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Let’s dance!

Por Agustín Calvo , 5 Marzo, 2014

No hay mayor entretenimiento que ver a alguien haciendo algo bien hecho: un músico tocar un instrumento, un pintor pintar un cuadro, un bailarín bailar. Parece sencillo ¿no? Pero no lo ven así los programadores de las cadenas de televisión, piensan que es mejor divertimento ver a alguien haciendo algo mal, o con disgusto, o sin sentido.

La danza es una de las expresiones artísticas más ancestrales que ha conservado la humanidad, y que tanto ha ido ligada al hecho religioso, como a la música, la diversión o el espectáculo. Ver danza, sea del tipo que sea, clásica, contemporánea, baile de salón, etc. es un entretenimiento en mayúsculas: cultura, al fin y al cabo. Y, sí, en nuestra televisión podemos ver danza o baile, pero ¿qué baile?, o mejor dicho, ¿quién baila?

Enseñar a quien no quiere aprender es tarea harto difícil, y que de ahí salga espectáculo es harina de otro costal. No obstante algunos directivos televisivo se han empeñado en enseñar a bailar a quien no tienen ningún interés por aprender tal disciplina artística; rizando el rizo de lo absurdo, pues el resultado de enseñar a alguien que no quiere aprender nunca será algo que produzca verdadera satisfacción al público, sino disgusto. Tal tarea solo se justifica por ver sudar la camiseta y hacer el pato mareado a unos cuanto famosillos. Incluso, apostando por lo absurdo, eran más delirantes aquellos programas en los que les enseñaban a tirarse desde trampolines.

Así funciona Mira quien baila, programa que ha pasado en la presente temporada a la televisión pública, y al que se añadirá, según viene amenazándonos Antena3, nuevas dislocaciones con un concurso de famosos llamado A bailar! Sí, así, como lo ven escrito: A bailar! ¿Para qué se iban a molestar en ponerle exclamación inicial? No entiendo por qué no se pasan ya definitivamente al inglés. Los necios que dominan el marketing hispano, esos que ponen título a los programas, ya nos lo anuncian: hay que ir pasándose al inglés; y desvirtuando el castellano llegaremos antes, deben pensar si es que piensan algo. Pero, vayamos a la enjundia de tal programa: según se anuncia, se trata de ver a parejas en la vida real aprendiendo a bailar y bailando en la pista. Y ¿qué parejas son esas? Por supuesto, parejas de famosos, y dichas parejas ¿saben bailar o tienen el más mínimo interés en aprender a bailar? No respondamos todavía, démosles una mínima oportunidad de demostrarnos sus intenciones. Pero no me resigno a destapar ya la liebre: ¿no es esto otro programa del corazón enmascarado de concurso? Es decir, ¿acaso no va haber más salsa (rosa) que baile? ¿Más vida privada que espectáculo?

Volvamos al programa que sí podemos ver desde hace algunas semanas, el Mira quien baila que pagamos entre todos con nuestros impuestos, y que yo rebautizaría como “tristísimo programa de meteduras de pata”, y no me refiero solo a las de los intervinientes. La primera clama al cielo, y es que esconde a la orquesta detrás de unas escaleras: un programa de baile tendría que mimar la música y ya que tiene una orquesta ¿por qué la esconden? (por cierto, como hacen en las diferentes versiones de La Voz). El segundo motivo de tristeza es que Ángel Corella no baila. Como en otras ediciones del programa lo fueron Aída Gómez o Víctor Ullate, aquí está sentado y es jurado, en medio de un jurado con personas que tienen los mismos conocimientos de danza que yo de astrofísica. Eso sí, las barbas del Sevilla y los vestidos de noche de, -esa gran apuesta cultural que siempre ha sido para el PP-, la Norma Duval de toda la vida, aparentan mucho en la pantalla, o eso creen. En fin, tristísimo ver a Ángel Corella ahí y no bailando o, en todo caso, enseñando a bailar. Triste también ver el esfuerzo de los bailarines profesionales, chavales con un entusiasmo envidiable, a prueba de las torpezas de los pretendidos protagonistas, que hacen todo el trabajo siempre con una sonrisa y a los que no parece que se les valore mucho; ellos, los buenos bailarines, las personas que saben bailar, en definitiva, deberían ser los únicos merecedores de nuestra atención. Pero no, el programa y el jurado valoran las intervenciones de los famosos, sus caras de palo, su pretendida competitividad, la ausencia de su sentido del ridículo, su falta absoluta de ganas de aprender a bailar o de superarse. Incluso aparece un torero sin el más mínimo atisbo de vergüenza torera. Absurdo y triste.

Triste, en fin, es saber que la situación de los profesionales de la danza en nuestro país es, como poco, precaria, pero la bostezante y esclerótica (desde que regresó el PP al gobierno aún más) televisión pública española emite un Mira quien baila que pasa por ser un programa de entretenimiento, con formato de concurso. ¿Qué entretenimiento? Triste diversión es ver a gente haciendo algo con desgana y, por tanto, mal hecho.

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