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La Secta del Perro y la corrosión del carácter

Por Alonso Barán , 21 agosto, 2014

POR ALONSO BARÁN.

Hoy voy a hablar un poco sobre los cínicos griegos. Supongo que todo el mundo ha oído hablar del síndrome de Diógenes, bueno pues Diógenes «el perro» fue el fundador del cinismo y  un tipo peculiar donde los hubiera, nada más hay que saber que fue un falsificador de dinero o que murió por disputar medio pulpo a un perro… ironías de la vida.

El cinismo griego fue un movimiento intelectual negador de los valores de una civilización en crisis. Denunció la falta de libertad auténtica y reivindicó la autonomía del individuo frente a la familia, la ciudad y la moral del compromiso.
La aparición del cinismo es un síntoma histórico que se inscribe en un preciso contexto helenístico: cuando Alejandro había sometido un vasto imperio, a mediados del siglo IV a. C. en la Atenas de una época de crisis ideológica y moral.
Frente a la autonomía colectiva y a la acción política, tal y como la entendían los griegos, cínicos y estoicos propondrán la autonomía individual y la acción sobre sí.

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Recordemos que la moral tradicional griega se basa en la aprobación que el triunfador recibe de la colectividad. La areté estaba recompensada con el prestigio ante la comunidad, que premiaba con la “buena fama”, eudoxía, a quien destacaba por su valer. Ya Sócrates estimaba que la opinión de la mayoría no era una norma que mereciera respeto, ya que la dóxa no era algo estable ni fundado en la razón. Pero es en Antístenes (446-366 a.C.) donde encontramos al precursor del cinismo y de Diógenes de Sinope: la “mala fama”, adoxía, es un bien según Antístenes. El sabio no sólo prescinde de esa aprobación colectiva, sino que la desprecia. Antístenes afirma que sólo la virtud es lo importante y sobreañade que todo lo que los otros consideran bienes (belleza, riquezas…) el sabio las aprecia poco.
La sabiduría que se busca es más práctica que teórica. No son muchos los conocimientos los que definen al sabio, sino ante todo el temple de su ánimo. El beneficio del aprendizaje filosófico es la mayor capacidad para conversar uno consigo mismo, “homileî heautôi”.
Esta moral de la autosuficiencia, que Antístenes inaugura, es la respuesta del filósofo al malestar en la cultura. El filósofo busca en sí mismo su dicha y así se hace la ilusión de ser libre en un ambiente donde la libertad está sometida a la violencia y la demagogia.
Antistenes insistió en que lo esencial es la virtud austera y la fortaleza del ánimo, luego Diógenes dará expresión rotunda a los preceptos de Antístenes, exagerando su desafío a las convenciones de la ciudad.

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Lo que Diógenes Laercio nos cuenta sobre la vida de Diógenes el cínico (404-323 a.C.) en los capítulos centrales de su libro VI es un conjunto de anécdotas. Diógenes de Sinope fue una figura provocadora que se convirtió en el filósofo cínico por excelencia y llevó al paroxismo las máximas de Antístenes: a la indiferencia frente a lo que no afecta a la virtud corresponde la adiaphoría cínica, de la que se sigue la anaídeia y la parresía o libertad de palabra con la que el cínico propone una nueva valoración subvirtiendo las normas tradicionales: “transmutar los valores”.
Diógenes llegó a Atenas como exiliado de Sinope (tras haber sido por falsificar moneda). En esta época el destierro era una terrible condena, pero Diógenes sacó partido a ese vivir sin lastre cívico ya que
consideraba que el hombre es autosuficiente para la virtud. Poco es necesario para vivir para quien está desligado de deberes convencionales. Así, la independencia del sabio se constituye sobre su obediencia sólo a lo natural, con menosprecio de las convenciones legales. El cínico no antepone nada a su libertad (la pobreza será el precio a la libertad) y afirma que la libertad del individuo no reconoce más normas que las de la naturaleza universal. Estamos ante una recurrencia a la physis como lo fundamental en la vida.
Frente a lo civilizado (asteion) que es un producto de la polis,como lo es la ley (nomos), Diógenes tan sólo admitía la ley natural. Apoyándose en lo natural de las funciones corporales, Diógenes desafió las convenciones en cuanto que realiza en público y en cualquier lugar actos que la gente realiza en privado: comer, masturbarse, copular… por
lo que adquirió el sobrenombre de “el Perro”, del que Diógenes se sentía muy orgulloso.
El incesto y el parricidio eran para el cínico errores de apreciación que la naturaleza podía excusar. El epicúreo Filodemo, en un fragmento papiraceo de “Acerca de los estoicos”, nos da noticias de una Politeia escrita por Diógenes en la que describía un utópico régimen de gobierno de una ciudad de acuerdo a las leyes naturales. En ella se declara que las mujeres y los hijos serían comunes, se admitía el incesto en todas sus variantes y se practicaba el canibalismo y el parricidio (tal vez en casos de eutanasia).
La afirmación fundamental de Diógenes es que la verdadera sabiduría da el poder gobernarse a uno mismo, independizándose de la alienación de la dóxa y el nomos para servirse de la despreocupación respecto a los valores convencionales, la adiaphoría.

Los cínicos rechazaban la pasión amorosa, el eros arrebatador, que puede derrotar la razón del hombre y esclavizarlo, “los amantes son desdichados por su placer”. El sexo no es malo por sí mismo, tan sólo cuando se impone a la razón y esclaviza el espíritu.
Tanto en eso como en la riqueza el cínico busca la libertad en la liberación de los vanos cuidados. Los dioses no necesitan de nada, los sabios próximos a ellos de muy poco. Así pues, la vuelta al animal se lleva a cabo por el camino que lleva a los dioses.

El rico Crates de Tebas (368-288 a. C.) renunció a sus bienes de fortuna para ingresar en la secta de quienes limitaban su fortuna a lo que llevaban en su alforja.
Hiparquia fue la compañera de Crates y la única mujer que aparece en las “Vidas de los filósofos” de Diógenes Laercio. Esto es así porque el cinismo declara una masculinización de la mujer “semejante al hombre” e incluso se le permite filosofar.
Crates parodió todos los géneros de poesía y la influencia literaria del cinismo es enorme y se detecta en la difusión de géneros como la sátira, la parodia, la creación de tipos como el spoudaigéloion y la satura o el desarrollo de la chreía.
Esta huella del cinismo en la literatura pone de manifiesto el talante ambiguo de esta actitud ante la cultura. Por un lado el cínico desprecia la educación, en cuanto supone adoptar pautas de civilización, y postula una cierta ignorancia, amathía. Por otro lado la crítica cínica requería un apoyo cultural.

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Resumiendo, el cinismo como movimiento intelectual consideraba que la libertad está en el alma y la virtud bastaba para ser feliz. Para los cínicos la virtud total era la total independencia con respecto a la sociedad: vivir de acuerdo con la naturaleza.
En nuestros tiempos, la concepción actual del trabajo del nuevo capitalismo (inestabilidad laboral, imprevisibles reajustes de plantilla…) conlleva lo definido como por Richard Sennett como “corrosión del carácter”: la incapacidad del individuo para conformar su identidad moral en una sociedad en la que “somos lo que hacemos”. Una forma de desconcierto existencialista a la que nos enfrentamos y cuyas consecuencias son el rechazo a las normas y la educación, la desconfianza en los demás…

El nuevo capitalismo y la aprensión en el futuro que conlleva devuelve el lugar preponderante que tuvo la Tyche, la arbitraria Fortuna temida en la época helenística. El gran beneficio que Diógenes confiesa haber sacado de la filosofía es “el estar preparado contra cualquier embate del azar”, según recoge D. Laercio en VI 63. La apátheia o ataraxia son escudos contra los vaivenes del azar y el cínico, al reducir las necesidades materiales a un mínimo, incapacita a la Tyche para sustraerle ese mínimo de dicha.

En nuestra época marcada por el consumismo, la precariedad laboral y el desconcierto moral y político tal vez deberíamos fijarnos en el intento del cinismo de superar una crisis de desconcierto existencialista.

 

 

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