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La sociedad de la incertidumbre (I).

Por Carlos Almira , 2 agosto, 2015

El Tratado de Libre Comercio del Pacífico acaba de sufrir, en su proceso de negociación y ratificación, un pequeño revés. El TAFTA, que ha de crear un segundo espacio de libre cambio entre los EE.UU. y la Unión Europea, sigue por su parte, su proceso de negociación. Ambos constituyen los compromisos y metas económicos cruciales de la Administración Obama que entra en su recta final y, sobre todo el primero de ellos, el más importante estratégicamente para los Estados Unidos, sin duda verá la luz antes de que Obama deje la Casa Blanca. La mundialización de la Economía se impondrá entonces con todas sus consecuencias, inexorablemente. Si nada lo remedia, se asentará así una nueva forma de sociedad, también en los países desarrollados. La principal carácterística y línea de demarcación será la precariedad.
Antes de analizar esta nueva organización de la sociedad, conviene preguntarse una vez más (aunque sin pretender dar aquí ninguna respuesta concluyente) por qué el Gran Capitalismo necesita extender y profundizar el libre cambio a nivel mundial. En realidad, cuando se habla de mundialización de la Economía, se quieren decir dos cosas muy distintas, según se trate del capital no vivo o del capital humano y el trabajo: la mundialización debe reducir el nivel de incertidumbre de mercado para los inversores (grandes empresas multinacionales, bancos y fondos de inversión); esta incertidumbre creciente debe trasvasarse de los inversores a los trabajadores, en términos de competencia, productividad, reducción de costes, etcétera, creciente, que deberán recaer cada vez más sobre estos últimos.

Libre Comercio

Libre Comercio

En parte, la razón de esto ya fue avanzada por Galbraiht en los años 1970 (“El Nuevo Estado Industrial”): en la medida en que el mercado favorece la concentración del Capital, y la formación de grandes tecnoestructuras empresariales e industriales, se hace menos tolerable cada vez un resultado de ventas incierto o negativo para las empresas. No es lo mismo montar una cadena de producción de automóviles (o movilizar una cartera de inversiones especulativas multimillonaria), que poner una tienda de helados en una pequeña ciudad de provincias. Es algo parecido a las posibilidades de supervivencia natural de las lagartijas y los dinosaurios. El más leve cambio en el medio puede acabar con las especies de más envergadura, que en realidad son aquellas que dependen más sensible y estrechamente de él, que con los animales más pequeños, que son más autónomos respecto al medio. Un mal año para la gran empresa puede tener consecuencias catastróficas, sistémicas, mientras que una mala temporada para el heladero le supondrá el cierre de su puesto de venta, el embargo de sus bienes, y su recolocación como asalariado. Las consecuencias son, pues, muy distintas en un caso y en otro.
Por eso el Gran Capitalismo necesita trasvasar esta incertidumbre “hacia abajo”, a los trabajadores manuales y a los empleados más cualificados: en caso de adversidad, nunca debe ser la gran empresa ni el fondo de inversión, el que asuma el riesgo y las pérdidas, potenciales o reales, pues eso arrastraría al conjunto del sistema, sino los empleados (incluidos los más cualificados como capital humano). Ello exige un contexto de libre mercado, de movimiento sin trabas, a nivel mundial, de sus fondos para los inversores, en el que los trabajadores, con independencia de su nivel de cualificación profesional, sean el elemento estático, que soporte todo el riesgo, y las consecuencias de la incertidumbre. En realidad, la libertad de mercado ha de actuar, merced al papel subsidiario de los Estados y Gobiernos, como una cobertura de seguros gratuita para los inversores, y como una fuerza coactiva, anti sindical, para los trabajadores y profesionales empleados. “Trabajar más y ganar menos”, pero sobre todo, trabajar hoy y, mañana, quién sabe, estar siempre disponible para las necesidades y deseos de las empresas (sobre todo, las grandes empresas). El Estado juega un papel clave en la mundialización de la Economía en la que los individuos corrientes han de pasar de la condición de ciudadanos a la de simples empleados eventuales, ya sean peones o ingenieros con máster y conocimiento de idiomas.
La consecuencia de esto es una nueva forma de organización social que se impone, imparable, en todas partes: por un lado, los grupos cada vez más reducidos, compuestos por los que tienen un futuro previsible, más o menos asegurado, (funcionarios, empleados con contrato fijo no revisable, y por supuesto, las élites económicas, políticas y culturales de cada país); y por otro, el resto de la sociedad; es decir, la inmensa mayoría, cuya situación material y laboral está, por las razones que hemos expuesto entre otras, en una precariedad creciente, estructural (con independencia de su remuneración, su reconocimiento profesional y su movilidad laboral, siempre puntuales, dentro del nuevo mercado de trabajo mundializado). En el primer bloque, hay un sector residual que irá reduciéndose conforme avance y se profundice el libre mercado y por razones demográficas (jubilaciones); y otro, el formado por las élites, cuya posición de dominio y seguridad no hará sino acrecentarse. Para estas élites, funcionarios y empleados fijos son un resto del pasado que hay que dejar atrás cuanto antes, que no debe volver; un sector improductivo, gangrenado, de la sociedad, insolidario con el resto, en primer lugar por no asumir su cuota de incertidumbre y descargar de ella a los inversores (los supuestos creadores del progreso y la riqueza a nivel mundial).

Precariedad laboral

Precariedad laboral

Este es el panorama, descrito a grandes rasgos. Las limitaciones normales de un artículo me aconsejan no ir más lejos aquí. Dejo para el siguiente un análisis más pormenorizado de esta nueva forma de sociedad, articulada en torno al eje precariedad/seguridad económica, que tratan de afianzar, entre otras iniciativas políticas, el Tratado de Libre Comercio para el Pacífico y el TAFTA, ahora en proceso de negociación y ratificación.

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