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Literatura clásica, o metafísica, materialista, lógica, política

Por Eduardo Zeind Palafox , 15 noviembre, 2019

Eduardo Zeind Palafox 

Se admite que la “Biblia”, que el “Quijote”, que “Hamlet”, que “Moby Dick”, son obras literarias clásicas. El grecocomplutense doctor Carlos García Gual (1), filólogo, asevera que la palabra “clásico” procede del latín “classicus”, “con clase”. Luego, sólo la gente “con clase” lee, desbroza, interpreta tales obras. Dice, además, que los libros clásicos parlan de los “aspectos esenciales de la condición humana”, que son, según los libros que hemos leído, el lirismo, el romanticismo, el utilitarismo, el gremialismo, el legalismo, el moralismo, asuntos todos planteadores de cuestiones metafísicas.

 

La razón humana, dice el prologante Kant (2), en tesis metafísicas arrostra problemas trascendentes, insoslayables, sin respuesta, que esquiva o dogmáticamente, causando despotismo (la religión supersticiosa, por ejemplo), o escépticamente, causando anarquismo (la ciencia meramente utilitarista, verbigracia).

Dichos problemas, profiere, trascienden las intelecciones y las sensibilidades humanas. Kant, para razonar con sutiles metáforas esa trascendencia, usa la alemana palabra “übersteigen” (3), “sobrepasar”, relacionada al latín “transcendere”, de “trans”, “a través”, y “scandere”, “escandir”. Tales problemas, así, son mensura de la razón humana, y no al revés. Dichos problemas, dice, insoslayables son, y para signarlo usa Kant la palabra “abweisen”, “eludir” (4), ligada al latín “repudiare”. Mas la humanidad antes halla contento imaginando funestas metafísicas que fraguando insospechados paraísos. Tamañas angustias, afirma, carecen de respuesta, y para significarlo esgrime la palabra “beantworten”, “responder”, adlátere semántico de la latina frase “responsum dare” (5), “dar respuesta”. Las respuestas dadas a las metafísicas apreturas son de ordinario o dogmáticas, extractadas de la imaginación, o escépticas, incredulidades provocadas por miríadas de accidentes.

 

Entre el despotismo leguleyo, religioso, y la anarquía científica, empirista, vive la literatura clásica, que es crítica. Las literaturas clásicas, fontanales, careando metafísica y materialismo al modo lógico y político “nos hacen críticos”, que diría García Gual. La literatura clásica, en suma, es óbice del despotismo y del anarquismo.

 

Analícense estética, no subjetivamente, tales literaturas, es decir, filosóficamente, como aconseja don Marcelino Menéndez y Pelayo. La “estética”, añosa ciencia, escribe el santanderino (6), ostenta las siguientes trifurcadas ramas: metafísica de lo bello, física estética y filosofía del arte. La metafísica, se sabe, escruta los problemas representados por las palabras “alma”, “mundo”, “dios”, que en jerga filosófica dícense “sustancia”, “cosmología”, “ontología”, y en lógica “categoría”, “hipótesis”, “disyunción”. La metafísica, versando sobre lo bello, medita las almas inmaculadas, los mundos armónicos y los dioses justos. La física estética medita los distingos entre los objetos físicos, “phusika”, y los urdidos mediante humanos artificios técnicos, mediante la “tejne”. Y filosofar o sistematizar el arte es clasificarlo, dice Menéndez y Pelayo, según parámetros matemáticos, sensoriales, reflexivos, teóricos.

 

Para no fatigar vista y memoria de leyentes amigos de las clásicas literaturas, exhibimos demostrativo fragmento de literatura clásica que en treinta precisos versos congloba todo lo antedicho. El “Martín Fierro” (7), versificación principal de Argentina, fue pergeñado por José Hernández (1834-1886), poeta, militar, legislador y periodista. He aquí versos de él (85 a 110):

 

Nací como nace el peje

en el fondo de la mar; 

naides me puede quitar

aquello que Dios me dio:

lo que al mundo truje yo

del mundo lo he de llevar. 

 

Mi gloria es vivir tan libre

como el pájaro del Cielo;

no hago nido en este suelo

ande hay tanto que sufrir, 

y naides me ha de seguir

cuando yo remonto el vuelo. 

 

Yo no tengo en el amor

quien me venga con querellas; 

como esas aves tan bellas

que saltan de rama en rama, 

yo hago en el trébol mi cama

y me cubren las estrellas. 

 

Y sepan cuantos me escuchan 

de mis penas el relato, 

que nunca peleo ni mato

sino por necesidá

y que a tanta alversidá 

sólo me arrojó el mal trato. 

 

Y atiendan la relación 

que hace un gaucho perseguido, 

que fue buen padre y marido

empeñoso y diligente, 

y sin embargo la gente

lo tiene por un bandido. 

 

Nótese el afán de lo metafísico, de lo substante, categórico, contenido en las palabras “nací” y “truje yo”, que signan la idea de “alma”, y el afán mundano, de lo cosmológico, de lo causal, en las palabras “mundo” y “tan libre”, y el divino, ontológico afán, en la mayusculizada palabra “Dios”. Tal alma, de pez, es inmaculada, bella. Dios, bonancible, regala libre albedrío y eternidad (“del mundo lo he de llevar”). Mas el mundo, do “hay tanto que sufrir”, es pintado cual valle de lágrimas, bíblicamente.

 

Lo metafísico, para no ser tesis despótica, es careado al materialismo. Cuales presocráticos notemos que la palabra “peje” remite al “agua”, que “pájaro” refiere al “aire”, que “nido” a “tierra” y que “estrellas”, suprapoetizando, a “fuego”. Hay, claro es, panteísmo naturalista. El gaucho, cantando “al compás de la vihuela”, se transfigura animalmente, es “phusika”, cosa física, y no producto humano. Pugnan, adviértase, las ideas de naturaleza, dios y destino, es decir, lidia el barbarismo, el judeocristianismo y el paganismo, es decir, el monismo y el atomismo. Y, finalmente, hay maniqueísmo o fraccionamiento político rasguñado con la palabra “vuelo”, condigna del jinete gauchesco, y por decir que se mata y se pelea merced a la “necesidá” y a la “alversidá”, cualidades del hado, y por bifurcar buenos, empeñosos, diligentes, y malos, las gentes.

En conclusión, las literaturas clásicas, al aclarar con conciencia de poeta lo matemático, metafísico, análogo (8), esto es, las ideas de sustancia (alma), causalidad (mundo), simultaneidad (dios), y al disciplinar con minucia militar los estragos del albedrío causados por el sensorio, por la materia, por la naturaleza, y al legislar cual sabio juez los nudos irreflexivos, ilógicos, monistas y atomistas que nos confunden y al dirimir periodística, popularmente las maniqueas teorías políticas que nos enemistan, “nos hacen críticos”.-

Notas:

(1)  “Los clásicos nos hacen libres”, El País, 21 de octubre de 2016. El olvido, dice García Gual, es enemigo principal de “toda cultura”, es decir, del ontologizar, del psicologizar, del cosmologizar, del teologizar. Los clásicos son inmutables porque filosofan, secundan asuntos que atañen a toda época, generación, civilización o clase social. Jesucristo, p. ej., palia a los pobres diciendo que no es menester angustiarse merced al vestir, al comer, al beber. “¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?”, se lee en Mateo 6: 25. El Quijote, parte I, cap. 1, describe el mundo de alguien que siendo paupérrimo materialmente, pues sólo yanta ollas, salpicón, huevos con tocino y sólo esgrime lanzas más históricas que punctiformes y adargas más blasónicas que escuderas, capaz es de encarnar altísimos valores.

(2)  Cfr. el “Prefacio de la primera edición” de la “Crítica de la razón pura”, de I. Kant.

(3)  Cfr. el “Deutsches Wörterbuch”, de los Grimm.

(4)  Ibidem.

(5)  Ibidem.

(6)  Ver “Historia de las ideas estéticas en España”, Advertencia preliminar (Porrúa, México, 1985), páginas IX-XIII.

(7)  Cfr. “Martín Fierro”, Editorial Planeta, edición especial para La Nación.

(8)  La palabra “analogía”, en alemán “analogie” y en inglés “analogy”, procede del griego “analogos”, de “ana”, concordante, y “logos”, razón. Matematizar, es decir, distinguir, separar, juntar, comparar, hilvanar geométrica y aritméticamente, es crear analogías, o por mejor decir, es tentativa de captar semejanzas, proporciones, entre lo distinto.

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