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Los cojonazos del rey Shaka

Por Víctor F Correas , 22 septiembre, 2015

Hoy hace ciento ochenta y siete años falleció Shaka, el rey zulú. Le dieron matarile sus hermanos, lo cual tampoco es raro.

El rey zulú Shaka.

El rey zulú Shaka.

La historia está llena de casos parecidos, de hermanos que se suceden en el trono tras un quítame allá este puñal en la espalda y similares. Lo normal. Manda el poder, el ansia viva de poseerlo. Shaka dejó como herencia un imperio consolidado y fuerte. Tanto, que sobrevivió a su muerte y unos cuantos años más, algo así como cincuenta y uno. ¿Dónde está la gracia del asunto? En que Shaka murió sin descendencia. Tampoco es raro, dirá alguno. Ni el primero ni el último al que le pasó algo parecido. El pequeño detalle que he obviado hasta ahora es que Shaka poseía un harén compuesto por cerca de mil doscientas mujeres. Ojo a la cifra, que a alguno sólo de pensarlo le puede dar una miaja de apechusque: mil doscientas mujeres. ¿Las tendría de florero, leería poesías a sus preferidas todas las noches antes de acostarse –ojo, que no sería el primero en hacerlo-, o les diseccionaría los movimientos tácticos para envolver al enemigo antes de cada batallita? Mil doscientas mujeres. Y Shaka murió sin dejar descendencia en este valle de lágrimas. Torero.

Veintidós de septiembre. Día con marcha. Hace treinta y cinco años, tal que hoy, a Sadam Hussein le dio por invadir a su vecino Irán. Con esas le iban a ir al Ayatolá Jomeini, líder espiritual de la revolución iraní, que rechazó de inmediato los primeros avances. Y así estuvieron dos años hasta que Irak se retiró del país vecino de manera voluntaria buscando un acuerdo de paz. A Jomeini lo del acuerdo se la traía al pairo y le siguió dando leña al manzano, o sea, a Irak, hasta que en 1988 Hussein aceptó el cese de hostilidades. Luego vino lo de Kuwait, el cormorán embadurnado de petróleo, las armas de destrucción masiva y aquello de ‘estamos trabajando en ello’. Cosas de la historia.
Más historia. Hoy hace ciento cincuenta y tres años, el presidente Lincoln emitió la Proclamación de Emancipación, que emanciparía a los esclavos que vivían en territorios rebeldes, esto es, los que formaban parte de la Confederación –huelga decir que EE.UU. estaba en guerra civil-, así como en los territorios confederados ocupados por el ejército de la Unión o en aquel estado que decidiera regresar a la Unión antes del uno de enero de 1863. En resumidas cuentas, la proclama se puede considerar como precedente de la abolición de la esclavitud. Dos años después, Lincoln apoyó una Enmienda Constitucional para abolirla y que, finalmente, fue aprobada a finales de 1865 sin que la pudiera ver hecha realidad. Ocho meses antes, John Wilkes Booth decidió que quería entrar en la historia y le pegó un tiro en la cabeza. Lincoln murió al día siguiente del atentado.
Y un nacimiento para acabar la jornada. Tal que hoy hace cuatrocientos catorce años vino a este valle de lágrimas Ana de Austria. Vallisoletana de nacimiento e hija de Felipe III, su currículum –cosas de la época- es de solera: esposa de Luis XIII, rey de Francia, y madre del Luis XIV, el ‘Rey Sol’, amante del cardenal Mazarino y muy amada por otro cardenal, Armand Jean du Plessis, que dejaremos en Richelieu para no liarla más.
Sed buenos, si podéis.

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