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“Los odiosos ocho”. ¡Queremos tanto a Quentin! (sin spoilers)

Por Emilio Calle , 14 enero, 2016

Al final de “Malditos Bastardos”, Brad Pitt, por boca de su personaje Aldo “el Apache”, y tras tatuar una esvástica en la frente de Christopher Waltz, exclamaba mirando a cámara (en un plano identificativo de la casa tarantiniana): “creo que esta podría ser mi obra maestra”. La humorada adquiría un raro carácter confesional, una especie de mensaje directo de Tarantino a sus fieles, una pirueta más en un director que lo intenta todo porque se divierte con ello. Debe haber muy pocos autores que compartan su entusiasmo y su amor por el cine de una manera tan directa. Pero aquellos que seguimos con muchísima atención su trabajo, sabíamos que esa sentencia era un apunte de ocasión.  Se lo había pasado en grande y lo proclamaba. Luego llegaría “Django” (que podía estar plagada de digresiones y salidas de tono, pero que ofrecía un retrato bastante más clarificador sobre la esclavitud que lo que aportaba por esa misma época la glorificada “Doce años de esclavitud”). Y ahora se estrena “Los odiosos ocho”. Y con todas ella confirma algo. No hay un mejor Tarantino (las discusiones al respecto son alimento de esterilidad y convocación de bostezos). Él es su obra maestra. La mejor creación de Tarantino se llama Tarantino.
“Los odiosos ochos” han llegado para demostrarlo.
Aquí no hay ni una sola concesión a nada que no remita a lo que son sus incuestionables virtudes como cineasta. Para filmar la historia de estos ocho personajes que terminan aislados en un albergue a causa de un temporal de nieve, Tarantino despliega todo su arsenal como cineasta: una escritura asombrosa, subversiva, sujeta a sus propias reglas sin importar irreverencias, sacando tesoros de lo que parecen intrascendencias, un duelo verbal tras otro, capaz de llevar hasta extremos insospechados lo que no aparenta revestir importancia, pasando de lo divertido a lo terrible, y de vuelta a lo divertido sin fisura alguna o estridencia; una dirección de actores que ya desde el primer título de su filmografía ha sido garantía y prueba de la obsesiva y generosa dedicación que Tarantino le entrega a aquellos que interpretan a sus personajes, algunos escritos expresamente para y hasta junto a ellos; un dominio de los tiempos narrativos que hace imposible predecir dónde saltará el gag (algunos, por supuesto, memorables), cómo o por qué irán detonando los conflictos, cuál será el siguiente género con el que Tarantino flirteará sin abandonar su respeto casi sagrado por los territorios imaginativos del western; un uso siempre perfecto de la banda sonora (y no sólo la musical), que en esta ocasión nos trae la primera composición expresamente creada para sus películas, y Morricone es el encargado, y el encuentro entre ambos maestros en sacar la máxima expresividad con los mínimos elementos, nos deja una partitura tan heterodoxa como suele ser privativo de ambos genios, un trabajo breve y perfecto; un uso insospechado del formato 70 milímetros (que se suponía nacido para filmar grandes espacios abiertos, no chozas en mitad de la nada), que aprovecha para, paradójicamente, disipar cualquier efecto de teatralidad al lograr con la planificación romper la supuesta cuarta pared para alzarla justo detrás del espectador, que se sentirá dentro del refugio, teniendo siempre referencias visuales en el mismo plano de todo cuanto ocurre (y aunque no se vean, uno puede saber dónde están los demás personajes y qué es lo que hacen), casi un ejercicio en tres dimensiones y sin necesidad de usar las dichosas gafitas.
Todo esto y mucho más de nuevo alzándose desde la sencillez más absoluta. Ocho arquetipos propios del western (un solitario y silencioso vaquero, un fugitivo, caza recompensas, un sheriff, un verdugo…) son puestos en jaque por el director, no tanto en un ejercicio de suspense (las semejanzas que se proclaman sobre sus supuestos aires a un relato de Agatha Christie son, cuanto menos, arbitrarias) como en la exploración de la cantidad de hostilidad que se desatará a medida que cada uno narre su historia. Es en el cruce de esas biografías rotas por la vida y por la historia donde la violencia ejercerá de juez para resolver los múltiples conflictos que se van generando a medida que asfixia el aislamiento. Y aunque es probable que algunas de los sangrientos desmanes que en un tramo de la película detonan, con más casquería que puntería, hagan menos poderoso todo el armazón previo de esta película de un dureza inesperada (el desenlace final no es trago fácil, y Tarantino no titubea), son parte de la fiereza y la fidelidad de un director que huye de manera muy consciente las clasificaciones. Porque pese a esas alocadas digresiones, el relato es escalofriante. Punto por punto. Y la reflexión de lo que supone vivir lleno de odio (y esta es una sociedad tan rota y dividida, en la que tampoco cabe el perdón, como la que filma Tarantino) no es ni de lejos lo gratuita o intrascendente que se pueda llegar a creer.
En “Los odiosos ocho”, como sí ocurría en “Malditos bastardos”, ningún personaje se encarga de certificar que esta es otra película de singularidad incontestable. Porque ahí radica lo excepcional de este autor. Cuando uno termina de ver una película de Tarantino siempre te regala la sensación de que su mejor obra aún está por llegar porque lleva mucho y muy buen cine dentro…

…. y que será un placer esperar.

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