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La profesión del docente o la planta del bambú.

Por Anabel Sáiz , 11 febrero, 2014
By María Begoña Ramos

By María Begoña Ramos

La profesión de docente es una de las profesiones más exigentes y estresantes que existen, aunque también una de las mejores, como ocurre con todos aquellos oficios que suponen un intercambio continuo de emociones. De todos es sabido, además, que un docente está expuesto al riesgo de padecer estrés y bajas por depresión.  Es fácil que suceda ya que el contacto diario con otras personas, por desgracia,  puede acabar desgastando mucho o “quemando”, en expresión más coloquial.

 No hay fórmulas magistrales para que  funcione la relación profesor-alumno, cada día lo veo más claro. Se trata de tener una cierta empatía con los chicos, de interesarse por lo que a ellos les interesa y encontrar motivos de inflexión y temas comunes para poder establecer un diálogo y así avanzar. A menudo, y estoy convencida de ello cada día más, no importa tanto la materia que se da como la actitud del profesor al impartirla. Pienso que, ante un problema en el aula, de disciplina, por ejemplo,  hay que tratar de relativizar, de mirarlo desde fuera, como si nos observáramos a nosotros mismos,  e intentar resolverlo antes de irnos a casa, hablando con el propio alumno, pero sin perder los papeles porque entonces estamos abocados al fracaso.  Es muy difícil lograr un equilibrio en el aula, poder dar clase, poder educarlos y que te respeten y eso no se aprende en ninguna facultad, sino que es la propia experiencia quien nos da la pauta. La verdad es que no hay una fórmula magistral que lo solucione ni un bálsamo de fierabrás que lo calme.

Un maestro, un profesor ha de  ir al aula sin ideas prejuzgadas; tiene que estar abierto a todo, escuchar a los demás, ponerse en su lugar, pero sin perder las propias ideas ni el rumbo y, sobre todo, tiene que pensar que si él o ella está bien, anímicamente,  lo transmitirá así a sus alumnos porque, en esta profesión, no valen las excusas ni las medias tintas. Hay que estar al cien por cien. De hecho, podemos afirmar que un profesor es el mejor actor del mundo y que hay que saber llevar la función con dignidad. Hasta el final.

La influencia de un docente, como se ha dicho más de una vez,  “tiende al infinito”. A veces a mí me da la sensación de trabajar en el vacío, pero luego constato que no porque, por suerte sigo viendo a exalumnos y suelen sorprenderme porque recuerdan frases que yo les dije, consejos que les di y los han aplicado y me lo cuentan con alegría y, cuando yo se los di,  parecieron no hacerme caso. O sea que se recogen los frutos mucho después; pero lo que sí es cierto es que el contacto con los adolescentes enriquece día a día. El bambú es una planta que tarda siete años en crecer. La paciencia es el instrumento diario del docente.

Debemos partir de la base de que el profesor imparte unos conocimientos y también enseña modelos de conducta; pero a la vez se enriquece, nos enriquecemos, de los propios alumnos porque ahí está la clave, no hay que menospreciar a nadie jamás.

Hay un concepto que hoy igual no se usa mucho, pero que en esta profesión creo que sigue siendo esencial. Me refiero a la vocación. Creo en la vocación y si alguien da clases sin tenerla podrá ser un buen docente, no lo dudemos, pero nunca llegará a sentirse totalmente a gusto en el aula porque, aun amando lo  que haces, hay días en que te gustaría que el mundo se parase un momento para poder respirar.

En suma, hay que entrar en la clase con alegría, con el convencimiento de que allí no hay enemigos, sino chicos y chicas que están formándose a las que les debemos atención y respecto y, por qué no, también cariño, pese a que las circunstancias actuales, políticas, económicas o sociales, no nos lo pongan nada fácil.

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