. Gritaba agradecido, feliz.

Hoy, cuando el mundo está patas arriba y el caos parece que va ganando al orden, me tonifica el ánimo la imagen de un huerto, una imagen no carente de sonidos -canta un mirlo- ni de tiempo ni de olores. Imaginando un huerto, pienso que si volviera a nacer tendría un huerto y ya, porque de él aprendería prácticamente todo lo importante. No hay conocimientos más valiosos que aquellos que traen luz a la relación con uno mismo, con la naturaleza y con los otros. Todos ellos te los puede revelar un huerto, si tienes paciencia y dedicación.

Trabajando un huerto aplicadamente, podría aprender, por ejemplo, si necesidad de leer a Ulpiano en el Digesto, que “los principios generales del Derecho son estos: vivir honestamente, no hacer daño a otro, dar a cada uno lo suyo”. Es más, apostaría a que estos son los principios generales de un huerto, que Ulpiano tenía uno, los descubrió cerca de las lechugas y los derivó después hacia el Derecho. No lo culpo por ello.

Cultivar un huerto exige al hortelano honestidad, es decir, buena fe en su contrato con la tierra, en el acuerdo al que han llegado según las leyes naturales: yo te doy mi trabajo, mi respeto y tú me das tus frutos. Este simple principio bastaría para el huerto y también para la sociedad toda, pues de él se derivan los siguientes. No hagas daño al otro: no dañes la tierra con venenos, no dañes las plantas, no les exijas lo que no pueden dar. Da a cada uno lo suyo: recibe lo que te corresponde, lo que necesites, no acumules lo demás, compártelo. Ni siquiera nos harían falta leyes. Si volviera a nacer.

Salud.

www.oscarmprieto.com

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