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La mula (2018), de Clint Eastwood

Por Irene Zoe Alameda , 8 marzo, 2019
Cartel de La mula, de Clint Eastwood

Cartel de La mula, de Clint Eastwood.

Clint Eastwood lleva años mostrando su preferencia por llevar al cine historias reales: hechos singulares, heroicos, protagonizados por personas normales enfrentadas a situaciones extraordinarias. Tras Banderas de nuestros padres, Invictus, J. Edgar, Jersey Boys, El francotirador, Sully y 15:17 tren a París, para su última obra el viejo director ha rescatado la peripecia de Leo Sharp, un nonagenario veterano estadounidense que trabajó como insospechada mula del Cartel de Sinaloa en los años ochenta.

Los personajes de Eastwood tienden a ser antihéroes, con biografías pobladas de sombras. Tal vez haya algo autobiográfico en esa preferencia, pero son precisamente los rasgos oscuros los que más le interesa subrayar en su trabajo como director de actores –en este caso, él también se dirige a sí mismo-, dejando el elemento extrañador al contexto que los rodea. Así, su técnica consiste en aislar a seres anodinos en un mundo ridículamente complejo e inextricable, del que nadie puede escapar y en el que solo cabe salir adelante, aunque sea a costa de enmarañarse en una tragedia.

Hay mucho de despedida en La mula, también de expiación: su retrato de un ser ensimismado en pequeñas ambiciones de reconocimiento social, a costa del penoso fracaso en su faceta familiar, capaz no obstante de jugarse el tipo para visitar a su exesposa moribunda en su lecho de muerte, alcanza cotas dramáticas sobrecogedoras. En el reparto, aderezado por estrellas como Bradley Cooper, Andy García, Michael Peña y Laurence Fishburne, destacan especialmente la oscarizada Dianne Wiest, Taissa Farmiga y Alison Eastwood (una de las muchas hijas del director).

La versatilidad del realizador le ha llevado a decantarse en esta ocasión por potenciar la subjetividad, y por ello el trabajo de cámara y de edición es mucho más íntimo que lo que acostumbra su filmografía. Por eso, el tempo de La mula es, como no podía ser de otro modo, lento, mimético de los ritmos del anciano conductor al que encarna Eastwood como actor, resignados ambos –protagonista y director- a no recuperar ya nunca el afecto derrochado en oportunidades perdidas.

Es esta película un gozo audiovisual para los amantes del cine clásico, capaces de echar un vistazo retrospectivo y prospectivo a sus vidas. Una lección de humanismo que nos invita a aceptar lo paradójico de cualquier desenlace, se haga lo que se haga para evitar lo inevitable.

www.irenezoealameda.com

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