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LO QUE LE PUEDE PASAR A PABLO IGLESIAS (O NO)

Por Alfonso Vila , 12 Junio, 2014

 

 

Hace muy poco, leí en el Babelia estas palabras:

“Voy a ser un político diferente. Voy a cambiar las reglas”.

Pues no. Lo intentó. Pero no pudo.

Así empezaba la reseña al libro “Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política”, escrito por el profesor y ex político canadiense Michael Ignatieff.

Y parece que los del suplemento cultural de El País y los de la editorial Taurus se han puesto de acuerdo (parece, pero no) para sacar este libro justo ahora. Porque no puede ser mejor aviso para navegantes que este faro que alumbra sobre uno de los grandes peligros de toda nueva horda de bárbaros: querer cambiarlo todo pero no cambiar nada. Y morir quemados en el intento. Aunque esto no es nada nuevo. A Vargas Llosa le pasó lo mismo. Y a otros muchos antes que él. Hay profesionales de la política y hay políticos por vocación y por generación espontánea, y estos últimos no suelen sobrevivir a la evolución de la especie, para decirlo claro.

Pero ese es sólo un peligro: entrar como un ciclón y salir como una brisa veraniega. El otro peligro habitual en estos casos es justo lo contrario: entrar como un ciclón y quedarse en la butaca, hacerse el dueño del palacio y vivir a lo grande, al menos hasta que llegue el próximo ciclón… Esto es, “apalancarse”, por llamar las cosas por su nombre. Ese peligro es un peligro más lento, más silencioso, pero igual de destructor. La historia nos proporciona muchos ejemplos. Héroes populares que acaban como consumados dictadores y todo eso. No voy a dar nombres porque no viene al caso, pero bastará con decir que este país, esto es España (al menos creo que este sigue siendo mi país, creo, digo yo, aunque no sé, va y a lo mejor me llevo una sorpresa el día menos pensado…) Pero a lo que vamos, en este país, yo recuerdo, recién inaugurada nuestra democracia (sí eso que aún tenemos, según parece), llegaron unos bárbaros vestidos con pantalones y americanas de pana (y encima con coderas de ante o de cuero, o vete tú a saber…) y fumando poros y divorciándose y ajuntándose y diciendo que iban a dejar el país tan cambiado que no lo iba a reconocer ni la madre que lo parió y asustando, en una palabra, a las buenas gentes civilizadas y luego, pasados unos años… ¿qué os parece que pasó? ¿a qué es fácil de adivinar? Sí, esos ahora son parte de la casta contra la que braman los nuevos bárbaros (y dicho sea de paso, con toda la razón del mundo).

Pero como a mí me gusta la historia, para demostrar que no hay nada nuevo bajo el sol voy a hablar de Alarico y sus guerreros, que entraron a saco en Roma en el 409 (y nunca mejor dicho lo de “a saco”) y parecía que llegaba el fin del mundo. Y mira tú por donde 10 años después estaban firmando un pacto con el emperador para convertirse en mercenarios suyos, y mira tú por donde 50 años después ellos eran los nuevos emperadores, no de todo el imperio y no con el mismo nombre, pero sin cambiar nada y más aún, sosteniendo el mundo romano con sus propias armas, su propia administración y su propia estructura social y económica, que no sustituyó para nada a la romana, sólo la aderezó un poco y la adaptó a los nuevos tiempos. Y las buenas gentes de entonces se acostumbraron pronto a los nuevos bárbaros, que se acabaron mezclando con las buenas gentes romanas, creando una ley igual para todos (código de Recesvinto) y adoptando la misma religión (con la conversión de Recaredo). Y al final todos vestían igual, hablaban igual, se comportaban igual y pensaban igual… Y ahí estuvieron hasta que llegó otra nueva horda de bárbaros y pasó lo que pasa siempre, o el sistema te asimila o el sistema te vomita, pero mientras el sistema aguante la primera embestida, tú no tienes nada que hacer.

Y esas son las dos opciones que en mi humilde opinión tiene delante de si Pablo Iglesias. Claro que las estadísticas no siempre se cumplen, y a la historia también le gusta jugar al despiste de vez en cuando. Y a veces surge la tercera opción, y el susto pasajero da lugar a algo mucho más grave. A veces viene un tipo decidido y dice “Venga, todos vosotros, quitaos de en medio, que aquí estoy yo y he venido para quedarme” Y mira tú por donde, a veces va y se sale con la suya…

¿Ejemplos? Ah sí, los ejemplos nunca vienen mal. “Ayer, Lenin fracasó rotundamente ante el Soviet. Se vio obligado a abandonar la estancia entre grandes abucheos. Se ha hundido para siempre”, estas palabras tan preclaras las escribió Miliukov, ministro de Exteriores del Gobierno provisional ruso nombrado tras la revolución de febrero del 17. Y no, no estaba loco, en ese momento se podía pensar que Lenin efectivamente estaba acabado. Que había querido volar muy alto y se había estrellado. Pero en los meses siguientes la situación cambió tan radicalmente que fue Miliukov el que estuvo acabado y bien acabado mientras Lenin no hacía más que subir y subir y subir más rápido y más alto de lo que cualquiera hubiera imaginado. Y cuando digo “cualquiera” no me refiero sólo a defensores de la revolución burguesa (el partido “Kadet”), o los poquísimos monárquicos que quedaban, sino también a sus propios compañeros revolucionarios: los mencheviques de Plejanov y los eseritas. A esos también los apartó sin contemplaciones. Y no, eso no estaba previsto. Y si no me creen léanse las memorias de Kerensky, que, pese a ser de los más inteligentes y capacitados del momento, ni supo ver lo que se le venía encima ni pudo hacer nada por evitarlo.

Así que Pablo, no sé que es mejor, si te temen estupendo, pero si te ignoraban o menosprecian, también estupendo. Tú a lo tuyo y sin desfallecer, que la historia da muchas vueltas pero al final siempre resulta que el peor enemigo es uno mismo. De momento la partida acaba de empezar. Va a ser confusa. Y larga. Muy larga…

Pero cuando el aire está tan viciado, no hay más remedio que abrir las ventanas.

 

 

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