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¿Libertad, para qué?

Por Carlos Almira , 24 enero, 2015

Quizá sea oportuno recordar ahora el ensayo de Isaiah Berlin, Dos Conceptos de Libertad, publicado a partir de un curso impartido por el autor en 1958. No pretendo hacer aquí una reseña de este libro ya clásico, sino sólo llamar la atención sobre algunas de sus conclusiones, por si pudieran arrojar alguna luz nueva o, por lo menos, distinta, sobre los problemas que ahora nos planteamos otra vez, quién iba a decirlo, acerca de la Democracia y la libertad de expresión.

Isaiah Berlin parte de una corriente intelectual que podemos definir como liberalismo político. En términos más propios de la Historia de las Ideas, se inscribe en una línea de pensamiento británica, que arranca del nominalismo medieval de Ockham y desemboca, andando la Edad Moderna, en el Empirismo y la Filosofía Analítica del Lenguaje. Para decirlo de un modo sencillo, lo que le interesa al autor, el centro de gravedad de sus preocupaciones intelectuales, es el hombre entendido como individuo concreto: su desgracia y su felicidad; la posibilidad y los obstáculos que se le oponen, que tenemos cada uno de nosotros de llegar a ser humanos, libres.

Para ello parte de una distinción que a mí me parece pertinente y esclarecedora, entre el concepto negativo y el concepto positivo de Libertad. Según el primero, que para él es el central, el más valioso, importante, la libertad consiste en disponer de un espacio personal libre de interferencias; un ámbito sagrado donde cada uno puede, si así lo desea, hacer o dejar de hacer esto o lo otro, sin que ninguna autoridad (sea cuál sea su origen y su legitimidad) pueda inmiscuirse. Por el contrario, la libertad en el sentido positivo del término consistiría en poder realizar algo que el sujeto considera inseparable de su condición humana y, por lo tanto, irrenunciable y bueno. Así, Isaiah Berlin opone la “libertad de” a la “libertad para”. Y aquí viene a mi juicio, lo importante: según él ambos conceptos y desarrollos de la libertad están desconectados. Dicho de otro modo, el desarrollo de uno no implica el desarrollo del otro. Es más: la Historia parece demostrar que cuando los grupos humanos consiguen ampliar y definir colectivamente su “libertad para” (algo que implica una Metafísica, una definición a priori de los que es humano y valioso, lo que se debe perseguir, lo que ya contendría un germen de totalitarismo), cuando esto ocurre el espacio disponible para la “libertad de” tiende a restringirse, incluso a desaparecer.

De esta forma, nuestras instituciones públicas pueden ser cada día más democráticas sin que esto implique (sino acaso, más bien, lo contrario) una ampliación de nuestro espacio de libertad negativa. Un habitante de París podía ser y sentirse personalmente más libre de injerencias del poder público bajo la Monarquía Absoluta de Luis XVI que bajo el poder “democrático” de la Convención de Robespierre. Ninguna forma de gobierno, por democrática y asamblearia que sea, va a garantizar mi libertad de hacer o dejar de hacer esto o lo otro, aquí y ahora. Es más: parecería que cuanto más legítimo sea el mecanismo de constitución y acceso al poder político, con más razón podrá la autoridad del Estado justificar después su intervención, en nombre del bien común o de mi propio bien (mi salud, mi educación, mis intereses humanos “reales”, el medio ambiente, etcétera). Tal era el peligro que veía y apuntaba Isaiah Berlin en esta obra. Es más fácil que un sistema democrático degenere en instituciones totalitarias a que lo haga un Estado de tipo antiguo, como era la Monarquía Absoluta del Antiguo Régimen, y ello no sólo por el refinamiento de la tecnología del poder y la legitimación, sino por el peso mayor o menor, de esta libertad positiva o “política” en la cultura común.

libertad
Por supuesto, toda libertad genera conflictos. No hay nada más pacífico que un cementerio (o que una sociedad donde todos reconocen el mismo Bien, de un modo uniforme: donde todos y cada uno aspiran a la “igualdad”, a la vida sana, el deporte, el reciclaje y el respeto al medio ambiente, el cultivo de los valores ciudadanos). ¿Qué sentido tendría entonces hablar de libertad? Si el bien, particular y común, estuviese tan claramente definido como una suma o como la Ley de la Gravitación Universal, reivindicar un espacio propio para ser libre, un espacio sin injerencias externas (pero no sin conflictos con los otros), sería absurdo. Recuerdo que cuando el primer Gobierno de Felipe González presionó y consiguió eliminar de la programación de la Televisión pública el programa de Jose Luis Balbín “La Clave”, éste llegó a decir que, incluso como periodista, se sentía más libre en los tiempos de Franco que bajo el primer Gobierno del PSOE. Por supuesto, en una Dictadura Militar la libertad pública tiende a reducirse a cero, y se paga con la vida, pero ¿no se trata más bien aquí de esta “libertad para” que de la libertad en sentido negativo de que hablaba Berlin? ¿No es preferible vivir bajo un Déspota benévolo (si es que existiera en alguna parte) que sometido al dictado del Bien Común, recogido puntualmente en el BOE por el Parlamento?

Fumar es malo. Beber también. Insultar es de pésimo gusto. Casi como tirar la basura orgánica junto a los envases de plástico en el mismo contenedor. Es necesaria una educación pública (o no pública) en determinados valores ciudadanos. ¿Pero y si yo quisiera fumar dos cajetillas diarias y beberme en este momento una botella de Ribera del Duero, en la puerta de una Escuela? Un amable policía local me recordaría que eso no está bien. Que incluso está prohibido. ¿Por qué? Porque va contra los valores de la convivencia y, si me apuran, contra la infancia. Atenta contra el Bien Común. Antes, cuando se podía fumar en los bares, incluso en las salas de espera de los hospitales, en los autobuses, ¡en los aviones anteriores a Been Laden!, había conflictos: a alguien le molestaba el humo y podía pedirte que apagaras el cigarrillo. Si uno se obstinaba, el conflicto podía llegar a más, aunque yo nunca lo vi. Era posible. Y entonces intervenía la fuerza pública. (Conste que yo dejé de fumar hace muchos años, a veces me preguntó por qué).
Uno podía burlarse, ridiculizar a los poderosos, reírse, eso sí, con mucho tiento porque estaba traspasando la tenue frontera que separa la “libertad de” de la “libertad para” (reírse o hacer chistes sobre el Dictador de turno puede interpretarse como un deseo de cambio de régimen). El Estado “democrático” tiende a judicializar los conflictos que surgen naturalmente, en la sociedad civil, definiendo un Bien superior: puesto que está demostrado científicamente que el tabaco es malo para la salud, algo que no niego, como lo es el vino, hay que legislar en un sentido restrictivo, que salvaguarde en primer lugar los derechos de quienes quieren proteger su salud de ambos. Es más: puesto que los fumadores y los buenos bebedores también son ciudadanos con derecho a la educación y a la salud, sus cuerpos deben ser protegidos de ambas substancias, siquiera sea por el gasto sanitario, que pagamos todos.

La intuición genial de Isaiah Berlin, de que las libertades personales entendidas en su sentido negativo, no van a quedar automáticamente más, ni mejor salvaguardadas, con una democratización del Estado (a diferencia de la libertad para la realización del Bien, que la Democracia fomenta y protege), nos lleva a la siguiente cuestión: ¿cómo puede la sociedad civil ampliar sus espacios de libertad negativa, sus espacios de conflicto y acuerdo en las relaciones cara a cara no previstas aún en el BOE por nuestras diligentes autoridades, si la profundización de la Democracia (tan necesaria y deseable en muchos aspectos) no tiene o tiene muy poco que ver con esta forma de libertad, o incluso puede ser hasta contraproducente para ella?

Dejo a cada quien, en la paz de su sillón, de su mesa camilla, de este sábado que nunca volverá, con o sin su copa y su cajetilla de cigarrillos, para que reflexione sobre esto si quiere.

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