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La Pepemorfosis

Por Jordi Junca , 28 Diciembre, 2014

Cuenta la leyenda que todo empezó una noche de abril. Un tal Képler Laveran Lima Ferreira derribaba a su adversario dentro de la zona prohibida. Grave error. Él lo sabía, sus compañeros lo sabían. Se perdía la batalla, y no una cualquiera, sino una de aquellas que deciden el devenir de la guerra. Dos cables conectaron por primera vez, una combinación explosiva que iba a darse ya no solo en aquella ocasión, sino en futuras contiendas que estaban por venir. Esta es la historia de Pepe, el relato de como alguien sale de la caverna y emerge en el mundo de las ideas, ahora más sabio y menos irascible.

Aquella noche de abril, Casquero estuvo, en cierto modo, en el lugar adecuado y en el momento oportuno. El central del Real Madrid empujaba levemente al jugador del Getafe, éste caía claramente sobre el borde del área pequeña y el árbitro señalaba penalti. Algo sucedía de repente. En circunstancias normales, el infractor suele dirigir toda su ira hacia la figura del colegiado. Se tiende a insinuar que se lo ha sacado de la manga, respondiendo a intereses oscuros que provienen de los despachos. Ese día, en cambio, Pepe acusó a Casquero, aunque no sabemos a ciencia cierta de qué se le acusaba. La vida se les iba, y después de eso no parecía que fuera a volver. A Pepe se le cayó el mundo al suelo, y en el suelo se encontró con Casquero. La leyenda de Képler empezó aquella noche, cuando el cable rojo y el azul produjeron el primer chispazo.

A partir de aquel día funesto, ya nada sería lo mismo para el central portugués. Se lo tildó de asesino, las gradas lo silbaban y proferían improperios de toda clase. Recuerdo, incluso, estar en Porto y preguntar por él. Los que habían sido su afición y compatriotas de adopción, respondían que aquel tipo era brasileño y que la cosa no iba con ellos. Idolatraban a Mourinho, dicho sea de paso, aunque eso ya es otra historia.

En cualquier caso, la verdad es que Pepe no hizo grandes esfuerzos por quitarse ese sambenito. Después de lo del Getafe, se sucedieron diversas acciones que acrecentaron la mala imagen que, probablemente, se había ganado a pulso. Está aquella patada a destiempo, cerca del córner, en una noche europea. Pelota dividida entre Sissoko, jugador del Lyon, y Pepe. Inexplicablemente, la bota blanca del central madridista termina en el cuello del rival. La esférica apenas se ha movido, parece que incluso uno puede notar la ráfaga de viento que ha provocado ese zapatazo al aire. Y eso no es todo. En el mismo partido, Pepe salta con el poderío que lo caracteriza y lo que se suponía era una disputa por arriba, termina con los tacos del madridista en la coronilla del francés. Europa, escenario maldito para nuestro protagonista. Sin ir más lejos, fue en esa misma competición cuando sucedió lo de Alves. Cuidado, no es mi intención reiniciar aquel debate interminable. A decir verdad, me dispongo a compartir una reflexión.

Eran tiempos aciagos para el madridismo, y la mala fama de Pepe se encontraba en su punto más alto. Como todo el mundo, los árbitros tienen prejuicios y no son inmunes a las ideas preconcebidas, ni tampoco pueden combatir al 100% el poder de la publicidad. Ahora, el apodo cariñoso de Képler había adquirido su propio significado; lo que quiero decir es que aquella tarjeta roja ya estaba sacada a priori, tanta era la importancia de llamarse Pepe. El balón había quedado muerto botando apenas sobre el césped del Bernabéu. A unos dos o tres metros de distancia, el central del Real Madrid inicia la carrera a pesar de no ser el jugador más cercano y, claro, el árbitro se teme lo peor. En efecto, se produce un encuentro violento, y lo cierto es que a simple vista la caída del lateral del Barcelona es por lo menos aparatosa. Por aquel entonces, era difícil creer que aquella entrada no había sido malintencionada, por el simple hecho de que no hubiera sido la primera vez. Pepe había creado su propia marca y no era precisamente la más atractiva del mercado.

En este sentido, no ayudó demasiado la temperatura que habían adquirido los clásicos. Más allá de múltiples encontronazos y lances más o menos fortuitos del juego, llegó aquel pisotón a traición. Lionel Messi estaba sentado en el césped, después de caer derribado. Semi-incorporado, el astro argentino se sostenía con los brazos tensos por detrás de la espalda, las manos extendidas sobre el terreno de juego. Pepe, no sin antes calcular la trayectoria, comprueba como su bota derecha se acomoda sobre la mano izquierda de Messi. En aquella ocasión, ni siquiera los aficionados del Madrid se atrevieron a defenderlo. Por vez primera, se empezaron a oír voces que pedían su salida del club de Chamartín.

Y entonces, contra todo pronóstico, la leyenda de Képler da un giro inesperado. El Madrid hace una buena temporada y se hace con algunos de los títulos más importantes, entre ellos la gran cruzada en la que se había convertido la décima. Mourinho había abandonado el banquillo madridista, dejando atrás una larga estela de piques y declaraciones incendiarias. Dicen que después de una tormenta siempre llega la calma. En el caso del Bernabéu, lo que sucedió es que después de Mourinho vino Carletto. Ahora Pepe es el defensa que menos faltas ha cometido en lo que va de Liga. A las puertas de la jornada 17, al central madridista solo le han señalado cinco.

Dice la leyenda que hubo un tipo agresivo e imprevisible que, de la noche a la mañana, se convirtió en un hombre sereno. Será cosa del entrenador, o tal vez haber rebasado la barrera de los 30. Sea como fuere, la leyenda de Képler nos revela que uno siempre está a tiempo de reaccionar.

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