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Los Mercados

Por Carlos Almira , 29 Diciembre, 2014

Quienes tienen (o creen tener) su vida resuelta, pueden permitirse el lujo de no analizar el presente. La Historia, para ellos, es la amenaza permanente del cambio. Nadie puede pararla, pero sólo en este sentido, el de constituir una amenaza permanente al status quo, la Historia y, en general, el análisis de lo que pasa (de lo que nos pasa) interesa a los que tienen o creen tener su vida resuelta.
Sin embargo, quienes dependemos de nuestro trabajo, y no del trabajo de los otros, para vivir, estamos obligados a intentar comprender lo que ocurre, mejor o peor, con todas nuestras limitaciones. En este sentido, tenemos una ventaja de partida con los de arriba (el que no se consuela es porque no quiere): estamos abocados a ser animales racionales. Nuestro destino social nos aboca a realizar esta parte de nuestra humanidad que otros no necesitan con tanta urgencia. Los de abajo (y los de en medio) sólo contamos con la fuerza de la Razón frente a la Razón de la Fuerza, que basta a los de arriba.
Hoy vivimos, nos dicen, bajo el imperativo de los “Mercados”. Por ellos hemos de recortar nuestros gastos sociales, nuestros salarios, pensiones, derechos, inversiones productivas. A ellos, en suma, hemos de sacrificar nuestro futuro y el de nuestros hijos y nietos. Frente a esta situación, nueva en Europa, visible desde 2007/2008, es lógico que una parte de la sociedad se revuelva y clame de indignación. Es lógico, pero no suficiente. Como es normal criticar en bloque el Capitalismo, pero no suficiente, en la medida en que esta reacción, justa en el plano emotivo, inmediato, no nos desvela la realidad que tenemos delante y que ciertamente, amenaza con arrollarnos y destruirnos. Y nos urge conocer cuanto antes, más y mejor esa realidad, precisamente porque nos amenaza. De lo contrario, corremos el riesgo de luchar contra un fantasma mientras el ser real nos destruye.City de Londres
¿Qué son los Mercados? ¿Qué es el Capitalismo? Los Mercados y el Capitalismo son nombres genéricos que damos a hechos muy reales y concretos. Lo mejor es intentar definir sucintamente estos hechos. Puesto que cuando los medios y la clase política hablan de los Mercados tienen en mente algo mucho más real que cualquier teoría o definición. Sin embargo, es preciso definir siquiera sea sucintamente antes de intentar comprender esas fuerzas que hoy marcan el paso a toda Europa, al mundo entero.
El sistema basado en la propiedad privada de capital, el trabajo asalariado, y el intercambio de mercancías, que por simplificar podemos identificar con el Capitalismo, es como saben los lectores, casi tan antiguo como la actividad económica humana. Mercaderes, dinero, empleados, los ha habido desde el final de la Prehistoria. Con todo, no es esto lo que nos interesa subrayar aquí, sino lo siguiente: el Capitalismo definido en un sentido amplio, no fue el orden central de la sociedad al menos hasta la Primera Industrialización. Hasta que la lógica inherente a él, del beneficio y la explotación, no penetró en la producción misma, más allá del comercio y el tráfico de dinero, en la agricultura y en la industria, el Capitalismo vivió siempre en el margen de la sociedad. Y así podía haber seguido de no mediar otros factores, en los que tampoco podemos profundizar aquí.
Hubo un momento, en el siglo XIX, en que la mayoría de los capitalistas (los propietarios del capital en sus distintas formas) eran, a la vez, los empresarios: la época dorada, pionera, del capitalismo industrial, en que predominó la empresa familiar, antes de que la acumulación y el crecimiento del propio capital de las empresas hiciese, para las más grandes corporaciones, prácticamente inasumible la unión de propiedad y gestión familiar de la empresa (desde finales del siglo XIX).
Entonces, en los sectores industriales y energéticos punteros, como en la Banca, se fue imponiendo un modelo nuevo de Capitalismo: el Capitalismo de los Gerentes, o gerencial. Éste ya no se apoyaba en la unión física y jurídica, bajo la institución familiar, del dueño del capital y el empresario, sino en su disociación radical, gracias sobre todo a la fórmula de la Sociedad Anónima que permitía, por la enorme fragmentación y dispersión de los propietarios de las acciones del Capital de la Empresa, dirigir ésta por empresarios contratados (y a la vez, vinculados a la firma como propietarios de carteras de acciones). Esta fase del capitalismo Gerencial como fórmula de organización predominante, según algunos autores, acabó en los años 1970/80, por causas en las que tampoco podemos entrar aquí.
Lo que ocurrió en las dos últimas décadas del siglo pasado fue lo siguiente: los grandes Bancos, Compañías de Seguros, Fondos de Inversión, etcétera, empezaron a captar ahorros, fondos de pensiones, seguros, etcétera, a intereses cada vez más elevados, algo que sólo podían garantizar invirtiéndolos en paquetes de acciones y otros valores negociables en Bolsa. Así, los accionistas dispersos que permitían a su pesar, a los grandes gestores manejar las empresas a su antojo (por ejemplo, reinvirtiendo una parte importante de los beneficios anuales, en detrimento del reparto de dividendos, porque en última instancia el poder de los gerentes también dependía de que la empresa marchase bien en el mercado), fueron dando paso a estos poseedores institucionales de carteras de acciones, cada vez más concentradas y volátiles, cuyo poder no tardó en hacerse valer.
Hay una diferencia muy importante entre estos nuevos “dueños” de las empresas y los antiguos gerentes: los primeros no vinculan su negocio a la marcha real de la empresa sino a la satisfacción de los intereses y beneficios anuales de su cartera de clientes, que de otra forma se va a la competencia, y sobre la que ellos disponen como gestores. En una palabra, prefieren repartir beneficios anuales como dividendos/intereses del Capital, a los titulares de sus respectivas carteras, a reinvertirlos, por ejemplo en mejorar la posición de la empresa en el mercado, modernizar sus técnicas de producción, venta, diseño, etcétera. Es decir, la suerte de las empresas que controlan los Capitalistas Especuladores les importa sólo en esa medida (a diferencia de lo que ocurría con los capitalistas dueños de la empresa familiar, o con los capitalistas gerentes de la fase posterior, para quienes el éxito a largo plazo de la Empresa era lo fundamental). Esta fase del Capitalismo de Casino es la que actualmente predomina, y a ella se refieren los grandes medios de comunicación y los políticos cuando hablan de los Mercados.
Para decirlo con una metáfora, es como si todo el orden económico y social actual estuviese en manos de una banda de sicópatas. Pero no siempre fue así.
Hay otra cosa importante: ni el capitalismo de empresa familiar ni el capitalismo gerencial han desaparecido; sólo han ido perdiendo su posición dominante. El primero, sigue siendo abrumador, si no en volumen de negocio y en capacidad de influencia, sí en número de empresas (por ejemplo, en las PYME). Pero no es a la empresa familiar a la que se hace alusión, desde luego, cuando se habla de los “Mercados”. En cuanto al capitalismo gerencial, pervive por ejemplo en la Empresa Pública y en algunos sectores donde los tiburones de las carteras de inversión aún no han recalado. Por cierto: como en estos fondos de inversión también son importantes los bonos y las obligaciones de Deuda Pública de los Estados, resulta que la soberanía, y aun la política del día a día de estos últimos, como las decisiones de los gerentes de Empresas, también ha caído bajo la férula de los Mercados. En sus manos estamos pues, todos.
Ningún Estado, como ninguna Empresa o Banco, por grande y poderoso que sea, puede desoír hoy por hoy, este poder de los Mercados. Con el agravante de que a estos especuladores, a diferencia de los capitalistas de viejo cuño, familiares o gestores de las empresas, o de los antiguos administradores públicos de los Estados (que no de la actual clase política mercenaria), la suerte de las Empresas y los Estados les es indiferente, de tal modo que están en todo momento listos para despedazar, vender, comprar, repartir, etcétera, empresas y países enteros.,
Seguramente las dos fases anteriores contenían ya en potencia, como una semilla, la actual, del Capitalismo de Casino. Saber esto, sin embargo, no nos sirve de mucho por sí solo. Lo importante, lo que una clase política nueva, verdaderamente democrática, debería ir preparando ya es el rescate no de sus Bancos sino de sus ciudadanos de los Mercados, que amenazan con destruir el propio Capitalismo como orden global. A la Historia le gusta la Ironía.

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