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La revolución continua

Por Gaspar Jover Polo , 9 abril, 2018

Ya se sabe que las revoluciones políticas y sociales deben ser permanentes para que no se anquilosen ni se desnaturalicen. La revolución nunca es puntual, nunca puede considerarse como un proceso concluido. El proceso revolucionario necesita por naturaleza una capacidad de autocrítica permanente pues le ocurre algo parecido a lo que sucede con la investigación científica, que no puede parar siquiera para tomarse un respiro, que debe seguir revisando los principios heredados para ponerlos continuamente en solfa. El principio fundamental para mantener en buen estado el mecanismo de la investigación científica puede que sea el de querer ir siempre más allá, el de no conformarse con los éxitos obtenidos. Porque un paréntesis prolongado en la búsqueda de la verdad puede hacer que la maquinaria coja herrumbre, se deteriore hasta el punto de volverse inservible. Y es que la capacidad de inconformismo, de inadaptación incluso, es el motor principal del progreso en cualquier campo o materia. El poeta Benjamín Péret atribuye a la poesía una razón de ser que también puede considerarse afín a la naturaleza esencial del proceso revolucionario: “el poeta”, dice este escritor, “debe ser como el inventor para el que el descubrimiento no es más que el medio de alcanzar un nuevo descubrimiento”; el poeta “combate para que el hombre alcance un conocimiento para siempre perfectible de sí mismo y del universo”.

 

En la revolución deben ser permanentes la autocrítica y la capacidad de subversión. Pero, claro, mientras nos encontramos en ese estado permanente de autocrítica y de subversión, los individuos autocríticos o los grupos sociales autocríticos podemos sentirnos incapacitados para combatir al enemigo con toda nuestra energía. Las fuerzas enemigas de la reacción no dejan nunca de hostigar, y es por eso que los individuos autocríticos y las organizaciones sociales revolucionarias tienden a caer en la tentación de establecer una pausa en el proceso, un paréntesis en la reflexión autocrítica, una vez que se han conseguido los objetivos que parecían más urgentes; las revoluciones que triunfan tienden a defender sus fronteras y sus conquistas revolucionarias en el terreno social y político; y en el plano individual, las personas tendemos a hacernos fuertes dentro de nuestras convicciones. El enemigo acecha, quiere acabar con lo que hemos conseguido, con la revolución, anhela volver al antiguo estado de cosas, y el individuo y el colectivo revolucionarios ceden terreno en el proceso de autocrítica y aplazan el proceso de reflexión ideológica, que debe ser constante, mientras dura la batalla por la supervivencia. Hubo en España un proceso rupturista, revolucionario se puede decir, cuando en la transición se produjo la lucha por las libertades democráticas. Pero la reacción ha seguido funcionando más o menos a la vista y ha conseguido que el proceso se estanque, que ya no nos ocupemos en seguir avanzando en el terreno de las libertades, sino que, por el contrario, nos preocupemos solamente por defender lo conquistado.

 

Sabemos que el enemigo reaccionario es muy poderoso y que, si no dedicamos todo el esfuerzo a combatirlo, podemos sucumbir: perdemos energía en el debate interno para concentrarnos en la lucha diaria contra la reacción. Pero mientras el individuo o el colectivo progresista hacen una pausa en la autocrítica, que debe ser permanente, las ideas de vanguardia sufren el atasco, se paralizan, se desnaturaliza el proceso de cambios, si no es que se produce un retroceso en el campo de las convicciones revolucionarias -que es lo que pudo ocurrir también en los países llamados del socialismo real y en otros muchos países que parecían haber llevado a buen puerto un proceso revolucionario-: queremos conservar las importantes conquistas conseguidas y nos volvemos conservadores pues no es posible mantenerse en primera línea ideológica sin la crítica y la reflexión. Y aunque se derrote al enemigo en el terreno material, en el económico, en el militar, en el de la opinión publica mayoritaria, somos nosotros en definitiva los derrotados pues la reacción consigue que la revolución se paralice ideológicamente durante un periodo de tiempo que puede ser largo o muy largo, de varios meses o de varios años, y así consigue minar nuestros cimientos intelectuales. El órgano del inconformismo se agarrota y la revolución se desmorona por su base cuando el cambio revolucionario no se entiende como un movimiento continuo por definición.

 

 

 

Gaspar Jover

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