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La lengua queda y los ojos listos

Por Eduardo Zeind Palafox , 2 mayo, 2019

 

Por Eduardo Zeind Palafox 

En llano siglo XXI, que debía ser científico, lingüísticamente consciente, aún hay gentes que fragmentan el mundo (no se afana lo apodíctico, sino lo problemático), y que allende, para arrostrar los infortunios posibles, esgrimen panteísmos y golpean maderas, y que aquende, para ganarse el favor divino, se persigan a guisa de clave militar, y que dentro del hogar no rezan monoteístamente, sino a representaciones de fuerzas ocultas en forma de santidades y mártires. Hay, además, ignorantes que confunden los sahumerios con las cosas sahumadas, lo que bendice con lo bendecido, que les parece tan múltiple, vario, formidable por ser siempre nuevo, que a todos vuelve noveles constantemente arredrados. Elifaz, para apaciguar a Job, dice (22:10): “conturbat te subita formido”. No hay sabiduría donde emergen cotidianamente prodigios. Tales arredrados, para salvaguardarse y medianamente inteligir, urden cabalísticas (toda mística parte de lo indefinido, “unendliche” en kantiano) y creen que poseen la habilidad de leer acá lo de más allá.

Todo lo pronunciado es efecto del capitalismo, que con ontogenéticas propagandas transforma lo baladí en imprescindible, todo lo no pomposo en pauperismo, y disfraza de psicología lo fisiológico (la palabra “taste”, p. ej., es ambigua, engloba lo psíquico y lo físico) y justifica tamaños dislates aseverando que el tiempo, ciego y desvariado, todo lo mejora. El capitalismo envuelve lo baladí en léxico tecnomágico, y lo ascético, viril, humilde y fuerte en imágenes infernales, de torturas de condenados, y lo fisiológico, animal, que es fuente de la avaricia, lo encubre con beatería, y el cuento del tiempo inteligente, o evolucionismo, que es mera mudanza material transfigurada por mentes calenturientas, lo exorna confundiendo el concepto de “complejidad” (variedad de elementos con funciones distintas) con el de “complicación” (multiplicación de elementos iguales con funciones idénticas). Los pobres jóvenes creen que vivir entre complicaciones es vivir cual vanguardia científica.

La dicha propaganda, única fuente de información a la mano de los comentados fragmentadores de mundos, ha confundido, según apuntamientos periodísticos de Umberto Eco, la técnica con la ciencia (“El mago y el científico”, El País, 15 de diciembre de 2002), confusión que ha fraguado la señorial “mentalidad mágica” de los jóvenes del día, inocentones a los que Telcel, Corona, Telmex y Oxxo, por ejemplo, embelesan con los mitos de lo posible, de las esencias, de las causas fantásticas.

“Todo es posible”, connota la propaganda tecnócrata de la cueva de ladrones llamada Telcel, merced a la “comunicación celular”. La beodez, rara esencia, insinúa Corona sensibleramente, sirve para “unir a la gente”. La existencia mejora, dice Telmex en ánimo “kitsch”, a causa de las “soluciones integrales” que dispensa. Y Oxxo, con estilemas comiutilitaristas, dice que palia las “necesidades cotidianas” de las mayorías. El mexicano, según lo visto, podría definirse así: parlanchín embriagado, cuasi tecnificado, embotado por las burocracias. Tecnocracia, sensiblería, mal gusto y comiquería utilitarista conforman la propaganda de las cuevas de ladrones más afamadas en México, según los escrutacavernas de Interbrand.

La actual propaganda capitalista, lo notan tanto filósofos de lingüística ralea como ciudadanos pensantes, no es racional, sino mítica y mágica (“Noam Chomsky: la gente ya no cree en la realidad”, El País, 10 de marzo de 2018). La gente desavisada, en tan funestos contornos, desdeña todo discurso pedagógico, ejemplar, y aplaude sólo los discursos de divertimento absurdo emitidos por payasos elogiosos o vituperadores (“youtubers”, les dicen). Nada pretende saber de las sustancias, formas, fines u orígenes reales de los objetos, y se conforma con infantiles mitologías, con fábulas, que son objetos verbales sin referentes reales que sólo significan algo en los planos de la fantasía, de las fantásticas teleologías. El capitalismo, dice Jens Beckert (“The Capitalist´s Imagination”, The Atlantic, 13 de julio de 2016), ha inoculado en las mentes imágenes futuristas no sólo ilógicas, sino no factibles, ficticias.

El lenguaje de las cavernas citadas no reproduce verdades cuantificables (de identidad numérica, es decir, al menos identificables), empíricas (descriptibles), es decir, que acatan reglas sintácticas o físicas, o por mejor decir, científicas, siendo la ciencia escrutinio de la realidad, teorización, expresión precisiva y conexión, sino usa lenguajes siempre inadecuados (habla de la mente, que es metafísica, con jerga química) procedentes de parcelas fragmentadas sólo conocidas por impresión (la beodez, p. ej., no encumbra amistades, sino mueve pasiones fugaces) y además desconectadas de toda causalidad.

El mundo de los mozos tecnócratas es (Google, Facebook), por ende, regido por las propias costumbres arbitrarias (fomentadas, recuérdese, por algoritmos), por el panteísmo sensorial (el “meme”, ese pastiche de idiotismos y cinematografía, ha sustituido a la fotografía documental), por el neopaganismo (“¿Vuelve el paganismo a Europa”, El Manifiesto, 12 de marzo de 2019), por los transidos, por el azar, por lo que llamo “espíritu de collage”, que exige no discurrir, no dialogar, esto es, no fijar conceptos y ser hipnotizados con imágenes artificiales, beatas, cómicas y discordantes estéticamente. ¿Cómo tolerar tan gran embeleco? Con “la lengua queda y los ojos listos”, según frase de Juan Halduno (Quijote 1, IV), que podría ser blasón de los capitalistas.-

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