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Lecciones de zoología

Por José Luis Muñoz , 12 febrero, 2019

Estos días tengo una imagen clavada en el subconsciente: un búfalo y un león que se me aparecen en sueños. Los programas de zoología y vida salvaje, que dan algunas cadenas televisivas a la hora de la siesta, son muy ilustradores de lo que voy a decir. Quienes abogan por la vuelta a la naturaleza deberían ver esos programas. La naturaleza es sabía, sí, pero también  implacable y allí, en la selva  o la sabana, el término piedad no tiene ningún valor, sencillamente no existe. El león no tiene ninguna piedad cuando devora a la cría de un impala. Es comida y no le importa nada que sea un bebé, que su madre asista impotente a su muerte y que el animalillo sufra antes de pasar a su estómago. En la naturaleza, un ser defectuoso de nacimiento o no nace o tiene los días contados, porque será presa fácil de los depredadores y hasta los suyos lo rechazarán. En la historia de la humanidad, los que más se acercaron a la eugenesia fueron los nazis que exterminaron sistemáticamente a todo ser nacido con algún tipo de malformación aunque se olvidaron del propio Hitler, del gordo Göring o del maltrecho Goebbels: los que abogaban por una raza perfecta eran precisamente sus piezas defectuosas.

Pero regresemos a esos instructivos programas de naturaleza salvaje y a esas luchas por la supervivencia que se dan en la sabana o en la selva. Los leones son unos cazadores avezados, unos verdaderos maestros en el arte de capturar y matar para alimentarse, juegan siempre con ventaja: además de ser unos animales formidables en cuanto a fuerza y destreza, van en grupo para no fallar en sus partidas de caza. A veces se enfrentan a enemigos colosales que previamente han aislado y separado de la manada como sucede con los temibles búfalos, a los que previamente cansan. El león hace presa del búfalo solitario, muerde su cuello, se cuelga de él y no lo va a dejar hasta qué el gigantesco rumiante doble sus patas y pierda el equilibrio. La fiera tendrá a su disposición unos cuantos cientos de kilos de carne. El búfalo, salvo que le acierte con una cornada, y a veces lo hace y el león sale disparado por el aire, no tiene muchas posibilidades de sobrevivir a ese ataque calculado de los leones. El búfalo tiene una agonía larga y dolorosa que puede tener un cierto impacto en el humano que la contempla, pero nulo en el verdugo. La empatía tampoco forma parte de la vida salvaje.

Bueno, pues en eso nos parecemos los humanos y no podemos negar de dónde venimos: de la selva o la sabana. Búfalos y leones. O muchas veces impalas en vez de búfalos. La ley del más fuerte es la que siempre ha imperado en el mundo y a lo más que se ha llegado en la humanidad es a reconvertir a los esclavos en trabajadores y reconocer que las mujeres también son seres humanos en algunas zonas privilegiadas del planeta. La teoría lampedusiana rige un mundo que tiene cambios cosméticos.

En esa habilidad para detectar al individuo débil de la manada sobre el que caen los leones para devorarlo, nos parecemos mucho. El bullyng, que se practica en los patios de recreo de los colegios, también se extiende en las relaciones entre naciones. Hay que exhibir un puño, o una cabeza nuclear, para que le respeten a uno. Claro que muchas veces el búfalo se lo tiene bien merecido por estúpido,  por no integrarse en el grupo y distinguirse como individuo. Llamar la atención entraña peligros.

Un ejemplo frente a otro. El iluminado que rige los destinos de Corea del Norte, famoso por su peinado, Kim Jong-un, sigue allí, en el trono de un país que ha sufrido pavorosas hambrunas con miles de muertos durante la dinastía comunista de la que forma parte, pero no se ha movido nadie para protestar en el país, sí para llorar por la desaparición de sus líderes, porque eso es lo que tienen las dictaduras, que no dejan que nadie tome las calles y cuestione su autoridad, y sigue allí, a pesar de sus baladronadas, de sus desafíos al gigante norteamericano; Corea del Norte no es un búfalo aislado, tiene al lado al hermano mayor, China, presume de tener un arsenal armamentístico de ahí te espero y amenaza con fabricar una bomba atómica para entrar en el club de los países  potencialmente letales a los que no se les puede toser. Corea del Norte, un régimen abominable y dictatorial, ha tomado nota de lo que les ha sucedido a otros países tildados por la superpotencia imperialista de parias a los que les retiró su amistad en un momento dado. Ni Irak, ni Libia, ni Siria tenían tantas armas letales como decían,  ninguna de destrucción masiva, y así les ha ido: invadidos, destrozados, saqueados, aplastados hasta el tuétano, instalados en una anarquía total, que era lo que querían Estados Unidos y sus palmeros occidentales que actuaron contra ellos saltándose todas las normas internacionales sin que ningún tribunal les pase factura por las masacres y el caos que han generado.

Vayamos por partes, y que nadie me ponga la etiqueta de chavista. El régimen de Nicolás Maduro es de lo peor que le puede pasar a Venezuela. El tipo, que no tiene el carisma de su antecesor Hugo Chávez, ha naufragado en lo económico de una forma estrepitosa, y en lo político: la oposición se le sube a los bigotes. Que Nicolás Maduro tiene tintes autoritarios no lo niega ni él. Los medios de comunicación internacionales, prácticamente todos, llevan décadas con el foco puesto en Venezuela y el mantra de que el país caribeño es una dictadura. Sudán, Yemen, Somalia, Congo, Guinea no interesan, sí Venezuela, hasta el punto de ser ya todos un poco venezolanos. Yo, y unos cuantos cientos de miles de españoles, que sufrimos una dictadura fascista, la de Franco, sabemos realmente lo que es una dictadura y no conozco ninguna en el mundo que permita a la oposición manifestarse todos los días, atacar desde los medios de comunicación al gobierno y proclamar a un presidente paralelo en la calle. Que lo intenten en Corea del Norte, en China, en Arabia Saudita o en Cuba, que sí son dictaduras. De momento no he visto a Juan Guaidó detenido y sí concediendo entrevistas una y otra vez a los medios nacionales e internacionales, encabezando manifestaciones o llamando a la rebelión a los militares. Así es que se está pervirtiendo el lenguaje, que es también una forma de combate y derribo del adversario, desde hace muchos años, llamando dictadura al nefasto régimen autoritario de Nicolás Maduro. Y lo repito, para que no haya dudas: nefasto régimen autoritario de Nicolás Maduro. Pero también hay que decirlo, que el chavismo ha ganado un montón de elecciones en Venezuela, 23 de 25, con observadores internacionales que han dado fe de ello.

Y vamos al meollo de la crisis. Con una Asamblea Nacional controlada por la oposición, que ganó en los penúltimos comicios, Nicolás Maduro se saca el as de la manga y forma una Asamblea Nacional Constituyente, en donde el oficialismo arrasa, porque la oposición no se presenta, con la que pretende redactar una nueva constitución que blinde las “conquistas sociales del chavismo”, y a él mismo, y convoca una elecciones presidenciales que gana por una baja participación: parte de la oposición declina presentarse. Estas dos elecciones, presidencial y constituyente, son las que están en el ojo del huracán porque nadie, salvo los suyos, reconocen sus resultados.

El chavismo, cuyo objetivo era ayudar a las clases más menesterosas de Venezuela, ha fracasado por su modelo económico. Cifrar todo el peso de la economía al petróleo e importar con sus ganancias todos los productos de primera necesidad, incluidos alimentos y medicinas, en vez de producirlos, ha llevado a esta situación letal cuando se derrumbaron los precios del crudo y la inflación se disparó. Como sucedió en Cuba, la gestión económica del régimen bolivariano fracasa por la incompetencia de sus gestores. Si a todo esto añadimos la asfixia económica promovida por Estados Unidos y buena parte de la Comunidad Europea, la situación es dramática para los venezolanos y puede que terminal para el régimen chavista.

La Venezuela de Nicolás Maduro es un búfalo aislado de la manada, cansado después de años de acoso continuado, del que penden una serie de leones que lo tienen medio ahogado entre sus fauces. El resto de la manada, China y Rusia, con intereses en el país, miran sin intervenir. El botín petrolero, como los cientos de kilos de carne del rumiante, es muy suculento para soltarlo. A Estados Unidos, principal impulsor de ese extraño golpe de estado civil, porque los militares ya no han sido educados en la siniestra Casa de las Américas de Estados Unidos en Panamá, una escuela de torturadores fascistas, y no secundan esa asonada, salivan con lo que pueden sacar de Venezuela, y John Bolton, el consejero de Seguridad de Trump, en un ejercicio de sinceridad, no lo oculta: oro negro, y también del otro. El régimen de Maduro ha sido criminalmente ineficaz en su gestión, es incapaz de alimentar a su pueblo, pero cuenta  todavía con suficientes apoyos entre los desheredados y en el ejército bolivariano nutrido por estos y engrasados con prebendas (algunos militares están al frente de las empresas petrolíferas), para resistir y hasta revertir la situación. Pero el león no va a soltar su presa, y si fracasa ese golpe blando, que ha sido reconocido de forma irresponsable por muchas cancillerías europeas, incluida la de España, vendrá el duro.

Un coronel en la reserva del ejército español, Pedro Baños, experto en temas de seguridad y defensa, lo dejó meridianamente claro en una tertulia de la cadena estatal TVE. En Venezuela puede ocurrir una masacre, porque la sociedad venezolana lleva años polarizada, y responsables de ella podrían ser los que están reconociendo un poder paralelo inexistente y autoproclamado que no tiene, de momento, ningún asomo de poder real. ¿Es previsible una intervención armada internacional para decantar la balanza hacia los opositores? Una Venezuela llena de selvas, hondonadas, montañas y ríos, muy diferente al llano Irak, puede convertirse en un segundo Vietnam si Donald Trump decide que el país caribeño es la guerra que estaba buscando y no encontraba y el chavismo no da su brazo a torcer y admite su fracaso. No es la democracia,  sino el petróleo, y el búfalo, a su pesar, no tiene armas de destrucción masiva con que cornear al león.

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