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La importancia de llamarse Cruyff

Por Jordi Junca , 6 octubre, 2014

Propongo desde este preciso instante que alguien estudie las posibilidades de heredar una habilidad muy concreta, transmitirlo de padres a hijos, de hermano a hermano, y que después ese gen se manifieste del mismo modo que lo hiciera en la generación anterior. En el pasado debieron apostar muy fuerte por esta idea, a pesar de las múltiples evidencias que probaban lo contrario. Carlos II, el último rey Habsburgo, era un hombre enfermo. Su padre Felipe IV fue un monarca destacado, con sus más y sus menos, tal vez a la sombra de su abuelo. Al último rey Habsburgo lo llamaron “el hechizado”, y aun así reinó un vasto imperio. Luego quedó claro que se trataba en realidad de un sinsentido, y eso que no era la primera vez que ocurría. Por ejemplo, Marco Aurelio fue un emperador famoso por su tendencia a la divagación y su gobierno responsable. Su hijo Cómodo, al que algunos recordaran por la película de Gladiator, fue un hombre irascible que sumió al imperio romano en una crisis sin precedentes. Curiosamente, con él terminó también la dinastía a la cual perteneció. Necesitamos que alguien esclarezca este meollo de una vez por todas: ¿Pueden los hijos de futbolistas heredar la habilidad de sus padres? Yo digo que no necesariamente.

Para empezar he pensado en Jordi Cruyff, cuya historia empieza en Amsterdam el 9 de febrero del año 1974. A finales de esa misma década ya vivía en Barcelona, víctima del nomadismo propio de las familias de futbolistas. Su padre, por aquel entonces, encandilaba al mundo y hacía historia. Johan Cruyff ganó hasta tres balones de oro consecutivos. Formó parte de aquel Ajax campeón. Desarrolló un cambio de ritmo inconfundible y se convirtió en leyenda viva del fútbol. Como hiciera Felipe IV con su hijo enfermo, Johan le entregó a Jordi un imperio casi imposible de manejar. A pesar de todo, el chico ingresó en la cantera del F.C. Barcelona y fue superando las diferentes etapas del fútbol base. En 1994 debutó en el primer equipo un joven de apenas veinte años. Un joven que, tal vez para su desgracia, se apellidaba Cruyff. Algunos dirán que eso es lo único que tuvo en común con su padre. La comparación, una carga de la que nunca pudo desprenderse. Y aun así, Jordi Cruyff jugó hasta cuatro temporadas en el Manchester United y, años más tarde, participó en aquella final histórica de un Alavés que se hacía grande en Europa. Luego vivió mejores y peores momentos, jugando en países lejos de las ligas más potentes. Como futbolista acabó su carrera entre Ucrania y Malta; después residió en Chipre ya como miembro de la dirección técnica. Actualmente, forma parte de la directiva del Maccabi de Tel Aviv. Una vida que ya muchos quisieran. Una vida que, sin embargo, sabía a poco para un miembro de una dinastía acostumbrada a la excelencia.

No obstante, no siempre es la gloria de los padres la que denigra la vida de sus hijos. Puede ocurrir que, al contrario, la nueva generación destrone a la primera. Se me ocurre el caso de Gudjohnsen, seguramente el jugador más destacado de la humilde historia del fútbol islandés. Eidur Gudjohnsen debutó con la selección de su país en 1996, cuando contaba con 18 años. Este hecho no sería tan relevante si no fuera porque se dieron unas circunstancias inéditas hasta la fecha: la joven promesa debutaba substituyendo a su progenitor. Jamás he visto jugar a un tal Arnór Gudjohnsen y, sin embargo, su hijo formó parte de aquel Barcelona del triplete. Así pues, si es que la cosa realmente va de genes, está claro que el hijo mejoró esa parte del ADN que había heredado. Así las cosas, se supone que sus hijos recibirán una materia prima mejorada y que, por tanto, debería convertirlos en excelentes jugadores de fútbol. La verdad, las cosas se complican. Quizás este caso pruebe que existen unos genes y que éstos pueden evolucionar. En realidad no tiene por qué, como también podría ser que sí. Demasiado complicado, lo admito. E insisto: alguien debería llevar a cabo un estudio exhaustivo.

Para colmo, luego está el tema de los hermanos. En efecto, ya no solo existe esa competencia generacional, sino que en el fútbol encontramos además innumerables ejemplos de una lucha fratricida por la prevalencia de esos supuestos genes. Cuando pienso en ello, me acuerdo inmediatamente de los gemelos De Boer. Frank era un central más técnico que contundente, con buena salida de balón desde su bota izquierda. Ronald era un medio ofensivo, diestro. Por algún motivo, la gente había creído que su aspecto idéntico implicaba al mismo tiempo un desarrollo parecido en la práctica del fútbol. El tiempo desarticuló esa teoría; muy a su pesar, acabaría sabiéndose que el bueno era Frank. En efecto, aun siendo poseedores de una misma genética, uno era defensa y el otro centrocampista. Uno era zurdo y el otro diestro. Frank colocó aquel balón en el pecho de Rivaldo, que después el brasileño remataría de chilena desde fuera del área. Y todo eso para que el Barcelona optara a meterse en Champions, recurriendo a una fase previa. En fin, qué tiempos aquellos. De Ronald, perdónenme, no me acuerdo de nada.

Dicen que el ADN es el ordenador más potente que se conoce, y que en su interior contiene muchísima información y muchísimos matices. De todas formas, nadie ha aclarado hasta qué punto puede influir la genética en la carrera profesional de un individuo. Sin ir más lejos, mi padre es ingeniero y es un apasionado de la tecnología. Quizás en algún lugar de mi cuerpo resida esa misma inquietud y, sin embargo, elegí convencido el camino de las letras. Y aun así, si me hubiera decantado por los números, quién sabe si trabajaría con la misma pericia de mi padre. El éxito no está garantizado, no siempre. Aunque seguramente no sea una casualidad que Rafinha y Thiago Alcantará sean jugadores de un talento incuestionable, quizás sea simplemente el fruto de la pasión de Mazinho inculcada desde el nacimiento. Podría tratarse sencillamente de una serie de condiciones favorables que coinciden en el espacio y el tiempo. Una predisposición. Lo que quiero decir es que tal vez exista ese don innato, pero siguen estando ahí las vicisitudes de la vida.

Llegados a este punto no puedo dejar de pensar en el hijo del Kun Agüero, por cuyas venas corre la sangre de Diego Armando Maradona. Su padrino, nada menos que Leo Messi. Fútbol por los cuatro costados, todo parece dirigirse hacia un destino muy claro. Si se tratara del hijo de un rey, se esperaría de él un gobierno impecable. Por qué no, un rey que erradicara la corrupción de una vez por todas. Llámenme retorcido, pero a veces imagino al chico con una pelota de baloncesto. Y entonces le compadezco.

Una vez más, insisto: hasta que no se demuestre lo contrario, quizás el fútbol se lleve en las venas solo en un sentido metafórico.

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