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La noche del trabajo

Por Carlos Almira , 1 mayo, 2015

Que la humanidad dedique un día, expresamente, a celebrar que no es libre (pues ésta es una de las condiciones del trabajo), es algo que hubiera extrañado, acaso escandalizado, a los antiguos. No hace falta ser Diógenes de Sínope, el sabio que se paseaba por Atenas en pleno día con una linterna, en busca de un hombre, para encontrar extraña esta visión. En el Mundo Antiguo, donde lo esencial de la producción (en el campo, en las minas, en las ciudades) estaba en manos de esclavos, la naturaleza íntima, alienante, del trabajo aparecía mucho más clara que en la actualidad. Por cierto, quiero aclarar enseguida dos cosas: Sin el trabajo, nuestro mundo humano (las catedrales, el metro) no existiría; no habría ciudades, ni libros, ni seguramente una vida humana tal y como nosotros la conocemos. Esto es cierto hoy aquí como lo era ya en la Antigüedad. Los animales no trabajan en el mismo sentido que nosotros, si bien de su esfuerzo y del instinto depende su supervivencia. Lo segundo es que, en lo esencial, el esclavo no es alguien que carece de libertad sino un ser humano reducido socialmente a una cosa, algo que, en un sentido al menos, tiene mucho que ver con el trabajo.dia-del-trabajador-gde
En la puerta de entrada de algunos campos de exterminio nazi podía leerse: “El trabajo os hará libres”. Naturalmente, era un escarnio de la verdad. La verdad es que seguramente, nuestra capacidad, nuestro destino ineludible, de modelar nuestro mundo y nuestra vida, es una de las cualidades más valiosas que poseemos. Quien se abandona a la inacción (lo que no era el caso del filósofo cínico) es como un jardín invadido por la maleza. Quien tiene cualidades para la música, la danza, la mecánica, pero pasa la vida ocioso desde la mocedad, al aquí me las den todas, no llegará a ser un hombre libre, un sabio como Diógenes (que no consideraba dignas de mover un dedo casi ninguna de las cosas que sus contemporáneos perseguían con afán), sino un bruto. No hay dignidad humana sin esfuerzo, y el trabajo es inseparable del esfuerzo.
Ahora bien: Que todo trabajo implique un esfuerzo no significa que todo esfuerzo sea reductible a trabajo (tal y como esta expresión suele definirse en los Manuales de Economía y en nuestro imaginario colectivo). Hoy deberíamos celebrar que el esfuerzo, el tesón con el que estamos abocados a construirnos en cada momento, es de las pocas cosas que puede liberarnos, no de lo inevitable (la muerte, la locura, la soledad), sino precisamente del ensueño embrutecido. Una vez humanos, ya no podemos volver al animal sin degradarnos.
Cuando Van Gogh pintaba estaba trabajando en un sentido pero no en otro. No estaba trabajando en el sentido de vender su tiempo y su vida al poseedor de una tierra o un negocio, para poder sobrevivir el tiempo que le restara. De hecho, no era capaz de vender sus cuadros. No estaba trabajando en el sentido de separar cada gesto, cada intención, dedicados a la pintura, del ser humano que él era. La Historia y la Historia del Arte son también una impostura. Pues la vida de Van Gogh precedió al éxito mercantil y cultural de su “obra”. Esta obra en realidad, no fueron sus cuadros, tan cotizados después, sino su vida.
Realizarse exige esfuerzo. Sobrevivir en un mundo como el nuestro, exige vender a alguien ese esfuerzo. Hoy trabajar o no hacerlo no tiene las mismas implicaciones que en el siglo XIX, no al menos en el mundo desarrollado: ya no se trata principalmente de la vida o la muerte física, sino de la vida o la muerte social. Estar parado hoy es estar fuera del mundo. Como el esclavo en relación con el grupo humano al que no pertenece, entre el que se mueve como un fantasma o una cosa. Los parados tienden a ser invisibles. Sólo existen en las estadísticas, en el fondo de sus casas convertidas en nichos, en los parques…hasta que el empleador, el dador de vida, como en la Antigüedad el amo con el esclavo, decide traerlos de nuevo entre los vivos a cambio de una dependencia sin límites.
La relación entre los trabajadores y quienes los emplean sólo son libres en apariencia: no sólo por la razón que apuntaba Carlos Marx (porque nadie es libre de morirse de hambre), sino porque esta “libertad” esconde, en el fondo, bajo la apariencia de un contrato, el mismo vínculo que ha ligado siempre a amos y esclavos, a saber: el poder discrecional de los primeros para decidir quién pertenece al mundo y quién no, de entre los segundos. Este poder es tanto mayor cuanto menos regulada está esta relación. Creo que es un problema que rebasa lo económico y lo social, que afecta a las bases mismas de nuestra civilización, lo que está en el fondo de lo que hoy celebramos.

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