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Literatura, filosofía contra el falso mundo nuevo

Por Eduardo Zeind Palafox , 30 octubre, 2016

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Por Eduardo Zeind Palafox

La lengua, dicen los académicos, que son contempladores del léxico, es un “maravilloso artificio” (Nueva gramática, XLI). Es labor artística porque crea “mundos nuevos”, según un poema de Huidobro, y es maravilla porque muestra a los sentidos y al entendimiento lo que por sí mismos no pueden captar, pues son constantemente embotados por las “preocupaciones de la vida” (Lucas 21: 34), como nos advierte Jesús.

Dicho “maravilloso artificio” es también un “sistema lingüístico” (Nueva gramática, XLII), un mundo, una estructura filosófica. Con las palabras comprendemos el sentido de las cosas. Usándolas mal caemos en el sinsentido. Sin sistemas, sin orden, cualquiera se atreve a decir cualquier necedad, a llenar los oídos del prójimo con términos vacíos, o en palabras de Kant, de conceptos sin objeto.

El “sistema lingüístico” de la lengua es abigarrado, un gran nudo que sólo podemos comprender echando mano de la gramática, que es la “descripción exhaustiva del idioma” (ibídem). Describir es registrar minuciosamente con palabras las cualidades, significados y usos de un objeto. Hay cualidades visibles u ostensibles, invisibles y borrosas (Kant, 241).

Cada persona, agrupación social, pueblo, percibe distintas cualidades de las cosas del mundo, es decir, estructura la lengua según sus necesidades psicológicas, climáticas y espirituales. Los pueblos más religiosos, tal vez, gusten de la sintaxis poética, y los industriosos de la prosaica. La misión de la lengua es el significar estimando, el emitir juicios y conceptos sobre los objetos.

Hablar, comunicarnos, es explicar entidades aisladas, como libros, flores o zapatos, y también crear conceptos para que nuestros oyentes intuyan nuestros sentimientos, y además es pintar con letras ambientes políticos, económicos, etc. Todo esto lo comunicamos escribiendo, formal, coloquial u oralmente (Nueva gramática, XLIII), esto es, con claridad pocas veces y confundidos casi siempre.

La sociedad que nos humanizó cuando aterrizamos en el mundo nos ofrece dos modos de decir o de hablar: el literario, estilizado, y el dialectal, grosero. Con uno podemos enunciar altas meditaciones y declarar pasiones ingentes, como las de Ortega o las de Unamuno, y con el otro referirnos a lo fugaz o temporal, como lo hace Sancho Panza al proferir proverbiales sandeces. Últimamente, vemos, la gente ha empezado a despreciar el decir literario, problema que está acarreando desastres sociales.

En la actualidad vivimos invadidos por la información. Se multiplica la gente, las cosas, los hechos históricos, o por mejor decir, las noticias, las cualidades del mundo. Podríamos entenderlo todo si poseyésemos una palabra precisa para etiquetar cada cualidad o entidad, prodigio o accidente. Pero eso es imposible. Es menester, parece, además de esgrimir el léxico a la mano, usar notaciones varias, como las pictóricas, musicales, icónicas, zoológicas, etc. Importa, ante tal escenario, preguntar si realmente pensamos al usar más símbolos y onomatopeyas que palabras morfológicamente eficaces.

Pensar es señalar causas y efectos, distinguir sujetos y predicados y sintetizar y analizar tomando consciencia de los procesos de nuestro entendimiento. Discurrir, por ejemplo, mediante símbolos o señales, cifras o sonidos, no es pensar, sino contar cuentos, mitos, y no “apresar el ser” (Heidegger, 49), como ha enseñado Heidegger. El habla estilizado, literario, poético, capaz de “forzar las estructuras gramaticales” (Nueva gramática, XLIII) que sostienen a medias los significados sincrónicos y alegóricos de todo signo, nos permite captar la realidad y evitar el engaño de la excesiva información.

Recordemos cuáles son las estofas de la lengua española y luego meditemos si sus virtudes pueden sustituirse con las cuasi simbologías que la tecnología moderna nos regala. Haciéndolo distinguiremos el conocimiento “a priori”, puro, bien ligado a las categorías intelectuales universales y necesario para preservar la conciencia, y el conocimiento “a posteriori”, empírico, que sin crítica causa extravagancias mentales, como el esoterismo y la magia, y el escepticismo oneroso.

Prologando el Cancionero español nos dice Dámaso Alonso que la literatura española se originó en los terrenos de lo cotidiano, de lo lírico, y que después se estableció en las alturas de la épica (Alonso, 11). Asevera que Góngora representa la parte culta, conceptuosa, abstracta de nuestra lengua, mientras que Lope de Vega representa el enlace entre el drama medieval y el moderno y Bécquer la faceta lírica, subjetiva de nuestro precioso instrumento léxico (9-10).

Bécquer, de arte subjetivo, hecho para goce del interior, mejora, de acuerdo con la filosofía de Kant, el concepto de “tiempo”, la autoconciencia. Góngora, urdiendo precisas tergiversaciones, aumenta nuestro entendimiento, las posibilidades de nuevas experiencias, que son mistura de intuiciones y conceptos. Lope de Vega, uniendo formas antiguas y temas de hogaño, facilita la expresión clara de asuntos actuales, existenciales.

La poesía lírica de Bécquer nos ayuda a distinguir causas y efectos, a separar los objetos que hallamos viviendo, como pupilas azules, de los prejuicios que sobreponemos recordando, como los de amores. Góngora, con sus complejas estructuras gramaticales, nos ayuda a analizar, a encontrar resquicios en las falsas aporías, a sintetizar lo lejano y lo profundo con lo cercano y superficial. Lope de Vega, con su puente entre el pasado y lo moderno, nos ayuda a recordar que somos sujetos, tiempo perdurable, un yo substancioso que sufre lo apariencial. Los tres, en suma, son imprescindibles hoy, tiempo de efectismos, destrucciones semánticas y contingencias con voz de determinista.

La humana mente, para los literatos y filósofos, no es un continente de efectos, significados autoritarios y fenómenos no perdurables, sino una entidad metafísica, esto es, hecha para filosofar las ideas de Dios, libertad e inmortalidad, o mejor dicho, para buscar la unidad de todo el conocimiento, para crear nuevo y para hallar verdades, eternidades. Tales problemáticas necesitan, para ser tratadas seriamente, un lenguaje consciente, hecho de historia o etimología, de filosofía o luz conceptual, de política o realidad social y de materia descripta por estetas. Tan alto quehacer es propio de la filosofía del lenguaje.

Toda universidad, para educar pensantes, debe sustentarse en la filosofía del lenguaje, que analiza la gramática de la lengua, que es eso que relaciona lógicamente al sujeto con el mundo. El filósofo que trabaja con el lenguaje aprende a separar el decir substancial, descriptor, creador, del accidental, deformador, narrativo. Él separa la lógica del habla popular, que es ambigua, fragmentaria, de la científica, que es unívoca, sintética (Rorty, 78).

En el habla popular o lengua coloquial y oral de lo cotidiano no hallamos conocimientos sintetizados por la imaginación ni unificados por conciencia alguna, es decir, determinados por los conceptos de tiempo y espacio. Dichos conocimientos no son estructurados lógica o filosóficamente ni dirigidos por teorías, comprobaciones y métodos, sino revueltos y aplicados allende lo experiencial. La lengua vulgar, que se extiende hasta las aulas de los doctores que buscan fama y no verdad, es un conglomerado de funestos “hábitos mentales” o modos erróneos de sintetizar información venida de la experiencia (Kant, 260)

La literatura, que contiene ricas intuiciones y conceptos necesarios, universales, nos transforman en filósofos o en personas despiertas al estar ante la ingente información que nos lanzan día tras día, que sin gramática, leyes físicas y lógicas nos pinta un mundo nuevo no existente.–

Fuentes de consulta: 

ALONSO, Dámaso, Cancionero y Romancero español, Salvat, Navarra, 1971.

HEIDEGGER, Martin, El ser y el tiempo, Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 2015.

KANT, Immanuel, Crítica de la razón pura, Losada, Buenos Aires, 2003.

Nueva gramática de la lengua española, Espasa, México, 2010.

RORTY, Richard, El giro lingüístico, Paidós, Barcelona, 1998.


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